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Passé devant chez Jeanne D'Arc...

La tierra de Juana de Arco, con la tierra que se ha tragado a la desventurada Polonia. El grande anciano de la lesnaia-Polonia lo acaba de aclamar a los cuatro vientos de la justicia y de la verdad: la unión entre Francia y Rusia es un enorme absurdo y una mentira colosal.


Pedro el grande, que era inculto, hasta limpiarse los dedos en los trajes de sus vecinas de mesa, vino aquí a observar civilización: la observó, junto con la cara de la hábil viuda Scarrón. El abuelo del actual zar, Alejandro I, vino también, pero con otro objeto, después de Austerlitz, después de Friedland, después de Eylau y después de la paz de Tilsit; vino en compañía de los Borbones, y entonces no se le cantaron marsellesas. Alejandro II vino o estrechar amistades con Napoleón III, lo que no obstó para que en el 70 la Francia estuviera sola. Alejandro III no vino, pero dice que dijo estas palabras: «La Francia debe ser grande, para que la Rusia se desarrolle. La Rusia debe ser fuerte y armada hasta los dientes, para que la Francia viva en paz». ¿No creeríais oir en el cuento de Perrault el toc, toc, toc, del lobo en la puerta de la cabaña? Nicolás ha venido porque ama a Francia, dicen unos; otros, porque quiera saber cómo está de armas el aliado; otros, por un empréstito. Este joven zar aseguran que, siendo niño, al ver un álbum con vistas de París, exclamó: «¡oh comme je voudrais la visiter!» Quizá sea París su fascinación, y como el gran rey crea que bien vale una misa. París le ha correspondido. Ni en sus Lividias, Petersburgos y Vladivostocks; ni cuando siendo zarewich recorrió medio mundo, encontró nunca acogida tan formidablemente satisfactoria cual la que le brindó París en su primer viaje. Por todas partes va regando frases que halagan el amor propio francés. Y cuando el metropolita de San Petersburgo, Paladius, le casó con la princesa Alix, la mujer que tomaba era, según se cuenta, una adoradora de Francia. Cuando la visita a esta capital, Nuestra Señora de París recibió como correspondía a los devotos de Nuestra Señora de Kazan. Hasta se ha encontrado una descendencia francesa a Alix de Hesse. Una hija de Santa Isabel de Hungría se casó en el siglo xiii con Enrique el Magnánimo, duque de Brabante y príncipe de la casa de Lorena. Hijo de ellos fué Enrique el Niño, quien abandonó el ducado y fué a Hungría, donde fundó una rama nueva que fué después la casa de Hesse. La genealogía tiene más utilidad y oportunidad de lo que aparenta. Es una dulce y bella mujer la zarina de Rusia que está al lado de su esposo como un escudo de marfil. Desgraciadamente, ¿no era hecha de marfil y rosas fragantes y de espirituales perlas, aquella infeliz Elisabeth de Austria que encontró en Ginebra, en su soledad errante, el puñal que va derecho y no distingue?

¡Terrible vida la de un César como el zar eslavo! Aparte de las víctimas que el anarquismo ha hecho y sigue haciendo por todos los lugares de la tierra, tiene en su propio país la misteriosa sombra del nihilismo, que duerme, pero no ha muerto; y el recuerdo de su padre, el coloso Alejandro, despedazado por las bombas, debe venir a cada instante a su mente, aun en los momentos del hogar y del amor. Porque está visto que cuando llega la hora señalada por lo desconocido, el príncipe de las Mil y una Noches, encerrado en su torre, muere violentamente, y el monarca encuentra su asesino en su centinela o en su ayuda de cámara. Parece que mientras mayor potencia opresora se aglomerase arriba, por ley de presión, asciende la fuerza de abajo.

No vino esta vez a París el zar, claramente se mira, no porque no tuviese deseos, o porque tan sólo hiciera su visita a la marina y al ejército, como lo dió a entender en el brindis de Bhéteny el presidente; no vino porque la policía rusa no lo quiso consentir de ninguna manera, porque hay muchos rusos vigilados en París, y porque de donde menos se pensara podía brotar la certera locura de cualquier libertario.

