El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico, sencillo como un buen árbol; lleva como la esencia de su tierra y en su rostro el reflejo de un atávico rayo morisco. La Barraca le ha colocado recientemente entre los primeros novelistas españoles. Es joven, y los vientos de la política le han envuelto. Como diputado a Cortes ha hecho bien sonoras campañas, con mayor felicidad que el francés Barrès y el italiano D'Annunzio. Cierto es que lo que menos hay en él es un esteta, en el buen sentido de la palabra, porque aquí tiene uno muy malo. Sí, Blasco Ibáñez es el hombre natural, de su país de flores y fierezas, de cantos y bizarrías, y su alma sincera y sana va por la vida con una libertad aquilina. Y tiene ese potente varón de lucha el pecho de un sensitivo. Como a todos los pensadores contemporáneos, preocúpale el áspero problema del hombre y de la tierra y está naturalmente con los de abajo, con los oprimidos. En sus palabras del Parlamento como en sus escritos, se manifiesta su continua ansia de combate. En La Barraca se exterioriza en las musculaturas del estilo uno de esos espíritus de gladiador, o de robusto constructor, a la Zola. La onda mental corre sin tropiezos con un ímpetu de fecundación que denuncia la original riqueza. Libros como ese no se hacen por puro culto de arte, sino que llevan consigo hondos anhelos humanos; son páginas bellas, pero son también generosas acciones y empresas apostólicas. Pinta con colores de vida escenas de su tierra que para el lector extranjero son de un pintoresco interesantísimo. Es la «huerta», trozo paradisíaco, rincón de amor y de vigor, saturado de energías primitivas, y en donde la Naturaleza pone por igual en el hombre dulzuras y rudezas. En esa tierra es en donde cantan las dulzainas sus sones de reminiscencias africanas y las muchachas danzan llenas de sol. Alrededor de la barraca surgen, en la obra de mi eminente amigo, tipos bañados de sombra y luz, en aguas fuertes de una hermosa intensidad. Es el desgraciado tío Barret, el asesino de don Salvador el terrateniente; es esa alma salvaje de Pimentó, y su mujer, la Pepeta, que en la narración, en medio de su revuelo de pájaro zahareño, se enternece de maternidad; es la figura graciosa y buena de Roseta; y sobre todo, la vigorosa persona de Batiste, fiero y alto ante el peligro, pero vencido al fin por una funesta fatalidad; todo en una sucesión de cuadros, que encantan o se imponen en su valor de verdad a punto de contagiar de angustia o de sufrimiento; tal la muerte del hijo de Batiste, la de Pimentó, y el incendio de la Barraca, en el cual, sin pecado, creo sentir un potente aliento homérico.

Blasco Ibáñez es de contextura maciza, cabelludo y de bravas barbas, ojo fino que va a lo hondo, amable o terrible: su conversación es, sin penachos meridionales, franca y vivaz; es un bon garçon ese soldado de tormentas. Por lo de Montjuich ha luchado con entusiasmo, en unión de otros dos escritores, Dionisio Pérez, redactor de Vida Nueva, novelista cuyo Jesús ha tenido cierta resonancia tanto en España como en América, también hombre de combate y de talento tesonero, y Rodrigo Soriano, cuyo nombre La Nación ha hecho conocer en Buenos Aires; carácter de irresistible simpatía, autor de libros varios sobre asuntos distintos, pues si hace cuentos encantadores, sus críticas artísticas son de interés y amenidad notorios, como sus artículos de periodista; y en todo una fácil manera, un estilo de escritor mundano, al tanto de todo lo que pasa en el extranjero, cosa rara aquí; un diletantismo discreto y un innegable tono personal. Su amistad con Emilio Zola es sabida; y el ilustre maestro le ofreció asistir al meeting proyectado en San Sebastián, en favor de la revisión del proceso de Montjuich. Otros novelistas buscan también vías nuevas.

