Ya es el tipo de grandes ojos negros y cabelleras de una riqueza incomparable que pesan sobre los cuellos armoniosos como la carga capilar que agobia a una d'annunziana virgen de las rocas; ya el tipo semiarábigo, que denuncia la andaluza procedencia; o la mujer maciza del Norte que en su opulencia guarda el orgullo gentilicio de una raza generosa. Y mientras la Darclée hacía su Manón bravamente, yo veía al coloso alemán recorrer con sus gemelos el jardín de los palcos. Allí tenía la fragante flora humana del país solar que ha vivido en un ambiente de heroísmo caballeresco bajo un cielo de poesía; allí las descendientes de los más preclaros nombres de la nobleza española, mantenedoras de la gracia que pintaron tantos pinceles ilustres y que cantaron tantos luminosos poetas.

Y algo de don Alonso Quijano el Bueno decía a mi alma: «Deja que la bala dum-dum se ensaye en el boer, y que el fin del siglo XIX sea de sangre y matanzas razonadas o sin razón. Alguien ha dicho que Krupp es Hegel y que Chamberlain es Darwin. No hay que desesperar. Estos descorazonamientos científicos pueden ser sucedidos por razonables y necesarios vínculos líricos. Nunca es malo Don Quijote. Y Guillermo II hace versos y pinta cuadros y escribe óperas e himnos. España no debe pensar ahora en guerras y cosas que le han enseñado lo vario de la suerte y lo frágil de la grandeza. Y cuando el César germánico envía un águila negra, se le debería corresponder con una paloma blanca.»


UNA NOVELA DE GALDÓS

26 de octubre de 1899.

Otro nuevo «episodio nacional» estalla en los escaparates de librería, con sus colores amarillo y rojo en la cubierta, formando bandera española. Y bajo el título, y el 7.000 que se refiere a los ejemplares, la esfinge sentada sobre el globo nos anuncia que aparece un libro más en que se tiene por divisa Arte, Naturaleza y Verdad. Ya os he dicho del ordenado fabricar del maestro novelador. No censuro—sino todo lo contrario—el método y la exactitud en el término de la producción. Eso indica que la voluntad priva sobre el talento, lo cual es razón que honra al carácter humano. Lo que lamento es que se transparente, hasta casi llegar al público, un plan industrial con mengua de propósitos mentales. Quién encuentra una familia como la Rougon Macquart, quién la Historia de España. El Sr. Galdós pudo comenzar en los tiempos de Vamba y concluir en los de Sagasta. Habríase llenado una biblioteca y desbordado el capital de la casa editora. Pero el potente autor de Gloria, de León Roch, de la primera serie de los Episodios, no tiene el derecho de descender en calidad por ascender en cantidad. Yo respeto y saludo ese admirable y sereno talento que ha producido innegables obras maestras; pero ese mismo respeto es el que me hace contristarme ante una fecundidad inquietante, porque la obra precipitada de ahora no resiste comparación con la madura de antaño. Claro está que un libro de Pérez Galdós no podrá nunca ocultar el lustre original; no será un libro malo jamás, ni un libro mediocre, que es peor. Pero se advierte que falta la gestación indispensable en partos de esta índole—gestación casi siempre elefantina—. Sale el libro flojamente vertebrado, un si es no es anémico, con marcada tendencia al raquitismo; aunque se observan—como en los ojos del niño—reflejos y chispazos del alma paternal. Son libros faltos de tiempo. La Estafeta romántica está escrita de julio a agosto de este año, en que van publicándose ya cuatro episodios. Cabalmente acabo de salir de la inmensa floresta de Fécondité, y al dejarla he visto el tiempo que Zola ha empleado en ella. Cerca de un año. Es el lapso más corto para realizar una labor de conciencia, sin llegar a la religiosidad flaubertiana. Zola, con todo y su simétrica tarea de gran obrero, sabe que tiene que elevarse a sus Cuatro Evangelios con la mayor energía y el aliento de su idea, y que no es sino con ímpetu aquilino y ansias de grandeza moral como podrá escudriñar a su manera las que llama San Agustín «montañas del Señor», para bien de su patria la Francia. Bien podría el señor Galdós dar a España un libro cada año, en el cual libro pusiese la esencia saludable de su pensamiento y ayudase a la obra social y al resurgimiento de la nación española. De estos volúmenes se ocupa escasamente y mal la crítica de casa; y la extranjera, por respeto al nombre del autor, suele hacer una que otra compte rendu, aunque sea como la de M. Vicent, del Mercure de France, que ha hojeado seguramente el libro, y ha sacado en claro, traducida una novedad del título de La campaña del maestrazgo. Su precario español le haga confundir campaña con campana, y traduce: La cloche du Maestrazgo.