Mas, es cerca de «esas damas» donde ellos aprovechan con más frecuencia, pseudo protectores, «señores de compañía» como el grotesco tipo que acaba de presentar Coolus, secretarios, o perros de presa. Por ese camino se llega a todo. El dinero a que están acostumbrados les hace falta de pronto, y hay que buscarlo de cualquier manera. Tienen muchas amigas de las carreras, del aperitivo, de la cena, del teatro, conocen sus joyeros, sus habitaciones, sus hábitos. Y así, de cuando en cuando, una pobre pecadora muere de sangrienta y trágica muerte.
Esas damas...
¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer, maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!
Cuando más os deleitan un gesto atávico, un modal hereditario, os revelan la antigua granja, el gallinero, el lavadero o la cocina maternales. Todas las aguas de Lubín, todas las invenciones de Lenteric no bastarán a quitar la original mancha nativa; todos los roces con Gales, con Borbón o con Sagán no las suavizarán la aspereza de generaciones de servidumbre y vulgaridad, y cuando el carácter exalta o se agria brotan de los más bellos labios palabras y hacen los más blancos brazos gestos, que piden la portería o el mercado.
Ésta nació en un pueblecito de provincia; vino a París no se sabe cómo; quiso trabajar y no pudo; le cayó del cielo de un lecho casual una liga medianamente favorable. Abandonada, fué soubrett, y de criada de señora alegre, fué arrebatada por tal viejo vicioso que la lanzó, es el término. Tuvo suerte, y hoy posee una mediana educación, un hotelito, caballos, y su nombre figura en las crónicas del Gil Blas.
Esa otra es gallega. Sirvió en Madrid en una casa de huéspedes. Todos los estudiantes supieron en su pensión de a dos pesetas lo que era el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites. ¿Quién le enseñó a bailar el vito y el fandango? ¿Quién la levantó de tan bajo como había caído? ¿Qué ángel le mostró el camino de París, y quién la hizo descaderarse ante un concurso de periodistas? Es el hecho que triunfó en un instante, y sus castañuelas hicieron llover luises. Los jóvenes vivos y los viejos bobos la llenaron de diamantes. ¡Qué de diamantes! Sus diamantes fueron tan célebres como sus conquistas. Torpe como un pato, tiene en su época la celebridad de una Aspasia. Tiene hotel, casas que alquila, todavía más diamantes, y mil trompetas que anuncian al mundo el reinado de su belleza.
Aquélla, tuvo por cuna un montón de coles, se corrompió casi en la niñez, circuló por los barrios parisienses, en noches de frío, en busca del paseante trasnochador. La casualidad la hizo hallar su suerte buena en un desconocido. Ascendió. Ganó. Acaparó. Juega a los caballos. Su llegada a Niza y Monte-Carlo causa siempre sensación.
Aquella otra, ¿se acordará del pobre pintor que fué su amor primero en un cuartucho del barrio Latino? ¿Se acordará de las noches danzantes de Bullier? ¿De la escasa cena a la madrugada, en los mercados? Quizá, porque se la suele ver en ocasiones pasear sus trajes de Doucet por cafetines del Boul' Mich y saludar a sus antiguos conocimientos.
Las obreritas miran con envidia a estas desdichadas con fortuna, cuyas faldas, cuyos sombreros, valen un año de trabajo en un taller matador. El lujo las fascina, ese lujo gritón y exhibicionista; y el ver a las ilustres pelanduscas en compañía del lord, del conde y del millonario. Y no sospechan los lados duros y trágicos de esos aparatos de placeres, a quienes el placer mismo martiriza.