Un distinguido amigo escritor me manifiesta que la novela española no existe hoy, como la francesa, la inglesa, la rusa. ¿Por qué? «Porque las costumbres españolas comenzaron a perderse a fines del siglo XVII, y la novela fundada en las costumbres no tiene carácter nacional si aquéllas no son propias, nacionales. Habría que remontarse a los clásicos para encontrar «costumbres», y, por consiguiente forma especial del género novelesco. Acaso el triunfo de Alarcón, y, sobre todo, el de Pereda, estriban sólo en esa cualidad: sus obras tienen mucho de la tierra en que se formaron. Lo mismo podría decirse de Fernán Caballero». No creo lo propio. En la literatura universal los españoles tienen ese aislado tesoro que se llama la novela picaresca, hoy ciertamente olvidado. Pero si es verdad que los novelistas de España, del siglo XVIII a esta parte, han sido influídos por corrientes exteriores, academicismo, romanticismo, bon sens, socialismo, realismo, naturalismo, psicologismo, etc., a través de la imitación ha permanecido visible el carácter nacional. Larra mismo fué tentado por Walter Scott, y ¿quién más español que él, a pesar de su conocimiento de literaturas extranjeras? Justamente ha escrito don Juan Valera a quien estas líneas traza:

«Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es nada más que un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición española». Fernán Caballero realizó la novela andaluza, junto a los admirables cuadros de Estébanez y Mesonero Romanos. Hoy mismo, las novelas de Salvador Rueda y Reyes son puramente andaluzas. La novela gallega nos la ha dado, aun vestida con modas extranjeras, la egregia doña Emilia; la novela vasca tendría su sola representación con esa admirable y fuerte Paz en la Guerra, de Miguel de Unamuno. Existe, pues, no solamente la novela española, de Galdós, Palacio Valdés, Valera o Alas, sino la novela regional.

Hubo un tiempo en que reinó el folletín. Eugenio Sué tuvo su doble, en Madrid, en don Wenceslao Aicuals de Izco. Los Misterios de París se multiplicaron en María o la Hija de un Jornalero y en la Marquesa de Bella Flor. El socialismo romántico de entonces encontró excelente campo de este lado de los Pirineos. Luego vino la época de aquel buen Pérez Escrich, que causó muchos llantos a nuestras madres y abuelas, pues la inundación de entregas sentimentales no fué tan sólo en la Península, sino que recorrió la América entera. Lo propio daba el Cura de la Aldea, que el Mártir del Gólgota, o la Mujer Adúltera. Tras él vino Antonio de Padua, caro a las modistas y señoritas ansiosas de ensueños burgueses. Y otros de la misma harina que encontraron fácil la explotación de esos antiliterarios filones. Puesto muy distinto es el de don Manuel Fernández y González, una especie de Dumas el viejo, fecundo y brillante de imaginación, productor incansable, tonel de cuartillas, al que la pobreza soltaba la espita, intrigador colosal y cuyo espíritu galopante no deja de encenderse de tanto en tanto con bellas chispas de arte.

El diluvio de entregas pasó. Algunos libros aparecieron de corta extensión, como los de las bibliotecas francesas. Eran El Escándalo, de Alarcón, y la Pepita Jiménez, de Valera. La literatura recobraba su puesto, así fuese en aislados esfuerzos. Alarcón, escritor de hábil inventiva, sutil y emotivo, causó gran impresión con su novela de espíritu hondamente conservador, o neo, como aquí se dice, a la cual novela habría de oponerse, en un combate de doctrina moral más que de ideología, la Doña Perfecta, de Galdós. Valera asimismo se impuso desde luego por la delicada elegancia de su manera, por la resurrección de antiguos prestigios nacionales, por el abolengo impoluto de su estilo. Valera tenía la gracia, Galdós conquistó con la fuerza. Pereda, que publicara sus Escenas montañesas desde 1894, no tuvo verdadera resonancia sino muchos años después. Pedro Sánchez y El Sabor de la Tierruca señalan el principio de su renombre. Después llegaron la Pardo-Bazán, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés. Se creaba ya la novela de ideas. Al surgir victoriosos esos nombres, un grupo en que bien podía haber un talento igual, mas no certera orientación, se presentaba, en el deseo de hacer algo nuevo, de encauzar en España la onda que venía de Francia. Era la época del naturalismo. Nadie se atrevería a negar el valer mental de López Bago, de Zahonero, de Alejandro Sawa; pero la importación era demasiado clara, el calco subsistía. López Bago, en cuya buena intención quiero creer, tuvo un pasajero éxito de escándalo y de curiosidad. Sus obras eran abominadas por los pulcros tradicionalistas y por los mediocres que le envidiaban su buen suceso. Se trataba de verbosos análisis, de pinturas de vicio, escenas burdelescas, figuras al desnudo y frases sin hoja de parra. Zahonero siguió un naturalismo menos osado. Sawa, muy enamorado de París, y más artista, se apegó a los patrones parisienses, y produjo dos o tres novelas, que aun se recuerdan. Alejandro Sawa es un escritor de arte, insisto, y el naturalismo no fué propicio a los artistas: era una literatura áptera.

