Ese sería el desquite de la Muerte...
V
N distinguido asesino inglés, o al menos apellidado Smith, ha intentado, con mal éxito, degollar a una vieja cortesana retirada, ya sin cotización en plaza, pero que tiene automóvil. Las señoritas de Pougy y otras Oteros, se han estremecido ante sus diamantes. En Maxim's la noticia del suceso hizo palidecer muchas caras bonitas. El hecho del día ha sido la preocupación de esas damas, que por mucho tiempo tendrán que pensar en los inconvenientes de su lucrativa carrera. Han parado mientes en que, en Babilonia y en el mundo ou l'on s'amuse, bajo una buena levita se oculta un buen estrangulador, y en que Smith es uno más en la lista de los Pranzinis, Prados y compañía.
¡Ah! estas graciosas desplumadoras de pichones y gallos viejos, encuentran de repente la garra de la bestia bruta que por quitarlas el collar les quiebra el lindo cuello, o les pega una puñalada, o les ahoga, o emplea las armas principio de siglo del héroe de ahora: la pelota de plomo en la cáscara de la mandarina, y el anillo atado a la fina cuerda. Y no será quien las mate el hambriento desesperado de los suburbios o el marlou de gorra y blusa. Será uno de esos desechos humanos, uno de esos intrusos de todas partes, caballeros de industria, «rastas» empobrecidos y sin oficio, rondadores de mesas de juego, componedores de amor ajeno a tanto la pieza, parásitos de hetairas y candidatos a la momentánea o larga celebridad que ofrece el aparato de M. Deibler.
En los cafés de mujeres elegantes y venales, habéis visto esos extraños tipos, de nacionalidades dudosas, valacos, griegos, levantinos, americanos del norte y también del sur, rubios u obscuros, elegantemente vestidos, con prendedores hirientes, bigotes tziganos, conocidos de muchos sin que ninguno sepa a punto fijo quiénes son, amigos confianzudos de las más señaladas Emilianas y Margaritas, y que levantan a su paso vagas interrogaciones: «¿De qué vive éste? ¿Cómo gasta, cómo derrocha?» Vive, casi siempre, de los calaveras que le prestan y de las mujeres que le dan. Pero de repente, una noticia circula al son de los valses húngaros, por las mesas envanecidas de champaña: «¡Sabes! Fulano, preso. Una estafa. O un robo.» Cuando el aventurero es de hígados negros, la campanada anuncia un asesinato. ¿Cuántos de esos van por el bosque, haciendo el rico, en equipajes ajenos? ¿Cuántos se sientan a jugar en los casinos al lado de títulos y personajes, hasta que un día se les agarra en la engañifa, se les echa a puntapiés, o se les desenmascara?