Manuel Reina ha logrado recientemente un triunfo con su Jardín de los Poetas. Lírico de penacho, en color un Fortuny. Ha llamado la atención desde ha largo tiempo, por su apartamiento del universal encasillado académico hasta hace poco reinante en estas regiones. Su adjetivación variada, su bizarría de rimador, su imaginativa de hábiles decoraciones, su pompa extraña entre los uniformes tradicionales, le dieron un puesto a parte, alto puesto merecido. Le llaman discípulo e imitador del señor Núñez de Arce. No veo la filiación, como no sea en la manera de blandir el verso. Núñez de Arce es más severo, lleva armadura.—Reina va de jubón y gorguera de encajes, lleno de su bien amada pedrería. No hay versos suyos sin su inevitable gema. En el Jardín de los Poetas se ven sus preferencias mentales, un tanto en choque, por la variedad de las figuras. Su jardín es trabajo de virtuoso. Cada poeta le da su reflejo, y él aprovecha la sugestión felizmente.
¿Grilo? Es una situación literaria especialísima la de Grilo. Es el poeta laureado de España, aunque España no tenga oficialmente poeta laureado. Su barril de malvasís, o pongamos de Jerez, debe tenerlo por obra y gracia de la infanta doña Isabel, y demás gentes de palacio. Grilo ocupa un lugar especialísimo, semejante al de ese pobre míster Austin en Inglaterra. Los intelectuales, y aun la mayoría, sonríen ante la parada de esa áulica musa de ocasión que dice sus rimas con acompañamiento de piano. Grilo es el poeta de la reina Isabel, de la reina regente, del rey, y de las innumerables marquesas y duquesas que gustan de leer el día de su santo un cumplimiento en renglones musicales. ¡Aun hay melenas! La poesía suya es de esa azucarada y húmeda propicia a las señoras sentimentales y devotas. Según se me informa, la protección práctica de sus altas favorecedoras es eficaz, y ese ruiseñor no puede quejarse de los cañamones del mecenato.
Don José Echegaray, a quien Castelar hizo el peregrino obsequio de compararle con Goethe, no ha vuelto a taquiner la musa. Es sabido que de todo entiende, y gratifica periódicamente a sus compatriotas con la información de una ciencia de colegiales. El ingeniero poeta goza de una enorme popularidad, y cada vez que yo manifiesto mi asombro por la ocurrencia castelarina, no falta quien se asombre de mi asombro. Su musa concluyó en los empujes de sus dramas elásticos, en las tiradas de la Guerrero. Ferrari es también un poeta de salón, y he tenido la honra de compartir con él una noche el curioso éxito de una recitación para ladies and gentlemen. No puede negarse su mérito, bajo el árbol frondoso de don Gaspar. Don Juan Valera ha hecho versos correctísimos; hoy ya no los hace. Menéndez Pelayo asimismo ha frecuentado el Helicón. Este erudito humanista, cuando se le presenta una niña con su álbum, sale del paso con escribir unas estrofas de su antigua composición:
Puso Dios en mis cántabras montañas...
Salvador Rueda, que inició su vida artística tan bellamente, padece hoy inexplicable decaimiento. No es que no trabaje; pues ahora mismo acabo de ver el manuscrito de un drama de gitanos—otro modo de ver que el de Richepin—que piensa someter a los cómicos en la temporada próxima; pero los ardores de libertad ecléctica que antes proclamaba un libro tan interesante como El Ritmo, parecen ahora apagados. Cierto es que su obra no ha sido justamente apreciada, y que, fuera de las inquinas de los retardatarios, ha tenido que padecer las mordeduras de muchos de sus colegas jóvenes; dándose el caso de que se cumpliese en él la palabra del celeste y natural Francis Jammes: «Los que más te hayan nutrido con las migajas de tu mesa, los que te atacarán serán aquellos que más te hayan imitado y aun plagiado». Los últimos poemas de Rueda no han correspondido a las esperanzas de los que veían en él un elemento de renovación en la seca poesía castellana contemporánea. Volvió a la manera que antes abominara: quiso tal vez ser más accesible al público y por ello se despeñó en un lamentable campoamorismo de forma y en un indigente alegorismo de fondo. Yo, que soy su amigo y que le he criado poeta, tengo el derecho de hacer esta exposición de mi pensar.
Dicenta ha encontrado su filón en las tablas, y no hace otra cosa que obras para el teatro, como su compañero Paso. Se nombra mucho a Ricardo Gil. He buscado sus obras, las he leído; no tengo que daros ninguna noticia nueva. Es la poesía que conocéis, con un copioso número de aedas, entre los cuales, estos nombres más resaltantes: Catarineu, Ansorena, Morera, Galicia, Melchor de Palau. El espíritu regional cuenta con buenos representantes. Hay ahora un poeta de Murcia que ha conquistado Madrid, Vicente Medina. Se le ha elevado a alturas insospechables, se le ha declarado vencedor. Es verdad que trae con su emoción, con su sencilla facultad de ritmo, su gracia dialectal y su fondo de sensitivo, una nota desconocida hasta hoy; es un hallazgo. Pero lo monocorde de su manera llega a fatigar, con la repetición de la queja, una queja continua, picada de diminutivos que por su copia llegan a causar otra impresión que la buscada por el poeta. De todas maneras Vicente Medina es un excelente poeta campesino.
El señor Vaamonde ha intentado algunos cambios de ritmo, algunas flexibilizaciones de verso, y ha conseguido interesar. Después de la guerra, publicó un libro de inspiración patriótica. Los catalanes tienen buenos poetas, desde su padre Verdaguer, el de la Atlántida, hasta los modernos Maragall, Pajes de Puig, y Maten. Son infinitos los rimadores y mestres en gay saber. Los andaluces forman también su grupo, con Díaz Escobar, especialista en cantares, Arturo Reyes, de la familia de Rueda, como el joven Villaespesa, bello talento en vísperas de un dichoso otoño, y otros escanciadores de sol y manzanilla. Los vascos no sé que tengan un poeta representativo; debe haber varios, que escriban en su idioma y no quieran confundirse con el Parnaso de la Maquetania. Pero con Unamuno basta para tener aún en la lírica representación digna en la Corte.
Los jocosos son legión. Los diarios y revistas publican una cantidad increíble de chistes rimados, y periódicos como el Liberal tienen un redactor especial que trata asuntos de actualidad, en verso. Pues aquí Felipe Pérez y González, como antes Antonio Palomero o José María Granés, tiene por tarea dar diariamente cierta cantidad de estrofas a los lectores, sobre sucesos del momento. Y la gente paga, y pues lo paga, es justo.