Núñez de Arce, también silencioso. Dirige las oficinas del Banco Hipotecario, y Luzbel, anunciado hace largos años, no se concluye. Dicen que padece el poeta de enfermedad gástrica, y así debe ser por el continuo gesto de displicencia que presenta su faz. No es ya el tiempo de los Gritos del Combate y de la Visión de fray Martín. El vate de antes se encuentra ya transpuesto en época que desconoce sus pasados versos, el alma de sus pasados versos, alojada hoy en una casilla de retórica. No es esto desconocer el inmenso mérito de ese noble cultivador del ritmo, que ha dominado a más de una generación con su métrica de bronce. Hoy España no cuenta con poeta mejor. Más aún, no existe reemplazante. Cuando deje de aparecer en el nacional Parnaso esa dura figura de combatiente que ha magnificado con su severa armonía la lengua castellana, no habrá quien pueda mover su armadura y sus armas. Porque Núñez de Arce, dígase lo que venga en antojo a los que no es simpático intelectual o personalmente, ha sido un admirable profesor de energía. En verso, pero de energía. Ha mezclado más de una vez la prosaica política en sus imprecaciones, y ha sido ministro de Ultramar cuando había ministros de Ultramar. Ha sido con su manera sonante y oratoria un parlador de multitudes, un dirigente del espíritu público de su época. Y si de algo se resiente el conjunto de su obra, es de haber sacrificado más de una paloma anacreóntica o cordero de égloga a la diosa de pechos de hierro que no tiene corazón, a la Patria, en su más triste ídolo: el ideal de un momento. Porque el mayor pecado de este poeta es no haber empleado sus alas para subir en el viento del universo, sino que se ha circunscrito a su terruño, al aire escaso de su terruño aun en los poemas de tema humano en que debiera haber prescindido de tales o cuales ideales de grupo. Krausistas y neos han tenido en esta tierras liras en sus batallones. La obra de Núñez de Arce aun persiste. Su puesto, como he dicho, se mantiene el primero. Que su Visión de fray Martín tenga por origen el abad Hieronimus de Leconte de l'Isle, que La Pesca tenga la fisonomía familiar de la copiosa producción coppeista, eso no obsta a la marca individual de este forjador de endecasílabos; endecasílabos de Toledo que vibran y riegan su resonante son: spargens sonus. Mas eso no basta al deseo de la juventud que observa la deslumbradora transfiguración del arte moderno. No dice nada a las almas nuevas el conocido alternar del endecasílabo en la estrofa núñezdearcina, que por otra parte, es estrofa dantesca, del Dante de las poesías amatorias. Y Núñez de Arce queda solo ante su ara, o ante su Banco Hipotecario, como el finalizado Campoamor entre el recuerdo y la tumba.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, vive también flotante en las brumas de su Olimpo muerto. Bueno, triste, aun guarda una chispa de entusiasmo que brilla en el fino azul de sus ojos penetrantes. Esa tristeza suya me recuerda cierto pequeño poema de Baudelaire, el de los viejos juglares. Pasó para del Palacio el buen tiempo en que un soneto espiritual daba la vuelta a la Corte entre preciosos comentarios, pasó el tiempo de la diplomacia lírica que ponía en humor jovial a los bonaerenses, gracias a este excelente don Manuel, entonces ministro en el Río de la Plata, y al nunca bien ponderado colombiano señor Samper. Hoy está aún más amargado el ingenioso poeta, porque ha quedado cesante de su empleo de secretario de la orden de Isabel la Católica, por obra del duque de Almodóvar. El cual no ha contado con que la indignación del verso debía venir. Y ha venido. No hace muchas noches nos leía don Manuel a varios amigos las vengadoras ocurrencias de su musa:
Alegre por fuera
y triste por dentro,
con la carga encima
de muchos inviernos,
muchos desengaños
y muchos recuerdos,
voy ya por el mundo
a paso de espectro,