Después, aludiendo a Cantos de Vida y Esperanza, dice:

«Español de América y americano de España, canté, eligiendo como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y mi fe en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar, y del otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso, en la balanza sentimental, a la fuerte y osada raza del norte.»

Y siempre, desde la Sinfonía en gris mayor de Prosas Profanas hasta el Allá lejos de Cantos de Vida y Esperanza, un «rememorar constante de paisajes tropicales» lo embarga, refloreciendo perpetuamente en toda su obra «el recuerdo de la ardiente tierra natal».


He hablado de predestinación, y nunca como en este caso podría justificarse el uso de tal vocablo, puesto que una fuerza oculta, secreta y soberana, parece impulsar a este peregrino del arte que, zaherido por los necios y por los que no entienden—celui qui-ne-comprends-pas, ¡oh, Gourmont!—injuriado en su amor propio—más bien dicho, en su orgullo inmenso de forjador de belleza—por el insulto, rastreante y baboso, de toda especie de pedantes y pendolistas sin estro, anquilosados y grises moluscos sin alma y sin brillantez; perseguido y calumniado, al iniciarse en su carrera de escritor, por el cúmulo de analfabetos zafios y leguleyos circundantes; en plena y triunfante juventud, guiado sólo por el hada milagrosa que lo besó al nacer, échase a andar por el mundo, el nuevo mundo de su cuna, recorre los lindes de su pueblo y, después, con su lira al brazo, sale de su Nicaragua lujuriante, va al Salvador, va a Guatemala, va a Costa Rica, va a Honduras, cruza por segunda vez, en un vuelo de águila, a Chile, y allí, a raíz de una brega fantástica con la vida, con la mísera vida que pretende, inútilmente, atarlo por el corazón y el estómago, a la piedra de sus molinos, en pleno vértigo de iluminado, lanza a los vientos de la gloria el génesis de toda su obra futura, encerrado, envuelto en el Azul de sus ensueños. Después... Después, escuchad: Vuelve de Chile a su Momotombo. Permanece una corta temporada en la tierra que le vió nacer, tal como si hubiera ido a ella sólo para acumular algunas fuerzas complementarias de su energía, y el incansable peregrino del arte, lira al brazo de nuevo, parte esta vez en busca de la Cruz del Sur... Regresa a Chile para entrar a la Argentina por en medio de sus altas cumbres, y allí, en ese pueblo nuevo, fuerte y predestinado también a cosas grandes, hace su aparición triunfal.


Ha llegado a su primera y grande etapa. Allí, en la Argentina, trabajará denodadamente, luchará como un esforzado, bandera y verbo de su arte, contra todo y contra todos. Convertido en fuerza dinámica, reunirá a su alrededor a la flor de la juventud llena de ideales y ansiosa de expandirse; fundará revistas donde ensayarán sus vuelos los pichones que hoy tienen alas de cóndor; hará periodismo alto, fuerte, educador, sin mácula; será caudillo literario, a cuyo paso se abrirán rosas perfumadas y ardientes y se erguirán cactus malignos y punzadores; hará oir su palabra serena, armoniosa, llena de fuego y de música extraña y sugestiva, en defensa de su credo renovador; escribirá dos de sus libros fundamentales, Prosas Profanas y Los Raros, y, por fin, en el cenáculo nocturno, rodeado de los elegidos de su espíritu, agitado y nervioso, presa del estimulante alcohólico y trágico, será siempre el apóstol del arte, exaltado hasta el delirio si queréis, embriagado hasta la locura, pero soñando, perennemente, con la belleza y la luz.


En la Argentina debía terminar su viaje por América. Ya de allí vendría a Europa para irradiar desde aquí con más poder en todo el orbe de habla castellana. Cumple así su peregrinación, y durante quince o más años de batalla sin tregua—porque Darío fué un laborioso, hombre de arte siempre, absorbido por la idea de la superación, evolucionando y ascendiendo por la luminosa cuesta de su montaña de ensueño—, realiza esa obra admirable, de la que son jalones soberbios sus Cantos de Vida y Esperanza, El poema de Otoño, Peregrinaciones, La caravana pasa, el Canto a la Argentina y el Canto errante, broche diamantino con que cierra el ciclo de su acción fecunda interrumpida por temprana muerte.