Contra la opinión general creo, como lo he dicho en una reciente impresión literaria, que es a través de Darío, que la joven literatura española se satura de Francia y de Verlaine... Pero es también a través de Darío—el poeta que, para quienes saben mirar y ahondar en las cosas y en los seres, atesora en su espíritu mayor cantidad de luz americana—, que la joven literatura española adquiere una ductilidad, una maleabilidad, una tersura, una sutileza, una sugestión, una energía nuevas, bebidas por el precursor en sus Momotombos amenazantes y tronadores, en sus florestas bellamente salvajes, en sus cielos límpidos, en sus soles ardientes y en las gotas de sangre que sus ascendientes, chorotegas o nagrandanos, mezclaron al tronco hispano, místico y guerrero.

Y he aquí cómo, a pesar de la influencia de París, americana es la fuerza, americano el fuego, americana la sugestión del estilo que da modalidad y carácter a este admirable movimiento literario de que es bandera Darío.

Escuchad cómo, él mismo, ha explicado su situación artística en estos párrafos, tan llenos de sugestividades, que extraigo de la Historia de mis libros:

«En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis vistas cosmopolitas, existe el inarrancable filón de la raza; mi pensar y mi sentir continúan un proceso histórico y tradicional; mas de la capital del arte y de la gracia, de la elegancia, de la claridad y del buen gusto, habría de tomar lo que contribuyese a embellecer y decorar mis eclosiones autóctonas...

»En Del campo (véase Prosas Profanas) me amparaba la sombra de Banville, en un tema y en una atmósfera criollos. La Canción de Carnaval es también a lo Banville, una oda funambulesca, de sabor argentino, bonaerense. La Sinfonía en gris mayor trae, necesariamente, el recuerdo del mágico Theo, del exquisito Gautier y su Symphonie en blanc majeur.

»La mía es anotada d'apres nature, bajo el sol de mi patria tropical. Yo he visto esas aguas en estagnación, las costas como candentes, los viejos lobos de mar que iban a cargar en goletas y bergantines maderas de tinte y que partían, a velas desplegadas, con rumbo a Europa. Bebedores, taciturnos o risueños, cantaban en los crepúsculos, a la popa de sus barcos, mientras exhalaban los bosques y los esteros cercanos, rodeados de manglares, bocanadas cálidas y relentes palúdicos...

»Y tal es ese libro (se refiere a Prosas Profanas) que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia, sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus.»

Y, ya seguro del triunfo, agrega:

«Y nuestra alba se reflejó en el viejo solar.»