PRÓLOGO
RUBÉN DARÍO
El alma de América ha repercutido en el mundo a los sones portentosos de la lira de este admirable poeta. Admirable y único, porque en él se ha concentrado el esfuerzo de infinitas generaciones, siendo algo así como la resultante de la evolución de la gran raza hispana que, allende el mar Atlántico, condujo el fuego latino sobre el lomo de las carabelas conquistadoras.
La hora es llegada, pues; la hora de las grandes afirmaciones sobre la obra de Rubén Darío. Levantemos la voz entonces para afirmar, definitivamente, lo que ha tiempo viene concretándose en el fondo de los espíritus: La influencia decisiva de este poeta en la literatura española, ya que él es un fruto, el mejor fruto del árbol padre, pero enriquecido por el aura de las florestas vírgenes, coloreado por luces de cielos de libertad y sazonado por el sol esplendoroso de los trópicos que doró su frente de predestinado.
Y sin caer en la vulgaridad de exaltar, vanamente, la figura de Darío al nivel del creador de una nueva literatura, cosa fuera de ley natural, establezcamos el lugar verdadero ocupado por este magnífico poeta, creador, a su vez, eso sí, de un nuevo valor, de una nueva sensibilidad, de la que va impregnándose toda la literatura española y española-americana, contagiada por su numen.