El autor de esas líneas se llama Miguel de Unamuno. Aquí y entre nosotros protestarán especialmente de ellas los que no se llaman ni son nada, pas même académiciens.


LOS POETAS

Madrid, 24 de agosto de 1899.

El modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes. Antes lo eran el Darro, que como se sabe tiene arenas de oro, y el Genil que las tiene de plata. Los cisnes viejos de la madre patria callan hoy, esperando el momento de cantar por última vez. Ya os he hablado de Campoamor, cuando se pensó en su coronación, ceremonia de que no se ha vuelto a ocupar nadie, a pesar de las buenas intenciones del Círculo de Bellas Artes, cuyo presidente, el señor Romero Robledo, manifestara tanta excelente voluntad. El anciano poeta sigue cada día más enfermo. Últimamente no ha podido contestar a una enquête iniciada por una revista de París, La Vogue, sobre el asunto Dreyfus. Casi imposibilitado de moverse, sufre en su retiro horas dolorosas, y visitarle es ir a pasar momentos de pena. Sus últimos versos son una que otra dolora dolorida que ha publicado la España Moderna, una que otra humorada en que se depositan las últimas gotas que quedan del humor antiguo en el vaso de ese espíritu que fuera tan bellamente lozano, tan frescamente juvenil. Ahora es cuando hay que volver los ojos al viejo tesoro prodigado, aquella poesía tan elegante en sus sutiles arquitecturas y tan impregnada del amargor que el labio del artista siente al primer sorbo de vida.

Recordad aquellas perlas brillantes de ironía, de las doloras; y aquellos pequeños poemas que conducen por una corriente de sonoras transparencias verbales a la finalidad de una inevitable melancolía, la melancolía que por ley fatal florece en los jardines de la humana existencia. ¡Amable filósofo! Daba la lección de verdad adornada de la gracia de su música, su música personal, inconfundible en toda la vasta orquesta poética de las musas castellanas.