Porque: es bella y triunfante una coronación cuasi divina bajo el amparo del Santo Sínodo, en ceremoniales que recuerdan la prestigiosa Bizancio que Jean Lombard ha evocado de tan magnífico modo; es bello y grandioso el dominar el imperio más potente del globo, y ser aún, en el siglo xx, las dos divinas mitades de que habla Hugo, papa y emperador; son soberbias las excursiones a Livadia, y la mirada omnipotente sobre el mar Negro, y la caza del oso con parientes de real sangre; es dulce e imperial tener por esposa una animada y rubia figura de icono, «ser que parece que anda en las nubes», ser nefelibato; tener como guardias dorados gigantes, rudos y pomposos heiducos; comer a la mesa más exquisita del mundo; poder lanzar hordas de cosacos como los hunos de Atila, cabalgar con los húsares de Grodno o con los soldados del Preobrajensky; poseer el Kremlin en Moscú, el Palacio de Invierno, el Anichkoff y el Ermitaje en Petersburgo; y el Tsarkeio-Selo, y el de Peterhof, Versalles ruso; ser saludado «padrecito» por el mujick, cuando se va en el chato drosky o en la rápida troika; reunirse con la familia de coronas y diademas en la mesa del «suegro de Europa», allá en Fredensborg; tener por antepasados a los majestuosos Romanoff, autócratas de hierro; reposar en la Casa de Pesca en Finlandia, a la orilla del río lleno de peces como de oro y plata; recibir de más de 120 millones de hombres, en lenguas distintas, el respeto y la casi adoración como Imperatorkij Goubernator y como cabeza de la iglesia; y todo eso para estar en el continuo cuidado de un condenado a muerte que no sabe si logrará el indulto... estas cosas son la sonrisa de la Boca de Sombra.

En el 98, por orden del emperador Nicolás, decía el Messager Oficiel, de Saint-Petersburgo, que «el mantenimiento de la paz general y una reducción posible de los armamentos excesivos que pesan sobre todas las naciones, se presentan en la situación actual del mundo entero, como el ideal a que deberían tender los esfuerzos de todos los gobiernos. Los deseos humanitarios y magnánimos de su majestad el emperador, mi augusto amo, están allí enteramente dirigidos. En la convicción que ese elevado fin responde a los intereses más esenciales y a los votos legítimos de todas las potencias, el gobierno imperial cree que el momento presente sería más favorable a la rebusca, en la vía de la discusión internacional, de los medios más eficaces para asegurar a todos los pueblos los beneficios de una paz real y durable, y a poner ante todo un término al desarrollo progresivo de los armamentos actuales. Penetrado de ese sentimiento, su majestad se ha dignado ordenarme proponer a todos los gobiernos cuyos representantes están acreditados cerca de la corte imperial, la reunión de una conferencia que habría de ocuparse en ese grave problema.

»Esta conferencia sería, con la ayuda de Dios, de un feliz presagio para el siglo que va a empezar; ella juntaría en su haz poderoso los esfuerzos de todos los Estados que buscan sinceramente hacer triunfar la gran concepción de la paz universal, sobre los elementos de perturbación y de discordia. Ella cimentaría al propio tiempo sus acuerdos por una consagración solidaria de los principios de equidad y de derecho sobre los cuales reposan la seguridad de los Estados y el bienestar de los pueblos.» De allí el Congreso de la Haya. ¿Qué salió de esa conferencia en la capital de la fresca Guillermina? Inglaterra saltó sobre el Africa del Sur; Alemania agarró más fuertemente la Alsacia y la Lorena; Francia apuró sus fábricas del Creusot; la China fué «castigada» por la pacífica y civilizadora Europa; y hoy Nicolás, cuyo ferrocarril transiberiano conduce las más sanas intenciones, viene en visita de paz, a admirar marinos y soldados, nuevos armamentos y nuevas invenciones para matar mejor. Los perros de la destrucción y de la muerte están mejor amaestrados que nunca: Death and destruction dog... dice Shakespeare. El sueño de la paz universal queda reducido a espuma en esa revista de Reims, tierra florida de dulce vino de champaña. Allá en las largas estepas, en las chozas de los pobres, la figura del zar es colocada al lado de la milagrosa panagia, y San Félix Faure está a su lado. Rusia, Francia, Alemania, Inglaterra, los amenazantes yanquis, el entero mundo civil está listo para la matanza y para la rapiña. Los reyes, por más que busquen la paz, son siempre, en la inmensa fauna humana, águilas, las águilas son pájaros de presa, son carnívoras. Mas en lo hondo de la montaña misteriosa, en lo profundo de los valles del porvenir, se oyen de cuando en cuando sones de cuernos, ladridos, tropeles. Se mira en el Oriente como una alba terrible. Los pueblos presienten algo: el presente está en cinta: y quién sabe si de repente el hombre a tientas encontrará el camino que desde el principio de los tiempos le tiene señalado la voluntad infinita, el Dios de todas las razas y de todas las almas.