Pronto aparecerá la nueva edición del Diccionario de la Real Academia Española. La casa editorial de Hernando da la última mano al grande y lujoso mamotreto. El señor Echegaray ha explicado ya en la Prensa muchos de los nuevos términos científicos que la Corporación ha decidido adoptar. Dentro de poco el volt se llamará voltio y el culomb culombio. En cuanto a la palabra trolley, queda sencillamente convertida en trole, como hace muchos días tuvo la amabilidad de comunicármelo mi eminente amigo Eugenio Sellés. Ignoro si el presupuestar de Ricardo Palma tendrá cabida esta vez en el léxico. Mas lo cierto es que hay novedades, y es posible que el chistoso pedante de Valbuena prepare otra «fe de erratas». Veremos lo que se limpia, lo que se fija y lo que se da de esplendor, para recordar nuestro Horacio y su jus et norma loquendi.
Estos inmortales cumplen con su deber conservador sobre todo; de las tres partes del lema prefieren el fijar. Sus sesiones parecen de una amenidad muy discutible. Ha pasado ya de moda el murmurar de sus hechos y gestos. En Francia todavía las palmas verdes y el espadín provocan una que otra ocurrencia. Aquí es poco decorativa la representación, y un libro no se vende más porque el autor pueda poner debajo de su nombre: De la Real Academia Española. La labor de los excelentísimos e ilustrísimos, fuera de las papeletas del Diccionario, es poco activa: la publicación de algunas obras, como las que dirige Menéndez Pelayo, y la adjudicación de varios premios.
La Real Academia se fundó en 1713, y trece años después apareció el primer tomo del Diccionario; otros trece años pasaron para que pudiesen publicarse los otros cinco de aquella primera edición. El rey ordenó que se diesen a la Academia mil doblones al año. Aprobada por Felipe V, logró especiales concesiones. Los académicos quedaban en cierto modo y para ciertas ventajas iguales a la servidumbre de la Real Casa. En 1793 se les favoreció con la renta anual de 60.000 reales. Desde 1793 tuvo su local, en la célebre casa de la calle Valverde, hasta que hace poco tiempo se ha instalado en edificio especial que hizo construir con propios fondos.
Los inmortales de Francia son cuarenta; los de España sólo llegan a treinta y seis, sin que yo sepa el motivo. Lo que no cabe duda es que el sillón 41.º de Houssaye, que aquí corresponde al 37.º, existe en la academia del marqués de Villena como en la academia de Richelieu... No deja de haber aquí también su partido «de los duques». La política no anda asimismo muy alejada de las influencias que privan en el reino de la gramática. Ved un simple desfile de figuras. El director actual es el conde de Cheste. Muy viejo, antiguo militar, muy querido en la Corte; hace algún tiempo que no asiste a las sesiones académicas. El conde de Cheste dejará una obra extensa principalmente de traducciones. Hasta hace poco, obsequiaba a sus colegas con buenas comidas y candorosos versos. Secretario perpetuo es hoy don Miguel Mir, desde la muerte de Tamayo y Baus; censor, Núñez de Arce; bibliotecario, Catalina; tesorero, el marqués de Valmar; vocal administrativo, Sellés, e inspector de publicaciones Menéndez Pelayo.
El marqués de Valmar es un verdadero aristócrata. Este viejo hidalgo, muy erudito, en sus primeros años literarios escribió para el teatro. Su obra más considerable es un estudio acerca de la poesía castellana en el siglo XVIII. Se le debe la publicación de las Cantigas del Rey Sabio. Su vejez se desliza entre libros y comodidades; es un caballero que ha sabido proteger, cuando ha podido, a los jóvenes de verdadero valer que le pedían su apoyo literario y social. Mucho le debe a este respecto el señor Menéndez Pelayo. Demás decir que el marqués de Valmar, noble y literato, ha pertenecido al cuerpo diplomático.
Campoamor llevó su humor a la Academia. No sé que haya contribuído mucho a la cocina del Diccionario; pero si encontráis en la nueva edición algunas humoradas, creed que son suyas, a menos que no sean de don Juan Valera. Es de pensarse que en el secreto del ministerio, en lo más intrincado de la tarea filológica, sabrá poner una gota de su espíritu ático este marqués del estilo que habría sido amigo de Barbey. Más que los ratones de los estantes empolvados, le conocen las alegres liebres que, según Hugo, telegrafían al buen Dios en las mañanas de primavera: ¡content! Por lo demás, Pepita Jiménez conversa muy amigablemente con fray Luis de Granada.
Don Enrique de Saavedra, duque de Rivas, emparentado con don Juan Valera, es, sobre todo, el hijo de su padre. Su mayor título académico es ser obra de don Ángel, hermano por lo tanto de Don Álvaro o la fuerza del sino. La herencia espiritual no fué en este caso completa, y don Enrique es a don Ángel lo que Francisco o Carlos Hugo al César de los poetas franceses.
Don Cayetano Fernández es un señor presbítero adobado de humanidades. Su candidatura a la Academia salió de Palacio. Ha sido el áulico profesor de las infantas viejas. Creo que ha escrito un volumen de Fábulas morales. Moral: Timeo hominem unius libri.