Oliva ramis arborum...
HOMENAJE A MENÉNDEZ PELAYO
27 de diciembre de 1899.
Ha reanudado Menéndez Pelayo la serie de conferencias que desde hace algún tiempo da en el Ateneo, sobre un tema que no puede ser más apropiado para sus admirables facultades: los grandes polígrafos españoles. No posee el célebre humanista facultades oratorias; pero en la lección su voz resonante y enérgica vence toda dificultad. El auditorio le escucha siempre con interés y provecho, aunque la concurrencia no sea en ocasiones tan numerosa como se debía esperar supuestas la autoridad y la gloria del maestro.
Menéndez Pelayo está reconocido fundadamente como el cerebro más sólido de la España de este siglo; y en la historia de las letras humanas pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes del libro de que han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios. Aun físicamente, al ver el retrato grabado por Lemus, he creído reconocer la figura del gran rotterdamense profanada por la indumentaria de nuestro tiempo. Y cuando en la conversación amistosa escucho sus conceptos, pienso en un caso de prodigiosa metempsícosis, y juzgo que habla por esos labios contemporáneos el espíritu de uno de aquellos antiguos ascetas del estudio que olvidara por un momento textos griegos y comentarios latinos. Es difícil encontrar persona tan sencilla dueña de tanto valer positivo; viva antítesis del pedante, archivo de amabilidades; pronto para resolver una consulta, para dar un aliento, para ofrecer un estímulo. Posee una biblioteca valiosísima, allá en Santander, lugar de su nacimiento y donde pasa los veranos. Ha poco ha muerto su padre, que llevaba el mismo nombre suyo, y que era un notable profesor de matemáticas. Tiene un hermano, don Enrique, doctor en medicina y aficionado a los versos. En Madrid, como en Santander, es don Marcelino un formidable trabajador. Aquí dirige la Biblioteca Nacional y publica muy eruditos estudios en la Revista de Bibliotecas y Museos; dirige la edición académica monumental de las obras de Lope de Vega; mantiene activa correspondencia con sabios extranjeros; da sus lecciones en la Universidad y sus conferencias en el Ateneo, que luego formarán una de sus obras más importantes; en resumen, es un raro ejemplo de laboriosidad y de potencia mental, y como en los años de su juventud, tiene una memoria incomparable y un entusiasmo que constituye la parte más simpática y hermosa de su talento.