Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y se ven en todas partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado, cuando la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las mismas maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que se tuvo que cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los negros de Africa, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc., etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos, aterrados por el espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de enfermedades y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto horroroso, creyeron ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos, serpientes y otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la potencia destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros mismos, los civilizados del siglo xx, somos víctimas de los mismos errores, pues si es cierto que no adoramos serpientes ni dragones, veneramos como dioses encarnados a aquellos de nuestros semejantes que mejor han sabido matar hombres en grandes cantidades. La muerte nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo. Hoy se ven naciones que se despueblan por los vicios y la corrupción. Esa es su obra. Por último, los milagros de Lourdes son milagros del inicuo invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios para que sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde donde se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y partí.