Don Gaspar Núñez de Arce ilustra con su poesía el árido senado. Es el Sully-Prudhon de los españoles, o el José María de Heredia.
Don Eduardo de Saavedra es ingeniero de caminos. Se le abrieron las puertas de la Academia por su ciencia, como a Lesseps. Dicen que tiene gran talento. Alcalá Galiano es otro hijo de su padre. Ha traducido a Byron, en verso. Ignoro si el sacrificio fué antes o después de entrar en la Academia.
Don Mariano Catalina se distingue entre otras cosas por sus barbas rojas, y por sus ideas, que son completamente opuestas al color de sus barbas. Sus dramas valen mucho más de lo que se ha dicho de ellos. En ese reaccionario hay un varón de fibra. Le silbaron, injustamente, y se dedicó a otras cosas. Su manera es parecida y anterior a la de Echegaray, menos descoyuntada y más española; sus versos aceptables, es decir, malos. Es editor de la colección de escritores castellanos, que publica, entre otros libros importantes, la Historia de las Ideas Estéticas y demás obras de Menéndez Pelayo.
Don Marcelino entró muy joven en la Academia, como se recordará. Hiciéronle triunfar por una parte su saber enciclopédico y vasto, por otra su conocida filiación conservadora. No hay duda de que sus conocimientos son asombrosos: don Marcelino sabe más que todos los académicos juntos, y sus trabajos han sido y son los de un gran crítico, los de un verdadero sabio. La edición monumental de Lope y la Antología lo demuestran.
Pidal y Mon escribe correctamente.
El señor Mir escribe con muchas intenciones académicas, y, como la mayor parte de los escritores de su país, se toma muy escaso trabajo para pensar. Siempre esa onda lisa del período tradicional cuya superficie no arruga la menor sensación de arte, el menor impulso psíquico personal. Ha publicado un libro en que se descubre sinceridad e independencia, libro antijesuítico y de largo nombre: Los Jesuítas de puertas adentro y un Barrido hacia afuera de la Compañía de Jesús. Escribe la historia de Cristo y memorias o monografías académicas; en lo académico suspiraréis por un poco de literatura o de sentimiento artístico, y en lo religioso es en vano buscar el espíritu de los antiguos místicos—única cosa que el académico español podía perseguir.
Balaguer acaba de publicar uno de los innumerables volúmenes de que constan sus obras. No parece que le preocupen gran cosa los asuntos de instituto. Maestro en gay saber, vive mucho para las musas.
Commelerán entró en la Academia en ocasión famosa. Se sabe que luchó con Galdós y que la candidatura del novelista fué pospuesta. Se escribió mucho con este motivo, y hubo enérgicas protestas. No veo tanto la razón. El señor Commelerán sabe más latín y más lingüística que el señor Galdós; es más útil en las tareas de la Academia. Además, el novelista debía entrar tarde o temprano. No estaba en el mismo caso de Zola... Commelerán es un incansable trabajador en sus estudios oficiales. Tuvo en un tiempo aficiones literarias y, apasionado de Calderón, hizo algo para el teatro, que no llevó a la escena. Publica ahora un gran Diccionario latino y libros de texto que son bien juzgados.
Fabié es de una eminencia especial; para unos es un sabio; para otros, lo contrario de un sabio. No es digno, a mi entender, de lo uno ni de lo otro. En sus escritos se ve, además de la irremediable corrección, mucha cultura clásica y legítima solidez.