Ha preferido en sus disciplinas, a lecturas insustanciales y nuevas, generalmente obras de segunda mano, el desempolvar pergaminos viejos en los rincones de archivos y bibliotecas; de ahí que la crítica histórica tenga en el señor Fabié uno de sus más serios representantes en España.

Del señor Silvela diré que, hijo de un padre ilustre y hermano de otra notable inteligencia española, vale muchísimo más que lo que él se figura. Tiene atracción y un inmenso número de amigos que le siguen. Con todo, su política es mejor que su literatura, literatura de aficionado. Lo cual no quita que encontréis en sus discursos páginas admirables.

Colmeiro es un sabio. Nada más que un sabio.

El señor Fernández y González es un arabista insigne, según aseguran los que dicen que entienden el árabe. Se me ha hablado mucho de su talento de crítico, y conozco estudios suyos nutridos de doctrina; pero no he podido encontrar su libro La Crítica en España, del cual se cuentan maravillas.

El conde de Buenos Aires, don Santiago Alejandro de Liniers, hoy alcalde de Madrid, tiene ante todo su alta posición social y pecuniaria. Ha publicado un libro, Líneas y Manchas, y ha sido periodista. Exprimiendo toda la producción de esta excelente medianía, no se sacaría la cantidad de pensamiento y de arte que hay en una sola página de su sobrino Ángel Estrada.

De don Luis Pidal y sus obras confieso mi absoluta ignorancia.

Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, es otro poeta de la Academia. Vive ahora un tanto retirado, después de que el duque de Almodóvar tuvo la peregrina ocurrencia de quitarle su empleo en la Administración; por lo cual la indignación de su verso envió unas cuantas abejas de su jardín a picar al caballero, como él dice «un poquito duque y un poquito tuerto». Arquíloco es mal enemigo.

La ciencia por un lado y el teatro por otro, apadrinaron a don José Echegaray para entrar a ocupar su sillón. Castelar le hizo el dudoso favor de compararle con Goethe al contestarle su discurso de recepción. El señor Echegaray es un hombre eminente, «de lo mejorcito que aquí tenemos», me dice don Leopoldo Alas; pero su enciclopedismo de nociones en este tiempo de las especialidades le coloca en una situación que fuera de su país sería poco grata para su orgullo.

Sellés, conquistador del teatro, desde su sonoro Nudo Gordiano, continúa escribiendo piezas en un acto, y aun se dice que abordará el libreto de zarzuela, sin que se perturbe el decorum de su noble compañía.