Al conde de Viñaza le he conocido en casa del secretario de la legación argentina. Es uno de los académicos más jóvenes. Estudioso y erudito, tiene entre otras obras suyas un libro muy interesante sobre Goya; y prepara un estudio, que será de indudable valor, acerca de la historia del grabado en Europa, y especialmente en España, para lo cual cuenta con copiosos datos inéditos y planchas antiguas de colecciones hasta hoy desconocidas.

El señor Moret está en la Academia oficialmente. Hubo una ocasión que para celebrar un acontecimiento resolvieron los académicos ofrecer un sillón al ministro del ramo. Le tocó al señor Moret, que casualmente ocupaba entonces el Ministerio. El señor Moret, por otra parte, es orador agradabilísimo y su palabra debe animar y flexibilizar las secas discusiones.

Pérez Galdós, para el reglamento, vive en el paseo de Areneros, núm. 46; pero en realidad reside en Santander, en la villa que se ha levantado a fuerza de novela. Ya he dicho que presentó su candidatura la primera vez y fué vencido por el latinista Commelerán. En poco tiempo se cumplió su voluntad. Pereda, el montañés, según la guía, vive también en la Corte, en la calle de Lista, núm. 3; pero en realidad vive en Santander, en Polanco, y como las novelas no se le pactolizan como a Galdós, a pesar de que es rico, sigue fabricando jabón. El señor Pereda debería no separarse de la Real Academia, no faltar a sus sesiones. Es él quien escribe los relieves del yantar; por limpiar, fijar y dar esplendor a las sobras de la comida.

El señor Balard, académico electo, es el poeta meloso y falso que ya conocéis, y crítico de una limitación asombrosa, que beneficia no obstante en España la más injusta de las autoridades.

Don Daniel de Cortázar es ingeniero de minas, hijo del autor de un muy conocido tratado de matemáticas elementales. Su ciencia le ha ganado la honra. Los académicos aquí, como en Francia, quieren tener de todo en su casa.

El último académico electo es el poeta Ferrari. Su candidatura ha brotado de los salones influyentes que frecuenta y en donde sus recitaciones son proverbiales... Conste que una vez yo le he visto defenderse con bravura—y al fin sucumbir—en casa de doña Emilia Pardo-Bazán.

La Academia cuenta con innumerables miembros correspondientes, en Europa y América española, y con dos miembros honorarios, ambos de la América Central: uno de Honduras, otro del Salvador. Esto os causará alguna sorpresa, pero he aquí la explicación. El presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, hace mucho tiempo ordenó por decreto gubernativo que en la República se usase, al menos en todos los documentos y publicaciones oficiales, la ortografía de la Real Academia Española. Supongo que acompañaría el decreto con alguna demostración de afecto académico más práctica. El presidente del Salvador, Rafael Zaldívar, hombre muy inteligente, viajó un día por España, con gran séquito y con la pompa de un príncipe exótico. Tengo entendido que dió a la Academia asimismo valiosas pruebas de amistad. Se le correspondió con una sesión especial en su honor. Todas las personas de su comitiva tuvieron nombramiento de miembro correspondiente. De aquí que los dos únicos miembros honorarios sean esos expresidentes centroamericanos.

La labor de la Real Academia, dígase bien claro, es en nuestro tiempo inocua, como la de los inmortales franceses. Hacen el diccionario, reparten premios más o menos Montyon y coronan obras mediocres y correctas.

Aquí se defiende el purismo, la virginidad de esta vieja lengua que ha dado y dará tantas vueltas. Y esos defensores tienen eco en ciertas naciones de América; pues como reza un decir magistral—cito de memoria—«cuando el purismo desaparezca de Salamanca se encontrará en algún cholo de Lima o en el morro de un negro mejicano». En ese continente, en las aldeas más primitivas no falta el barrigudo licenciado abarrotado o abarretado que persiga el le y el lo, y el caso y la concordancia, y entre tortilla de maíz y tortilla de mais no haga su discursito en caribe en defensa de los fueros del idioma.

No puedo menos que concluir citando las palabras de un ilustre profesor de la más célebre de las Universidades españolas: «Hay que levantar voz y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo en el simple empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y lo que es aún peor, de reacción entera y verdadera. Eso del purismo envuelve una lucha de ideas. Se tira a ahogar las de cierto rumbo, haciendo que se las desfigure para vestirlas a la antigua castellana. Se encierra en odres viejos el vino nuevo para que se agrie». Y luego: «Hay que hacer el español internacional con el castellano, y si éste ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él. El pueblo español, cuyo núcleo de concentración y unidad dió al castellano, se ha extendido por dilatados países, y no tendrá personalidad propia mientras no posea un lenguaje en que sin abdicar en lo más mínimo de su modo peculiar de ser, cada una de las actuales regiones y naciones que lo hablan hallen perfecta y adecuada expresión a sus sentimientos e ideas. Hacen muy bien los hispanoamericanos que reivindican los fueros de sus hablas y sostienen sus neologismos, y hacen bien los que en la Argentina hablan de lengua nacional. Mientras no internacionalicemos el viejo castellano, haciéndolo español, no podemos vituperarles los hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los hispanocastellanos, y hacen muy bien en ir a educarse a París, porque de allí sacarán, por poco que saquen, mucho más que de este erial, ya que lo que aquí mejor puede dárseles, la materia prima de esa lengua, consigo la llevan y con libros pueden perfeccionarla».