Miré en los ojos a don Gaspar, y canté en mi memoria el recuerdo:
¡Oh recuerdos, encantos y alegrías
De los pasados días!
¡Oh gratos sueños de color de rosa!
¡Oh dorada ilusión de alas abiertas
Que a la vida despiertas
En nuestra breve primavera hermosa!
—Yo, ya estoy viejo, repito, y creo ver en lo que dije la verdad; o lo que me parece la verdad, porque, ciertamente, ella no ha mostrado su faz nunca; su desnudez no ha sido profanada por nadie. Crea usted, me dijo, que la juventud es lo único que vale la pena, y esto por su jardín de ilusiones; esto es, por lo que existe.
Yo volví a clamar dentro de mi: «¡Oh poeta, oh querido amigo y maestro! no haces obra de bien predicando el desencanto, tú que sabes la perenne renovación de las cosas, el placer del vivir, con todo y la persecución del dolor; no debes, porque hayas pasado ya mucho más del medio del camino de la vida, quedarte en tu primera etapa, y no mostrar a la juventud sedienta de ideal nada más que el infierno; tú bien debes saber que en la tercera está situada la gloria incomparable del Paraíso, así haya que pasar para penetrar en sus dominios bajo el arco de la Ilusión. La misión del poeta es cultivar la esperanza, ascender a la verdad por el ensueño y defender la nobleza y frescura de la pasajera existencia terrenal, así sea amparándose en el palacio de la divina mentira. Te ha tocado un difícil momento en la historia de tu patria; momento de vacilaciones y de derrumbes, de dudas y de miserias; pero tú no colgaste el harpa del «lloroso sauce». Antes bien, elevaste por tu sonora y acerada poesía las almas, reavivaste el amor a lo bello; de la duda hiciste hermosas esculturas de palabras en que vió la joven generación cómo se esculpía el castellano en potentes estrofas; con el Idilio tomaste a la inagotable viña de amor, cuyo jugo dará sangre a la poesía y al arte por los siglos de los siglos. No, no intentes destruir una sola ilusión. En verdad te digo que retoñará en mil partes. La obligación de la vejez sabia, es decir a los que vienen coronados de flores, en su estación de encantos, en palabras de luz, lo que dice la Boca de Sombra. Hay un caballero cantado en tus poemas, que podía servirte de admirable ejemplo. Es aquel maravilloso Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de ilusiones, capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues bien, Raimundo Lulio no se fué por el camino de la desesperanza, sino que, como entró en el templo, montado en su caballo, ascendió a las estrellas, cabalgante en su pegaso, en seguimiento siempre del ideal. Aquel inmenso poeta, aquel príncipe del símbolo, aquel sabio, te señala una buena pauta que seguir. No pasa el tiempo para los poetas que tienen el alma firme y libre; para los que no reconocen fronteras, preocupaciones, limitaciones: las musas son como dices, muchachas fragantes y frescas, pero no tienen inconveniente en ir a dormir con Booz, o acostarse en el lecho del viejo David.»
Y no sé en qué libro antiguo he leído que Abisag, después de sus nupcias con el anciano rey del harpa, quedó en cinta y dió a luz una estrella.