Tomemos agua bendita,
Amigas y compañeras,
Tomemos agua bendita
Vamos a llevar la vela.
Al llegar aquí van todas con aquel famoso ramo de laurel ornado de peras, manzanas y guindas, y con la vela, que ha llegado de alguna cerería de Madrid o Ávila, al altar mayor, a hacer la ofrenda a la Virgen. Las estrofas de esa inocente métrica de aldea se suceden entretanto. En todo se admira que, al menos en las mujeres, hay cierta suma de religiosidad y de fe sencilla, junto con el amor al divertimiento, lo cual es mucho en una aldea que no pone cruces a sus muertos. La procesión viene en seguida. Se conduce a la Virgen por la calle, cantando el rosario, y se vuelve a depositar la imagen. Allí hay un interesante remate de la mayordomía del año entrante y otras tantas pequeñas preeminencias.
Por la tarde se reanuda el baile con la gaita y el tambor, en la pradera, donde se merienda gozosamente. Por la noche, baile y más baile. Por largo tiempo resonarán en mis oídos la aguda chirimía y el tan tan del tambor, ese tambor infatigable. Todavía hasta el chocolate cural, se pasa por la rifa del célebre ramo. Aun queda, el día que viene, tiempo para que sigan danzando mozos y mozas, en tanto que los viejos aldeanos vuelven al campo a su tarea de sacar patatas.
Yo volví a tomar mi burrito, camino de Ávila, en donde probé las más ricas aceitunas que os podáis imaginar, con mi amigo el campesino. No dejé de recordar al cuerdo Horacio:
Non afra ovis descendat in ventrem meum
Non attagen Jonicus
Incundior quam lecta de pinguissimis