Surgit amari aliquid...
La novela de Unamuno, Paz en la Guerra, es de esas obras que hay que penetrar despacio; no en vano el autor es un maestro de meditación, un pensativo minero del silencio. Es la novela un panorama de costumbres vascas, de vistas vascas, pero es de una concentrada humanidad que se cristaliza en bellos diamantes de universal filosofía. El profesor de Salamanca es al mismo tiempo el euskalduna familiar con la tierra y el aire, con el cielo y el campo. Su pupila mental ve transparentemente el espectáculo de la vida interior en luchas de caracteres y pasiones, en el olear de la existencia ciudadana o campesina. Sus figuras las extrae como de bloques de carne viva; y es un poderoso manejador de intenciones, de hechos y de consecuencias. Y en su manera no hay ímpetus, no hay relámpagos.
Tranquila lleva la pluma, como quien ara. Para leerle, al principio se siente cierta dificultad: pero eso pasa presto para dar lugar a un placer de comprensión que nada iguala. Este es uno de los cerebros de España, y una de las voluntades. Lo que su paisano de Loyola, San Ignacio, enseñó con sus Ejercicios a Maurice Barrès, él lo ha aprendido en los ejercicios de su alma, en la contemplación de la vida, en su tierra honorable y ruda con la rudeza de lo natural y de lo primitivo incontaminado y sano. Antes he amado, por innata simpatía, a esos hombres fuertes de Vasconia, que adoran su cielo y su tierra feraz y su libertad, en la conservación de una vida de grandeza antigua, que cantan tan sonoras canciones de meditación y amor y danzan tan bizarras danzas; marineros, herreros, campesinos, nobles todos, veneran un árbol y han tenido un bardo como Iparraguirre; pero jamás he comprendido el alma vasca como cuando me he impregnado de las páginas de Unamuno. El amor allí tiene el hervor de la prístina savia; los elementos conspiran para la fraternidad con el hombre, la tierra besa a la carne, la savia se une a la sangre; el abrazo, la cópula, debía ser como un sacramento, o como ley sagrada. Son razas poseedoras de la serena energía, de la fuerza donada por los viejos dioses, esa ilustre fuerza que saluda Gladstone junto al árbol de Guernica, que pinta Puvis de Chavannes, y a la cual invoca el canto cuando, en su Provenza, Mistral empuña ante el concurso conmovido la simbólica copa.
[2] La crítica «oficial» ha hablado por boca de don Leopoldo Alas: «Valera no es como los pedantes Flaubert y France...»
LOS INMORTALES
22 de septiembre de 1899.