No quise contradecirle.

Pero el hábil Colorado, cuyo ingenio es mucho, apoyado en su antiguo cariño y en su amistad íntima, le increpó con amable irrespeto. «Es que usted se está poniendo insoportable de pesimismo». Y le manifestó que era cosa de los años, que en la juventud todo lo vemos lleno de una luz de rosa. (Lo cual no es cierto en nuestro tiempo; decía yo en mi interior.)

Núñez de Arce prosiguió entonces en un largo parlar todo ornado de bellas frases de decepción. No creo ni en la misma vida. ¿Acaso sabemos algo de lo que hay tras el impenetrable velo de la eterna Isis? ¡La Ciencia! Pues la Ciencia no ha conquistado sino un pequeñísimo reino, el reino de lo experimental. La débâcle a que se ha hecho tanto ruido no hace mucho tiempo, no puede ser más cierta. ¿El arte? Campo para las ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que humo vago que deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en todo. La sociedad, después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver el problema de su misma organización. Véanse las rojas flores que brotan en tal terreno: se llaman socialismo, anarquismo, nihilismo. ¡La nacionalidad española! un sueño. Al primer cañonazo que se oiga en la Península, ya verán cómo se deshace la nacionalidad española. Yo volví a tocar el tema del arte y de la literatura. «Ah, el arte, la literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más patente ejemplo. Los ideales se levantan, se ven como bellos mirajes y luego no se logran nunca. Es el inmenso camino cuyo fin no se encuentra ni se encontrará jamás, a pesar del vuelo continuo de las humanas aspiraciones». Y así seguía, con su voz pectoral, un tanto apagada, y en sus ojos vivaces había una chispa fugitiva y en sus labios se marcaba una sonrisa que podía decir resignación y convencimiento.

Entretanto yo me decía—siempre para mí sobre todo—: Gaspar Núñez de Arce,

...Don of course

A true Hidalgo, free from every stain

Of Moor or Hebrew blood, he traced his source

Through the most Gothic gentleman of Spain...

Don Gaspar Núñez de Arce, sin duda alguna el primer poeta de la España de hoy, parecería por sus negros mirares y sus desconsoladores decires, un espirite extranjero, un alma septentrional, rara bajo su cielo de alegría, si no se supiese que en el fondo del alma española crece siempre una oscura rosa. Puede tener un rocío de creencia o no tenerlo. Este fuerte poeta es un Carlos V sin fe que se encierra en su Escorial interior y celebra los funerales de su propia poesía, de sus propios ensueños, de su propia gloria. Y no es nuevo en él este modo de pensar y de ver los cuatro puntos cardinales de la existencia. Allá, ya lejos en el siglo, se oyen aún sus Gritos del combate, y ya había resonado en sus oídos el fracaso producido por la risa de Voltaire, a quien en nombre de sus sueños agonizantes o muertos maldecía en el último endecasílabo de un soneto célebre; decía a los poetas que colgaran, en un desconsuelo bíblico, sus harpas, de los llorosos sauces. Gracias a que la férrea contextura de su estro daba animación para la lucha, no se caía en el anonadamiento voluntario. Por esos tiempos, o poco después, miraba con cruel desdén al pobre Becquer, que vivía de pan de amor y vino de sueño. Sonreía el caballero vestido de su pesada armadura, de los que él llamaba «suspirillos germánicos»: le disgustaba el poco de azul que fué a traer en su ramillete de vergissmeinnichts de Alemania, para suavizar el escarlata de sus claveles, el artista triste de las Rimas, que después de todo, era esta cosa formidable: un corazón.

En el Prado reían los niños: la tarde desfallecía risueña; en el poniente se fundía una montaña de oro de sol. Don Gaspar proseguía en sus doctrinas. La muerte es lo único que nos interesa verdaderamente, pues da la clave del enigma, Isis aparece entonces sin velo. El hombre no mata nada: todo se muere. El hombre cree inventar algo: todo está ya inventado; todo ha sido. De pronto, en un yacimiento de tiempo, descúbrese alguna cosa; eso es todo. Pero nada de lo que se cree nuevo es nuevo. La palabra de la Escritura dice una inconmovible verdad cuando dice: Nihil novi sub sole. El hombre vive en la lucha perpetua con la vida y consigo mismo porque, pasada la divina estación de la juventud, quiere ver, quiere saber, quiere conseguir la posesión de un fantasma, descubrir lo imposible, y la realidad le hiere y le desconsuela. El hombre sólo es feliz en el instante de su primavera.