IV
UELO encontrarme con gentes imaginativas y con gentes prácticas, con caballeros de la célula y doctores místicos, con personas que todo lo arreglan como dos y dos son cuatro y con personas que están esperando en estos momentos el caballo blanco del Apocalipsis. Toda la biblioteca Alcan me merece mucho respeto, y doble la figura de los santos padres que inspiran esa y otras bibliotecas parecidas. Los espiritualistas hasta el éxtasis y los swedenborguianos de la rue Thouin, me inspiran vagos temores que algunas risueñas ideas suelen aminorar. A propósito de una autopsia ruidosa que tuvo por anfiteatro el del hospital Saint-Antoine, y en la cual unos estudiantes de buen humor rellenaron de periódicos el cráneo de un ex gendarme—simbólica ocurrencia,—multiplicaron su hígado y desparramaron sus demás miembros, se ha hablado y escrito mucho en París. He oído la opinión de los de la célula, y no encuentran de particular en el hecho sino la mala administración del hospital; los del caballo blanco, por el contrario, me han prometido para dentro de muy poco tiempo, la destrucción del mundo por el fuego del cielo. No sé qué dirá la «Camarde» de la sabia tranquilidad de los unos y de las bíblicas seguridades de los otros; pero algo debe preparar después de tantas ofensas, olvidos y burlas ante los cuales ese cómico descuartizamiento de un difunto agente de orden público, es poca cosa. La verdad es que No hay que jugar con la muerte, y París está jugando con ella, sin mirar que desde lo obscuro de su abismo, horrible como en el fresco del campo-santo pisano, esa flaca fatal ve mucho más allá de sus ausentes narices.
Desde luego el olvido. ¿Quién recuerda, en el bullicio de esta vida de continuos placeres en la lucha incesante por el dinero, por la posición o por la fama—que todo en el fondo es uno,—quién recuerda que tiene que morir? Es el perpetuo ejercicio de los sentidos, y la fatiga consiguiente. Cuando llega la hora, todo el mundo está desprevenido. Si se es algo, la noticia irá en las secciones de crónica social de los periódicos, y a nadie se le ocurrirá que tal cosa pueda acontecerle. Las ofensas son más. La frecuencia del duelo es una de tantas manifestaciones. Otra, la destrucción de la vida en su germen, los fraudes del amor, las connivencias de M. y Mme Saturno. La estadística enseña resultados increíbles, y la simple conversación con un portero instruye como un libro. Las «hacedoras de ángeles» han ocupado tanto a la justicia, como la cirugía galante que abelardizó una crecida clientela de damas ultraprudentes, partidarias de la despoblación francesa. Estos terribles menoscabos a la vida, son otros tantos insultos a la Muerte, que se ve privada de gran parte de su cosecha y suplantada en sus futuras funciones.
La burla es peor. Existe en Montmartre un cabaret, que puede ser considerado como uno de los templos en que mayor culto recibe la estupidez y la grosería humanas. Se llama el cabaret du Néant, y es una de las «curiosidades» que el recién llegado a París se ve obligado a visitar, inducido por el cicerone, por el amigo bromista, por la guía o por haber oído hablar del obscuro rincón en que se toma a la muerte como un inconcebible pretexto de bufonería. Atenas no habría consentido ese infecto bebedero, y en otra capital que no se llamase París no habría ni policía ni público para la siniestra farsa. La fachada del cabaret está pintada de negro y una lámpara verdosa ilumina la entrada. Ya en lo interior, os reciben unos cuantos croquemorts con saludos fúnebres, y os llaman la atención las decoraciones absolutamente mortuorias. Calaveras, tibias, esqueletos, inscripciones tumbales hieren la vista en las paredes; y las mesitas para los consumos, están substituídas por ataúdes. El croquemort que hace de mozo, al servir lo que se le pide, no deja de acompañarlo con comentarios escatológicos, y de evocar ideas de carroña y de inmundicia; las provocaciones al asco suelen ir acompañadas de insultos grotescos, y todo esto, por lo general, es recibido por un público singular, con risas aprobativas:
Luego se pasa a una especie de teatrito, en donde, por un juego óptico, se presencia la descomposición de un cadáver. Y he encontrado un típico personaje en ese antro: una infeliz muchacha, que cuando el lúgubre barnum pregunta al público: «¿No hay quien quiera hacer de muerto? y no surge de los asistentes el mozo ocurrente, o la joven lista, se presta—dos francos la noche—a la macabra apariencia. Se ve entrar a la persona en el ataúd, y se va advirtiendo poco a poco la lividez, la podredumbre, la cuasi liquefacción y el esqueleto. El resultado es un ¡uff! de desahogo, al salir de tan abyecta cueva. ¡Cuán lejos, en el camino de lo infinito, el fresco de Lorenzetti!»
Tengo gran estimación por los médicos y gran devoción por la medicina, entre otras cosas, porque Esculapio es hijo de Apolo. Por esto mismo he sentido correr frío por mis venas cuando he oído a varios estudiantes de medicina ciertos informes y juicios. «Yo, señor, me dijo uno, voy a recibir mi título dentro de poco, pero ni ejerceré mi profesión, ni me pondré jamás en manos de un colega.» ¿Me habla usted del desprecio de la muerte, de los chistes cadavéricos, de bromas de carabin? Aún hay algo peor en los internados. ¿Qué diría usted si le dijese que suelen verse y no con rara frecuencia, casos de absurdas necrofilias, e inconcebibles profanaciones por inicuos farsantes? Pues bien, el desprecio de la vida, la burla de la vida, es algo que da escalofríos. ¿Ha leído usted Les Morticoles, de León Daudet? ¿Le han narrado casos curiosos? Yo le diré de uno observado por mí.
Llega un infeliz, el profesor diagnostica: apendicitis. Ya sabe usted la enfermedad que estuvo hace poco de moda. Va uno a operar. Se le abre el vientre al pobre paciente, se ve, y se encuentra que no tiene en absoluto tal apendicitis. El profesor, muy tranquilo: «¡Está bien, cósanle!» ¿No es esta la peor de las vivisecciones y la más horrible de las infamias?