Acaban de ofrecerle un justo homenaje unos cuantos sabios y eruditos humanistas, con motivo de cumplir veinte años de profesorado. El homenaje lo forman dos gruesos volúmenes llenos de muy curiosas investigaciones y estudios; inmejorable regalo para el obsequiado. Los nombres de los que ofrecen tal muestra de admiración al ilustre español, son autoridades entre los estudiosos. De sentir es que entre ellos no aparezca ningún representante de la América española. En cambio, uno de los mejores trabajos ha sido escrito por un profesor de Pensilvania. Haré una ligera reseña de lo que contienen estos respetables tomos.
El prólogo ha sido escrito por D. Juan Valera. Nadie mejor que él podría llenar la tarea. Amigo de Menéndez Pelayo desde los primeros pasos intelectuales de éste, ha sido uno de los que más han contribuído a las victorias logradas por quien ocupó un sillón de la Real Academia a los veintidós años. Traza, pues, un retrato exacto y animado del querido discípulo y compañero, al mismo tiempo que nos presenta un cuadro del decaimiento de la cultura española y lo mucho que ha hecho y hace el autor de las Ideas estéticas y de Los heterodoxos por colocar en su verdadero punto muchos elementos de gloria nacional olvidados por los propios y negados por los extraños. «Fuerza es confesar, por desgracia, dice Valera, que España está en el día profundamente decaída y postrada. Su regeneración requiere, sin duda, un gran poder político, sabio y enérgico, ejercido con voluntad de hierro y con inteligencia poderosa y serena; pero tal vez antes de esto, y para orientarse, y para descubrir amplio horizonte, y para abrir ancho y recto camino, se requiere que formemos de nosotros mismos menos bajo concepto, y no nos vilipendiemos, sino que nos estimemos en algo, siendo la estimación, no infundada y vaga, sino conforme con la verdadera exactitud, y sin recurrir a gastados y pomposos ditirambos y a los recuerdos, que hoy desesperan más que consuelan, de Lepanto, San Quintín, Otumba y Pavía. Aunque me repugna emplear frases pomposas, que hacen el estilo declamatorio y solemne, no atino a explicar mi pensamiento sino diciendo que don Marcelino Menéndez y Pelayo ha venido a tiempo a la vida y ricamente apercibido y dotado de las prendas conducentes para cumplir, hasta donde pueda cumplirla un solo hombre, la misión anteriormente indicada, para invocar sin vaguedad y sin exageraciones nuestra importancia en la historia del pensamiento humano, y para señalar el puesto que nos toca ocupar en el concierto de los pueblos civilizadores, concierto del que formamos parte desde muy antiguo y del que no merecemos que se nos excluya. La misión, pues, de don Marcelino, ya que nos atrevemos a llamarla misión, no es puramente literaria, sino que tiene mayor amplitud y trascendencia».
El tomo primero del homenaje, lo inicia el conocido hispanista francés Alfred Morel-Fatio, publicando unas cuantas cartas, correspondencia interesante entre el famoso bibliotecario de Colbert e historiador Etienne Baluze y el marqués de Mondéjar. El marqués escribe en castellano y Baluze en latín. Baluze se excusa de no corresponder en lengua española: «Hoc ideo dico, Excellentissime Domine, ut accipias excusationem meam, quod ad humanissimas et elegantissimas litteras tuas non respondeo eadem lingua qua scriptae sunt». Y el marqués le contesta: «Me sucede lo mismo a mí con el latino que a usted con el español, entorpeciéndonos igualmente a entrambos la falta del uso». Los conceptos de esta correspondencia se refieren a envíos de datos y libros, a cambio de noticias entre eruditos estudiosos, y si el marqués es dignamente admirativo y afectuoso con su amigo parisiense, Baluze no le escatima las más elegantes frases latinas de cumplimiento y reverencia.
