Para ese género de enseñanza se necesita en el profesor un instinto paternal y humano que no permiten la frivolidad y ligereza españolas: y en el alumno una atención y voluntad que las mismas causas hacen imposibles.
Lo que habría que hacer en España sería formalizar la enseñanza elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética. Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada cual siguiese su rumbo. Probablemente ahora es cuando hay menos cultura general en la Península, a pesar de la revolución y de los esfuerzos de algunos cosmopolitistas. El siglo XVIII fué más culto que este fin de siglo; y si las Universidades llegaron entonces a una situación calamitosa, fué por falta de administración y gobierno, por la preponderancia clerical, que ahora nuevamente amenaza con mayores ímpetus, por falta de base, por incultura elemental, por cubrir con el relumbrón académico la miseria de una ignorancia vasta.
No hacen falta reformas, ni planes nuevos ni estudios novísimos. Lo que necesita con urgencia la juventud española es que le enseñen a leer, ¡que no sabe!, que se mueran de una vez todos los maestros agonizantes, en cuyas manos se deshilacha como una vieja estofa el espíritu nacional, y que se pongan las fabulosas «Cartillas» en manos de hombres de conciencia, hombres que den al abecedario la importancia de un cimiento sobre el cual ha de apoyarse el edificio de la común cultura.
Santiago Alba, ¡buena cabeza!, a propósito del soñado libro de Desmolins se pregunta: ¿El régimen escolar español forma hombres? ¡Y con la universal voz se contesta: no! Hay mucha disposición, mucho reglamento—; ¡estamos en el reino del expediente del cual hemos sido herederos directos!—, y en el fondo, nada. Todo en los papeles. Alba ha hecho una comparación estadística.—El 1 ½ por 100 (0,73 por habitante) del total del Estado consagra éste en España a la pública instrucción, mientras Francia el 6 ½ (5,82 francos por habitante), Italia el 2 ½ (1,75); y hasta Portugal el 2 ¼ (1,11). No hablemos de Inglaterra, donde el espíritu anglo-sajón y la riqueza del país por el mismo espíritu creado permiten dedicar a la enseñanza el 8 ½ por 100 del presupuesto total, esto es, más de siete francos por individuo. Entrando en lo hondo del asunto, la palabra del señor Alba no puede ser más franca ni más justamente dura. «¿Es que nuestros bachilleres, dice, nuestros abogados, nuestros médicos, nuestros ingenieros, nuestros peritos mercantiles y hasta nuestros militares y nuestros marinos, no son víctimas también del inevitable chauffage, de que Demolins abomina escandalizado y dolorido? Bachilleres incapaces de escribir una carta con ortografía, abogados ignorantes al salir de la Universidad de lo más rudimentario de la profesión; médicos que no saben ni tomar el pulso; ingenieros a quienes se hunde la primera obra en que ponen mano; peritos mercantiles que no podrían llevar regularmente ni un libro diario;—en fin, militares a quienes «no caben en la cabeza» cien hombres y marinos de cuyos viajes da precisa y exacta cuenta el número de las averías del barco que dirigen, entonan a coro himno grandioso al admirable sistema que empieza por hacer inútiles a cientos de hombres de uno de los pueblos más reconocidamente despiertos del planeta.»
Lo dice el vulgo con toda claridad: «Aquí el bachiller, el abogado, el médico, el ingeniero, el perito mercantil, el militar, y el marino que llegan de veras a serlo «se hacen» por sí solos cada uno en su casa, en su hospital, en su taller, en su cuartel o en su barco; lo que estudian en el Instituto, en la Universidad, en la escuela, o en la Academia, es sólo por coger el título o la estrella».
En lo relativo especialmente a la enseñanza superior, ha iniciado ahora, como he dicho, el catedrático de griego de la Universidad de Salamanca, señor Unamuno, una campaña nobilísima y valiente.