TENORIO Y HAMLET

10 de noviembre 1899.

Cada comienzo de noviembre, al empezar a asarse las castañas y a inflarse los buñuelos, es sabido que Don Juan Tenorio hace su visita a Madrid. Este año ha estado también el taciturno príncipe de Dinamarca. Hamlet, encarnado en Sarah, la prodigiosa comedianta que ha logrado cristalizar la más inconmovible juventud. Don Juan se ha visto en casi todos los teatros y han sido largo asunto de discusión las innovaciones de un cómico que ha querido presentar un Tenorio como cortado por molde de comedia francesa a la moderna, un Tenorio a quien se ha amputado el apéndice que Cyrano llevara hasta delante del Eterno Padre, y Don Juan también, un apéndice que constituye en esos caballeros parte vital y precisa: ¡el penacho!

Pues el actor de la Comedia, Thuiller, ha creído oportuna la variación, y dió un Don Juan despenachado. Dijo a la sordina la décima zorrillesca; quiso imponer lo natural en punto en que la naturalidad huelga; el hombre que convida a comer a los difuntos ha hablado como un tipo de Dumas hijo o de Lavedan; Doña Inés del alma mía ha tenido que corresponder en igual tono a las declaraciones de su caballero; esto ha sido un flirt en vez de la tradicional tempestuosa pasión manifestada; la famosa cavatina ha sido una causerie; el público se ha mostrado sorprendido, le han cambiado a su Don Juan; la crítica censuró al actor, pero los empresarios demostraron que los críticos aplaudieron en la temporada pasada lo que hoy han señalado como defectuoso. Lo cierto es que el señor Thuiller ha errado. El Tenorio tipo de leyenda no cabe en la pauta de conservatorio reformista que ha querido imponerle. Don Juan, el idealizado por los poetas y cuyo contacto según Musset engrandece, no tiene nada que ver con el personaje histórico de quien Sevilla posee un retrato—el señor de Mañara—por otra parte, muy feo, y al cual seguramente el actor no querría copiar. El nuestro, el de todo el mundo, es un antiguo amigo, our ancient friend Don Juan, que dice el sublime y donjuanesco lord. Para darle vida, no es preciso que el actor se desgañite y gesticule como un loco, cual lo hemos visto en los infinitos Tenorios que nos ha dado la declamación española, pues desgraciadamente no hay cómico de la legua que no quiera entenderse con su correspondiente convidado de piedra. Mas algunos grandes actores ha habido que en España han penetrado en el carácter de Don Juan, sin menoscabarle ni hipertrofiarle. Calvo fué uno bueno, para no citar anteriores, y Vico, y aun otro actor de poco renombre pero de reconocido talento, Pedro Delgado, que este año ha hecho el Tenorio en... en el pueblo de Écija.

No se puede hablar de Don Juan sin recordar al pobre Zorrilla, que decía con justa amargura, poco antes de morir: «mi Don Juan produce un puñado de miles de duros anuales a sus editores, y mantengo con él en la primera quincena de noviembre, a todas las compañías de verso de España». Él ha contado de admirable manera el génesis de su drama, que por cierto no fué recibido por el público con el triunfo que más tarde consiguiera. Fué en el año de 1844, en febrero. El actor Latorre necesitaba una obra flamante para su rentrée en la villa y corte. Zorrilla era quien debía entregar la obra. Había él refundido en ese tiempo Las Travesuras de Pantoja; y registrando las comedias de Moreto, tuvo la idea de la pieza; y con el Burlador y la refundición de Solís, manifestó a Latorre que se comprometía a entregarle un Don Juan en el término de veinte días.