Otro caso. Un marido, recién casado, va a consultar a un médico, acompañado de su señora. Era un asunto ginecológico. El matrimonio, rico. El doctor asegura al marido que hay que hacer una operación, una operación muy ligera, cosa de cortos instantes, «mientras usted se fuma un cigarrillo». Y el marido enciende el suyo, y se queda, no sin cierto temor, esperando los resultados de la carnicería, en la antesala. Yo, me dice mi amigo, tenía el cloroformo y otro ayudante el pulso; el doctor comenzó a operar, y a poco vi un chorro de sangre que se elevaba casi hasta el techo. No hubo remedio posible.
El médico, asustado, dijo: ¡Ça y est! Unos instantes después la mujer era cadáver; el ayudante tuvo que salir a dar la noticia al marido, pues el doctor tenía, y con razón, miedo de que le matara. Y como éste, otros tantos casos. Naturalmente, esto no lo dicen los Doyen, los Albarrán, los Mauclair. Otros me narran historias que serían hoffmanescas si no fuesen netamente repugnantes, de las horas inútiles del internado. Cuando el reciente hombre descuartizado, que es todavía incógnita para la policía, se supuso una broma de estudiantes. ¡Ah, las bromas! hay imbéciles que para asustar al profano, se lanzan hasta hacer sospechar, con ambiguas reticencias, ocurrentes antropofagias. Ante esta clase de internos, futuros doctores, me complazco en recordar a buenos amigos míos, del hospital San Roque de Buenos Aires, excelentes muchachos que cuando las fatigas de la obligación y del estudio concluían, pasaban sus horas libres hablando de arte, dibujando o interpretando en el armonium a Wagner, a Beethoven, a Grieg.
¿Y los vagos rumores de enfermedades sostenidas, de monstruosos abortos, de verdaderos asesinatos en favor de impertérritos herederos, de esos que han tenido su comentario mejor en una popularísima caricatura de Caran D'Ache, y los encierros de gentes en su sana razón en manicomios y casas de salud? Cierto; esto sucede en todas partes, y entre vosotros podéis señalar algunos ejemplos que la prensa ha hecho visibles y resonantes; pero en esta vastísima capital del placer, del oro, del amor, los hechos son muchos.
Los camelots venden juguetes macabros, el esqueleto se prodiga en dijes y pisapapeles. En una ocasión no lejana se dió un concierto en las catacumbas y se flirtó al amor de una sensación nueva. La poesía de Rollinat, que hoy ya nadie recuerda, tuvo muchos aficionados, y Mademoiselle Squelette muchos intérpretes. La Gran Histrionisa genial Sarah Bernhardt, hizo famoso su féretro-lecho. La duquesa de Pomar, tocada de teosofía, daba bailes en donde aparecía, según se dice, el espectro de María Stuart; y el de Esseintes de Huysmans, cuyo modelo en carne y hueso es el conde Robert de Montesquieu Fezensac, ofrecía comidas negras, a las que no hubiera tenido inconveniente en sentarse la sombra del Comendador.
Hay una literatura faisandée, que huele mucho a cadaverina con su poco de cantárida; a ella pertenecen, para señalar un ejemplo, ciertos cuentos de M. Jean Lorrain, caro a lectores reblandecidos.
La guillotina ha sido llamada por un escritor «el espectáculo nacional», como los toros de España; y hay gentes, sobre todo en un especial medio femenino, que buscan esos sangrientos pimientos eróticos, para condimentar deseos insaciados y animar ensueños viciosos.
Claro, que no es todo París, hay que fijarse bien y claramente, no es todo París, sin excepción; pues hay un París que trabaja y es inmenso ese París, y hay un París que reza, inmenso también, aunque parezca esto una eminente paradoja. Gran parte de la enfermedad está sostenida por la carne cosmopolita que dominguea en la ciudad fabulosa y maelstrómica.
Pero de un modo o de otro, París, en medio de su gloria, en medio de la alegre agitación de sus pecados amables y terribles; en medio de la avalancha de oro que un solo soplo de sus labios hace rodar al abismo; en medio de tantas músicas y canciones que no hacen oir las quejas de los de abajo, de los que están, como los muertos, en sus negras catacumbas, miseria y hambre; en medio de una primavera que presenta incesantemente sus flores y un otoño continuo que da sus frutos a los paladares favorecidos de la suerte; en medio de un paraíso de locura en que la mujer en su sentido más carnal y animal, es la reina invencible y la devoradora todopoderosa, ha olvidado que hay algo inevitable y tremendo, sobre los besos, sobre los senos, sobre la alegría, sobre la música, sobre el capital, sobre la lujuria, sobre la risa, sobre la primavera y sobre el otoño; y este algo es sencillamente la Muerte; la Muerte, a la cual se olvida, o se ofende, o se burla.
No hay que meter periódicos en el cráneo de los muertos, como el mozo del hospital Saint-Antoine. Se pueden poner al tanto de lo que pasa.
No hay que dar conciertos en las catacumbas. Se puede despertar la Muerte; y ponerse a bailar, como en la Edad Media...