LIBRO SEGUNDO


I

RES horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa ciudad está lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella rayo tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el cab y al cab lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las casas obscuras rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y que me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo que perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a la calle. Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco millones casi, en su fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones partido por el glauco Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas. ¡Capital potente y misteriosa! Cuantas veces la visitéis, siempre os dominará bajo el influjo de su severa fuerza. (¿En dónde estás, dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas mismas, aspecto de humana dignidad en las manifestaciones monumentales, serena majestad en la naturaleza. Es explicable en estas gentes confiadas en sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad leonina; porque no es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la isla, vuelve la mirada a los cuatro puntos del horizonte.

Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más adelante. Lo dicen en sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son verbosos como nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de rapiña, se dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su zarpa... Esta gente va, va.

Gallia causidicos docuit facunda britannos;