No niego que hay su belleza en el automóvil, y que una vez puesto uno en la silla, se va ensanchando Castilla delante del armatoste formidable y no se acuerda uno más de los aplastados, desde el momento en que se siente aplastador. La gloria de ir como en un vuelo fabuloso, dominando el espacio en un monstruo casi mitológico o bíblico, puesto que ha habido quien crea que Eliseo al dejar su manto lo hizo yéndose en un automóvil avant la lettre; el placer físico de la ligereza, de sentirse liviano como el aire mismo, son cosas innegables, pese a los que, como yo, no pueden ver pasar una máquina de esas sin cierta sublevación de ánimo. Pero, tal como se usa, es un placer inestético y sucio. Inestético, porque jamás la mejor dion o mercedes, o deschamps, equivaldrá en gracia y elegancia a un soberbio carruaje tirado por tronco más soberbio aún de brillantes caballos; y porque para hacer esas vertiginosas caminatas hay que vestirse de máscara, con inusitados balandranes o capas esquimalescas; y sucio, porque mientras no se rieguen con petróleo todos los caminos del mundo, el que se atreva a correr parejas con el huracán resultará lleno de polvo, negro de tierra, incómodo y feo. Y luego, es un sport para privilegiados. La más barata máquina cuesta cuatro mil, seis mil, y ocho mil francos. Las hay de cincuenta mil, de cien mil, y no sé si de doscientos mil. Y no todos somos el cha.

Todo sport tiene su encanto, su placer relativo; natación, caza, pesca, remo, duelos a primera sangre, billar, turf, teuf-teuf y compañía El placer está en no llegar a la exageración, en no romperse el alma por hacer 101 kilómetros; el no ahogarse por querer pasar el Canal de la Mancha; el no pescar una insolación antes que una trucha, caña en mano. El ejercicio y la distracción hacen más amable la vida con tal de que ésta no se exponga inútilmente.

Si el perilustre Mr. Vanderbilt, conocido del payo Roqué, me dijese.—«Voy a regalar a usted un automóvil, y va usted a hacer 103 por hora», yo le contestaría:—«Muchas gracias, Mr. Vanderbilt, J'aime mieux ma mie ô gue! J'aime mieux ma mie!»



VIII