He de hablar de Silverio Lanza, un cuentista muy original, cuyo nombre es escasamente conocido. Sin perder el sabor castizo que suele aparecer con frecuencia en sus narraciones, este escritor tiene todo el aire de un extranjero en su propio país. Es un humorista al propio tiempo que un sembrador de ideas. Pero en su humor no encontraréis mucho el chiste nacional, sino el humor de otras literaturas. Su ideología se agria de cierta aspereza al rozar problemas que se relacionan con defectos y tachas de su misma patria. «Y si habla mal de España, es español», dice Bartrina en uno de sus versos. Pero no es este el caso. Es que se trata de un hombre de pensamiento que se subleva ante las desventajas de su patria en comparación con otras naciones, a las cuales desearía sobrepasase en el camino del progreso humano, ante los vicios característicos que habría que combatir, y los inconvenientes de educación que habría que subsanar. Silverio Lanza es un hombre de guerra. Se ha repetido el caso de Stechetti y Olindo Guerrini. Olindo Guerrini en esta vez se llama en España Juan Bautista Amorós. Entre sus libros, sobresalen Cuentecillos sin importancia, Ni en la vida ni en la muerte y los Cuentos políticos. Recientemente Ruiz Contreras ha tenido la acertada idea de llamarle a la Revista Nueva, en donde sus cuentos ofrecen como antes,—extrañamente vertebrados, llenos de oscuridad que seduce, enseñadores de atormentadas gimnasias de estilo, al decir mucho en cortas oraciones, incoherentes con premeditación, y teniendo siempre a su servicio la mitad del Genio,—compañera del Ensueño, la Ironía. El director de esa revista me decía que a su sentir era Lanza «acaso el más fuerte y el más arrojado. Silverio Lanza no ha sufrido la menor decepción. Desde que publicó la primera obra, El Año triste, no ha cambiado una sola vez de senda. Es un carácter, un hombre, una inteligencia superior, y triunfará, logrando ser en la literatura española un personaje aislado sin antecesores y acaso también sin descendientes». Lo creo. La libertad por él proclamada con el ejemplo, que ha hecho resaltar en esta literatura de estilo uniforme—hablo en general—o uniformado, para decirlo mejor, su inconfundible individualidad, dará aquí buenos frutos, cuando el aire circule, cuando el aliento universal pase bajo estos cielos; el individualismo traerá consigo—y ya empieza a iniciarse, después del desastre—una floración flamante y saturada de perfumes nuevos.

Al paso observo un pequeño huerto bien cultivado, lejos del parque inglés de Palacio Valdés, de las granjas montañesas de Pereda y Galdós y de la rica quinta gallega de doña Emilia. El huerto es de José M. Matheu, cuyas excelentes cualidades de novelador son reales. Este es un modesto; se ruboriza de la audacia. Suave y metódicamente ha creado unos cuantos caracteres que ha alojado en sus libros, en donde si esas buenas notas resaltan, falta en cambio la divina virtud de la ironía, el culto del arte de la frase, las cambiantes estaciones del estilo.

Ortega Munilla, creo que, demasiado entregado a la política, ha permanecido sin producir un solo libro desde hace algún tiempo. De cuando en cuando florece su ingenio en algún cuento, que recuerda al vibrante narrador de otros días, el novelista de conciencia y el prosista aquilatado. ¿Taboada? A Taboada también hay que contarle ya entre los novelistas. El paso de la narración corta a la novela lo ha hecho, como sus semejantes, Mark Twain y Alphonse Allais. Este gracioso de España como el clownesco yankee y el incoherente francés, ha obtenido un enorme éxito con su obra después del continuado éxito periodístico de cuentos y crónicas desopilantes. Su mérito no puede ponerse en duda. Es una originalidad. Es el cronista incomparable de la vida cursi. Su Viuda de Chaparro se ha casi agotado en pocos días. Hace reir, con un si es no es de amargor, que, en verdad, merece su latín. Aquel de Ovidio, si gustáis:

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