Por otra parte, trae el telégrafo nuevas que desmienten todo eso... No, no ha pasado nada en el castillo de Loo, y los racontars no tienen fundamento ninguno... El príncipe Enrique no debe nada a nadie y sus relaciones con la reina están en perfecto estado. La corte está apenada por todas esas invenciones, obra de malintencionados socialistas... La indisposición de su graciosa majestad ha tenido otras causas que las que las que se murmuran y van por las gacetas, por la Gazzette de Hollande... La reinita del cuento azul, o de poemita en prosa de Gaspard de la Nuit, la favorita de la paz, vive en paz con su marido, quien no tiene inconveniente en apartarse de los negocios del Estado por consagrarse por entero a las funciones para que ha sido elegido. Cuando deja la grata compañía de Guillermina, es para dedicarse a la agricultura... Hay en ello siempre el idilio.


¡Hélas! como se dice por aquí. ¡Y cuán cotidiana es la vida, según el verso del admirable montevideano Jules Laforje, áun para los que viven en palacios reales, y han nacido porfirogénitos! Verdad: no se necesita de anarquistas amenazadores para que se tenga por poco envidiable, una cantidad de derecho divino y una figuración en el almanaque de Gotha.

Hablaba el ministro argentino una vez, en Bruselas, con una de las princesas, mujer cuerda y de inteligencia, y a propósito de algo, concluyó una de sus frases: ...«para las que tienen la dicha, o la desgracia, de ser princesa»... Le malheur, monsieur le ministre, le malheur!...», contestó en seguida su alteza real. Le malheur... Ciertamente, no es una historia de dichas la de las testas coronadas, y circunscribiéndonos al caso de la reina de Holanda, el hogar y el trono no pueden caber, sino con raras excepciones, en el mismo sitio... Las Jantipas coronadas han sido muchas, y reyes que puedan señalarse como modelos de virtud conyugal son tan escasos.... El prudente Ulises queda para Homero con la reina Penélope, que sabía tejer, y la princesa Nansicaa, que sabía lavar su ropa.

En nuestro tiempo, con dirigir la vista alrededor de Europa, hay para estarse quieto, en la apacible medianía horaciana, en la descansada vida de fray Luis o en la modesta burguesía que tiene su ideal supremo en un automóvil.

Mirad allá en Rusia, en donde hoy, según se ve, reina la más envidiable paz doméstica bajo las techumbres de los palacios imperiales, no puede borrarse el no muy lejano recuerdo de un matrimonio como el del zar Pedro III, el marido de la gran Catalina... Ser el marido de la gran Catalina... ¡Morir como murió ese pobre zar Pedro...! No, en verdad, no era ese un hogar modelo, ni de varios grandes duques, cuyas aventuras y desventuras suenan por ahí. En Austria, la tragedia... Vagará por mucho tiempo, en Mayerling, la sombra de aquel pobre príncipe heredero, muerto de tan romántica muerte con la Vetsera... Para que su buena esposa después se case con un elegido de su corazón; y luego se hable del divorcio de la condesa de Lonyay... Agregad las varias méssalliances cuajadas de anécdotas, ya cómicas o dramáticas...

En Italia, todo muy bien... Solamente, un gran rey de grandes bigotes, es apellidado el Galantuomo. Y luego, en el reinado siguiente, en la paz de la corte, una bicicleta francesa va por allí, dando vueltas, causando perturbaciones... en la familia.

En Alemania, perfectamente, en las altas regiones; pero escándalo sonoro y granducal, en el país de Hesse y de Aquel...

En España como es de razón, por el sol y por la sangre. Hay libros, memorias, cuentos, anécdotas, chascarrillos. Isabel II, Don Francisco de Asís... Alfonso XII, el rey Barbián... La reina Mercedes que pasa malos ratos, la reina Cristina, que quiere irse a casa de su familia... el Papa que Interviene. Y los matrimonios que vienen. La infanta Eulalia y su divorcio ruidoso... Un pueblo entero queriendo impedir que se case una joven infanta con un joven Caserta... ¡Es delicioso el goce del hogar, en el esplendor de la corte de España!