Aquí Sarah se ha impuesto, a pesar de que no es muy común el dominio de la lengua francesa en el público. Cierto es que el público de Sarah Bernhardt ha sido de lo más aristocrático de que se compone el «todo Madrid».
Quienes han admirado a sir Irving, quienes conocen el «juego» de Monet-Sully, quienes recuerdan a los potentes trágicos italianos de este siglo, hasta Novelli, con su Hamlet gesticulador, están de acuerdo en que no ha habido palacio de carne humana en que se hospede como en propio habitáculo el espíritu del soñador pensativo de Elseneur, como la carne nerviosa y eléctrica de Sarah Bernhardt; ella es el príncipe delicado, pero fuerte de nervios, que le hacen ser buen esgrimista; lejos de la fuerza musculosa, pues él mismo exclama en una escena, hablando de su tío incestuoso: «But no more than my father,—Than I to Hercules...»
UNA EMBAJADA
La embajada extraordinaria alemana presidida por el príncipe Albrecht ha sido en estos días nota de actualidad. Él es un buen gigante teutón, digno representante de su tierra militar y férrea. Le ha traído el Águila Negra al adolescente rey Don Alfonso XIII, que en la ceremonia palatina ha dicho un muy bonito discurso en francés. No ha habido revistas militares, por disposición de gran cordura. Pero los príncipes extranjeros han visto mucho de la España grande e indestructible: han visto la sala de Velázquez en el Prado, han tenido otras varias impresiones que les han podido dar a entender que por más que la obra de los malos gobiernos traiga ruina y desastre a la patria española, queda un rico fondo de fecundidad y de vida de donde brote una España dueña de su porvenir.
Han podido admirar también la otra noche, en el Teatro Real, la soberbia mina de hermosura que se encierra en este pueblo lleno de bizarrías y hechizos. La aristocracia mostraba joyas de juventud y de belleza de que pocos países pueden enorgullecerse.