La ocurrencia de Calígula fué un presentimiento. Antes que en París, en los Estados Unidos los perros han llegado, merced a la complacencia y al capricho de sus amos millonarios, a la filozoología, parangón de las obras y del sentimiento de los filántropos. Los perros ricos han dado dinero a los perros pobres, sus hermanos desheredados. La caridad es una noble virtud.
Los perros parisienses de la élite, gozan de todas las ventajas de su excepcional posición. Disfrutan de ésta con un exceso chocante. Los hay que no disimulan su petulancia y su vanidad. Los hay que van solos, en los carruajes de sus amos al Bosque, en estas dulces tardes doradas de sol. Miran, desde sus cojines, con un desdén manifiesto; no bajan de su preeminencia social. Su desdén abarca a los hombres, a los hombres pobres. Son autoritarios con los perros de la clase media, y tiranos con los perros callejeros.
Jamás consentirían en una messaliance; tienen decoro. Hasta hoy, en este favoritismo de que gozan, la gente de buena voluntad veía algo como una coerción benéfica en los caballos y en los gatos; pero los gatos se han dado demasiado a la literatura desde Beaudelaire; y sufren, a causa del civet de liebre, la predilección de los cocineros de rotiserías mediocres. En cuanto a los caballos que se dirían exclusivamente favorecidos por las sociedades protectoras de animales, están demasiado degenerados y abatidos por un servilismo que retrogradará muchos siglos su progreso... ¡Hay el gran Prix, sí; pero hay también la hipofagia! En tanto que los perros...
Haraposos, hombres y mujeres, los del mercado improvisado de perros, estaban allí frente a la terraza de Orangerie. Les rodeaban un grupo de pobres diablos y de curiosos; y por el aspecto, muchos de ellos necesitados, hambrientos. Dentro se oía la algazara de los perros ilustres; perros que valen una fortuna y que lo saben; perros titulados y con holgadas rentas anuales; perros que tienen cocinero, veterinario y modisto; perros parvenus, hijos del azar, perros cristianos y perros judíos.
¡Ah! admirable Teufelsdroeckh.
«A los ojos de la lógica vulgar, ¿qué es el hombre?—¡Un bípedo omnívoro que usa calzones!» Tú serías hoy impagable para una conferencia trascendente sobre la psicología de los perros y su relación con los humanos.
A la puerta de la exposición, un gran perro, vagabundo, un verdadero «quat'patt's de París», sarnoso, flaco, lleno de remiendos y peladuras, pero fuerte, con una gran boca que deja ver muy firmes y agudos dientes, mira hacia adentro con ojos que sin ser humanos podrían decir muchas cosas.
¡Si él pudiera!...