Un inglés, muy conocedor de letras castellanas, James Fitzmaurice-Kelly, trata sobre Un hispanófilo inglés del siglo XVII. Este fué Leonardo Digges, probable amigo de Shakespeare y Ben Jonson y traductor del Poema trágico del español Gerardo y desengaño del amor lascivo. Y M. Leo de Rouanet, que ha traducido al francés algo del teatro español, se ocupa de un auto inédito de Valdivieso, existente en la Biblioteca Nacional de Madrid. El señor Luanco logra demostrar que el libro de la Clavis Sapientiae, tenido por obra de Don Alfonso el Sabio, no es de dicho rey, con todo y estar probada su afición a estudios herméticos. El señor Cotarelo, cuyos trabajos de erudición son tan meritorios—especialmente entre otros, sus páginas sobre don Enrique de Villena—, habla de los traductores castellanos de Molière. Siento que a una labor tan completa hayan faltado en absoluto noticias referentes a traducciones hispanoamericanas, que de algunas piezas las hay buenas, como la del Misántropo por el centroamericano Gavidia.
Ernesto Mérimée, sobrino del autor de Colomba, y profesor creo que en Tolosa de Francia, ha contribuído con un Ramillete de flores poéticas de Alejandro de Luna, que se encuentra en la biblioteca municipal de Montauban. Este de Luna es un autor hasta hoy completamente desconocido, y el descubrimiento de M. Mérimée parece de muy relativa importancia.
El músico Pedrell hace un paralelo entre Palestrina y Victoria, maestro de capilla eminente, contemporáneo del célebre italiano. El P. Blanco García, conocido por su obra sobre literatura española e hispanoamericana, rectifica algunos datos biográficos de fray Luis de León. Un erudito italiano, Benedetto Croce, aporta un valioso contingente a la literatura cervantina, con sus Due Illustrazioni al Viaje del Parnaso, del Cervantes. Y el señor Estelrich, autor de un notable libro sobre la poesía italiana en España, escribe un estudio acerca de los traductores castellanos de las poesías líricas de Schiller. Arturo Farinelli inserta en castellano una notable disquisición respecto al origen del Convidado de Piedra. Es de admirar el caudal de conocimientos de este extranjero en lo referente a letras castellanas. Además, es un verdadero políglota, y escribe con igual corrección en español, italiano y alemán. El señor Apraiz, cervantista afanoso, enriquece con varias curiosidades el estudio y culto del autor nacional. El señor Franquesa y Gómez, se ocupa de una comedia inédita, sobre el tema de Don Juan Tenorio, de don Alonso de Córdoba Maldonado.
Mario Schiff contribuye, en francés, con algo que es de verdadera «sensación» para los eruditos y en especial para los dantistas. El general Mitre de seguro tendrá en el asunto gran interés. Se trata nada menos que del hallazgo en la Biblioteca Nacional de Madrid, de la primera traducción de la Divina Comedia al castellano, la de don Enrique de Villena, cuyo manuscrito habían considerado perdido investigadores como Amador de los Ríos, el mismo Menéndez Pelayo, Cotarelo, y antes de ellos, Pellicer. El señor Schiff, entre los papeles de la colección Osuna, en la Biblioteca encontró dicho manuscrito. Este consta de CCVIII hojas de papel; contiene la Divina Comedia en italiano, escrita en Italia y probablemente en Florencia; el explicit del Paraíso tiene la fecha de 10 de noviembre de 1354.
El Inferno tiene al margen muchos comentarios latinos, pocos el Purgatorio, ninguno el Paradiso. También al margen está la versión española en prosa; según Schiff, la misma mano que escribió los comentarios escribió la traducción. Por lo demás, la letra del marqués de Santillán se reconoce en notas marginales y apostillas. El traductor es de una fidelidad que llega al calco; con los elementos de entonces, el marqués de Santillán tenía la misma «teoría del traductor» del general Mitre. Es una versión la suya al pie de la letra; y a veces la prosa sigue el ritmo del verso y aun el consonante. Como curiosidad, copiaré algo del canto primero.
«Principia el actor Dante:
»1. En el medio del camino de nuestra vida, me fallé por una espesura o silva de árboles oscura en do el derecho camino estaba amatado.