Vous avez, pour gagner ce parc
Passé devant chez Jeanne D'Arc.
Ante los malos versos aristocráticos, prefiramos los buenos versos anarquistas. En la presente ocasión, las musas de la Cúpula no han ayudado al ilustre autor de los Trofeos, y el autor de Cyrano.
París no sabía si iría a recibir la visita de los soberanos amigos. Tras el bouquet de brezos y el cumplimiento, se durmió en el castillo de Compiègne, donde debe vagar algunas noches una sombra cesárea que extrañaría mucho ver al amo de los cosacos en íntima unión con la República francesa. Se consolaría observando que el Bósforo no es ruso todavía.
La revista de Dunkerque, como las grandes maniobras del Este, eran el principal objeto de la venida de los autócratas; al día siguiente, pues, el 19, se dirigieron al campo de operaciones. El zar montó a caballo, galopó a su placer, se hizo explicar cañones, almorzó tarde y precipitado, examinó el nuevo freno hidráulico en la artillería, meditó ante el nuevo cañón de 75 milímetros, vió desfilar los batallones, las corazas, los penachos, las espadas desnudas, las lanzas, los uniformes vistosos, oro, hierro, acero, escarlata, oyó las bandas y el ensordecedor trompeterío; bebió el vino del soldado bajo la tienda de campaña, y sumó en su interior la fuerza de la aliada república con la fuerza de sus dominios inmensos; y después de esto, recordando quizá el pasado Congreso de la Haya celebrado junto a la gracia sonrosada y joven de la última flor de la rama de Orange, habrá repetido el verso del lírico italiano:
¡Io vo gridando pace, pace, pace!
Y he pensado en que aquel pobre y grande Castelar, que vivió y murió tachado de poeta, tuvo una palabra profética al escribir, a la orilla de la muerte, esta sensación del porvenir: «El descontento del gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krüger y la dictadura del desequilibrio del Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos, de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines de Austria; el movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable, y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la exposición de 1900 no tendremos una hora de paz, y que los elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes.» Mas como el zar Nicolás ha sido el coronado mensajero de pacificación universal, ante el cual hombres como el bravo periodista Stead han creído ver un ser casi elegido por la Providencia, pronuncia después de la revista frases que no cuentan con la codicia de las naciones y con las trampas de los políticos, esta gran manifestación de guerra, como la revista naval de Dunkerque, serían, ¡oh, paradoja! el mejor sostén de la paz en el mundo.
Y tras la revista, el sacrocesáreo ortodoxo visita la basílica de Reims, en que han sido consagrados los reyes de Francia; allí el representante de la paz, esto es, de Cristo, le recibe en su pompa ritual, rojo entre negras sotanas. Allí, bajo el rosetón que corona la doble entrada, ante la estatua de la Virgen, entre las estatuas de santos que decoran la vieja arquitectura, el cardenal arzobispo saluda al jefe de la iglesia rusa, que penetra en la catedral católica. Y la catedral dice en su inscripción de entrada: Deo Optimo Maximo. Prudente sería su eminencia para no rozar la religión rusogreca ni hablar con untuosa diplomacia pontificia, ya que de uniones se trata, de la unión de las cristianas iglesias. En el Diario de Pedro el Grande, al referirse a la visita que aquel duro emperador hiciera a París en 1717, se lee: «El 3 de Junio su majestad se presentó en la Academia, donde los doctores de la Sorbona trataron ante su majestad de la unión en la fe, diciendo que sería fácil establecerla. A lo que su majestad se dignó responderles que este asunto era grave y que era imposible arreglarlo en un breve término; que por lo demás, su majestad se ocupaba principalmente de asuntos militares. Pero que si lo deseaban en realidad, no tenían más que escribir a los obispos rusos, pues este era un asunto importante, que exigía una asamblea eclesiástica; al mismo tiempo se dignó prometer a los doctores que si escribían a los obispos rusos, ordenaría a éstos contestar según la autoridad que Dios les había dado.» Como véis, aquel espeso autócrata tenía la malicia fina. No se trató ahora en Reims con doctores de la Sorbona, sino con un purpurado de la república, bajo el pontificado de León el Diplomático.
Después fué el día de real holgorio en Compiègne: paseos en el parque lleno de encantos, el bello parque poblado de arboledas magníficas, de estatuas que saben secretos eclógicos y aguas tranquilas realzadas de cisnes; y por la noche, en el teatro del mismo castillo, la fiesta de gala, con declamación, danzas preciosas y divertimientos lindos y delicados como conviene a los reyes. Y la emperatriz con su diadema imperial, y el zar, pequeño y apretado en su uniforme y en su orgullo, formando un contraste curioso con el bueno, honesto y sonriente Loubet, la excelente presidenta y el coro de ministresas burguesas que han tenido que estudiar con profesor de baile la reverencia, y que lo que menos pudieran tener sería al taburete en la corte de Francia, la almohada en la corte de España. Y Millerand por allí, al antiguo atacador de este mismo zar; elementos que se rozan con el socialismo, contemporizando con elementos autocráticos; la república de los Derechos del Hombre, el país que se precia de ir adelante en la historia con la bandera de la libertad, festejando al jefe de un imperio en que reina el despotismo más absoluto, en donde Tolstöi bajo Nicolás, sufre por sus ideas más que Soloviov bajo Alejandro; el país que predica la soberanía de la prensa, unido al país en donde el caviar tradicional empuerca y mutila periódicos y libros; la tierra en donde por todas partes se encuentran las letras L. E. F., hecha una con la tierra en donde el Knut existe y la Siberia continúa siendo lugar de deportación y de castigo, y en donde los estudiantes acaban de ser apaleados y heridos y muertos. Es cosa verdaderamente singular. Los versos de Rostand resuenan en el teatrito:
En revenant de Danemark