Estamos en el imperio de lo primitivo. Buen fuego, sí, se me ofrece, y ricos chorizos y patatas, y sabroso vino. Duermo a maravilla. A la mañana siguiente, vivo en plena pastoral. Se me conduce aquí y allá, entre cabras y vacas y ovejas. Estoy en la pastoría. Después, a la iglesia, en donde las mozas están adornando a la Virgen. Las mozas, en verdad, no eran muy guapas, pero las había bastante agraciadas. El traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habréis visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas; la media o calceta es blanca y el zapato negro. En corpiños y faldas gritan los más furiosos colores. Al cuello llevan un pañuelo, también de vivas tintas y flores, y otro en la cabeza, atado por las puntas debajo de la barba. Les cuelgan de las orejas hasta los hombros enormes pendientes, y usan gargantillas y collares en gran profusión. El pelo va recogido en un moño de ancha trama y resalta sobre el moño la gran peineta que a veces es de proporciones colosales, como la primera que, según dicen, se usó en Buenos Aires a principios de siglo. Generalmente no llevan sortijas en sus pobres manos oscuras, hechas a sacar patatas y cuidar ganados. No estamos propiamente en Arcadia, y Virgilio no repetiría, por ningún concepto en este caso, las frases que en su décima égloga prorrumpe Galo, hijo de Polión. Al entrar yo en la iglesia, las muchachas cantaban, adornando con gran muchedumbre de flores la imagen de la patrona, la Virgen del Rosario. Después fuéronse a casa de las mayordomas, al obligado convite: castañas, higos y vino. Por la noche, en medio de la cena, en la casa en que se me hospedaba, las mozas tiraron las cucharas de pronto y echaron a correr fuera. Era el tambor que sonaba a la entrada del lugar; venía de un pueblo vecino, y su son con el de la gaita haría danzar esa misma noche, en la plaza, a las alegres gentes. Luego pude observar algo de un fondo ciertamente pagano. Las mozas formaron un ramo de laurel, cubierto de frutas varias y dulces, para ser llevado a la iglesia al día siguiente. Mientras tanto, vi venir del campo a varios mozos con grandes ramas verdes que iban poniendo sobre los techos de ciertas casas. Se me explicó que en donde había una muchacha soltera colocaba ramos su novio o su solicitante. Era extraño en verdad para mí ver al día siguiente coronadas de follaje casi todas las casitas del villorrio. Del pueblo vecino también llegó el señor cura, un cura joven, alegre y de buena pasta, bastante distinto del tipo de Pérez Escrich. Ya tuve con quien conversar: política, más política y un poco de literatura. Al curita le fueron a buscar los varones, con el tambor a la cabeza del concurso, mientras el campanario llamaba a la misa. Las mozas, vestidas de fiesta, esperaban en el camposanto. El alcalde está allí también, con su vara y sus calzones cortos y su ancho sombrero y su capa larga. Las mozas abren la puerta para que pasen el señor cura y la «justicia», y detrás todos los hombres. La puerta vuelve a cerrarse, y ellas quedan fuera. Entonces, en coro, empezaron a cantar:

Tres puertas tiene la iglesia,

Entremos por la mayor

Y haremos la reverencia

A ese divino Señor...

La puerta sigue cerrada. Y ellas:

Tres puertas tiene la iglesia,

Entremos por la del medio

Y haremos la reverencia

A la reina de los cielos...