18 de noviembre.

Un hombre del campo me invitó hace pocos días a ver la fiesta de su aldea, en tierra de Ávila. Se trata de un lugar llamado Navalsauz, a algunas leguas de la vieja ciudad de santa Teresa. Mis deseos de conocer las costumbres campesinas de España encontraban excelente oportunidad. Acepté. Una buena mañana tomé el tren para Ávila, en cuya estación me esperaba mi invitante, en compañía de dos hijos suyos, robustos mocetones que tenían preparadas las caballerías consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo momento. Fué cosa de llegar, montar y partir. Pero, debo deciros algo de la buena bestia en que hube de pasar por esos campos. Era el inseparable de Sileno, el compañero de Sancho, el interlocutor de Kant, el amigo de Pascarella. Manso, filosófico, doctoral, aunque en tal o cual punto del camino se manifestase más de una vez mal humorado o asustadizo. La carretera se extendía entre campos cultivados. A un lado y otro había labriegos arando con sus arados primitivos. Se cultiva el centeno, trigo, algarrobas, garbanzos, cebada y patatas. El paisaje no deja de ser pintoresco, limitado por alturas lejanas, cerros oscuros, manchados de altos álamos y chatos piornos, bajo cuyas espesuras es fama que se agita el más poblado mundo de liebres y conejos. En el tiempo del viaje, se encuentran a un lado de la carretera mesones o ventas harto pobres, que nada tienen que ver con los caserones que en la árida Castilla se le antojaban castillos a Don Quijote.

En una hubimos de pernoctar.

Mi amigo grita con una gran voz: «¿Hay posada?»

«Sí, señor; pasen ustedes.» Y de la casa maltrecha sale la figura gordinflona del ventero. Mientras los mocetones llevan los burros al pienso, heme allí conducido a la cocina, donde una gran lumbre calienta olorosas sartenes, y conversan en corro otros viajeros, todos de las aldeas próximas, de higiene bastante limitada, pero gentes de buen humor que se charlan y se pasan de cuando en cuando una bota. Entré yo también al corro y de la bota gusté—un vinillo de las villas del Barranco—, así como compartiera más de una vez con los gauchos de las pampas, también al amor de un buen fuego y en la cocina de la estancia, al mate amargo y la ginebra. La cena estuvo suculenta, y luego fué el pensar en dormir. ¿Camas? Ni soñarlo. Cada cual duerme en los aparejos y recados; quién en la cocina, para no perder lo sabroso del calor; quién en la cuadra. Yo prefiero la vecindad de la lumbre y entro en esa escena de campamento. Por otra parte, no me es posible dormir. Esos benditos de Dios roncan con una potencia abrumadora; y así, fabricando castillos «en España», o viajando por el país de mis recuerdos, paso toda la noche, hasta que los gallos anuncian el alba y el ventero me lleva una taza de leche recién ordeñada. A poco estoy otra vez sobre mi asno, que lleva un pasito ligero y no poco molesto, mientras hace no sé qué señas con sus orejas al paso de la fría brisa matutina.

¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol; comienzan a verse las ovejas, y me gratifican con un concierto; los pastores abrigados con sus zamarras, poco limpios y con aspecto de perfectos brutos, quitan a mi mente toda idea de pastor quijotiz; mis compañeros de viaje se detienen con conocidos que vienen de los villorrios cercanos, lo cual es un pretexto para repetidos saludos a la bota. Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino. Es una cosa asombrosa, dice Bacon, que en los viajes por mar, donde no se ve sino el cielo y el agua, los hombres tienen, sin embargo, la costumbre de hacer diarios; y en los viajes por tierra, donde hay tantas distintas cosas que notar, casi nunca los hacen, como si los casos fortuitos o los hechos inesperados merecieran menos ser notados y apuntados que las observaciones que se hacen por una deliberación premeditada. Ni por mar ni por tierra he acostumbrado tales apuntaciones; pero si hubiese tenido un libro de notas a la mano, en esa mañana deliciosa habría escrito, sin apearme de mi simpático animal: «Hoy he visto, bajo el más puro azul del cielo, pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado en el misterio de la Naturaleza». Este mismo sol y la sonrisa de este mismo campo vieron los ojos de la divina Doctora, que se encendiera en la incandescencia de su misticismo, hasta la maravilla del éxtasis y la comunicación con lo extraterrestre y lo supernatural.

El almuerzo fué en el camino, gracias a mi provisión de pâté de foie-gras, queso manchego y pollo frío. Seguimos la caminata todo el día hasta llegar a la posada de Santa Teresa, en donde está el cuartel de la guardia civil; y al declinar la tarde, estamos ya en las cercanías de Navazuelas. El terreno cambia, se suceden las cuestas y honduras; y de pronto me indican lo que debo hacer. «Señorito, ¡a pata!» Obedezco, y continúo el camino llevando el burro del ronzal, hasta llegar a la Navazuelas, en donde vuelvo a enfourcher al benemérito rucio. Y diviso el pueblo: un montoncito de casucas entre peñascos.

Al entrar a la aldea se me señala la iglesia; muy chica, medio caída, con una alameda al lado de la puerta; y situada en medio del camposanto... Mi asombro es grande cuando no veo una sola cruz, así fuese la más tosca y miserable.

Me instalo en casa de «mi amigo». Calcularéis ya que el confort no es propiamente suntuoso.