El redactor de un periódico, recién llegada la reina Ranavalo, recibió una carta en estos términos: «Señor, quedaré muy agradecido si me explicáis porqué la reina Ranavalo ha sido recibida de otra manera que el presidente Krüger. El caso es idéntico. Ambos, víctimas de la violencia, han tenido que abandonar su patria invadida por el estranjero. La única diferencia está en que la reina ha sido despojada por hombres que usan guerreras obscuras y pantalones rojos y el presidente por soldados que tienen guerreras rojas y pantalones obscuros. Esta diferencia es muy poco importante para que la suerte de la una sea menos interesante que la suerte del otro y despierte menos simpatías. Por lo tanto, me preguntó: ¿a qué causa atribuir la actitud tan contradictoria de la población parisiense?

La respuesta es sumamente sencilla y el periodista ha contestado en consecuencia. El inglés encuentra muy legítima su acción en el Transvaal, y condena la del francés en Madagascar; el francés considera que tenía derecho a tomarse Madagascar; pero que el inglés, al conquistar el Transvaal, se ha portado como un salteador. «Resulta, decía una notable carta publicada en La Nación, de Buenos Aires, que cuando la mueve su pasión, su interés o su conveniencia, la civilización europea es más bárbara que los bárbaros».

Ciertamente, entre Krüger y Ranavalo hay considerable diferencia. El viejo boer está libre y la reina no; Krüger tiene salva toda su fortuna—quince millones, por lo menos, de pesos oro—, y la reina no dispone sino de lo que el gobierno de Francia la quiere dar, en pupilaje; Krüger lee la Biblia, y a Ranavalo se le ha contaminado de Ohnet, Mary, y compañía. Y para colmo de desventuras de la infeliz, cuando ha adoptado las modas europeas, comprado bicicleta, aprendido un poco de piano y venido a París con licencia, se la recibe como a una macaca, se la llama negra y fea a cada paso, y poco falta para que se la proponga una contrata en un circo, para bailar la bámbula al lado de Chocolat.

Entretanto, ella recibe su pensioncita, que la viene a ser como el coronelato de Namuncurá.

Y el mariscal Waldersee vuelve ya de la China, en donde los soldados de la civilización desventraron chinitas tan monas como María Luisa Zatú. En el sur de Marruecos se pacifica. En Cuba la enmienda Platt protege a la isla ex española. Tacna y Arica no saben a qué atenerse. En el Transvaal, Cecil Rhodes hospeda a Jameson, el del raid, en su mansión que tiene un jardín, según nos cuenta Jean Carrère, como no lo tuvieron Césares romanos, lleno de flores raras y de leones enormes prisioneros...

Decididamente, Andrianamanitra mby an-trano.