En Servia... Este era un rey que se llamaba Milano... Por España anda la viuda, que fué tan hermosa, la reina Natalia... Se ha hecho católica, reza mucho... El hijo se casó con una señora que es hoy la reina Draga... Y en su palacio pasan cosas, cosas tan tristes... ¡Y tan ridículas... Fué un matrimonio por amor, el del hijo del rey Milano y de la reina Natalia!
En Rumania, la reina continúa haciendo literatura y la señorita Vacaresco también, aquí en París... Esta pobre señorita Vacaresco, que pensaba posibles los cuentos azules, que creía llegar a ser reina, o cuando menos, esposa morganática, según se cuenta... Para venir a parar aquí, soltera, siempre, haciendo versos, coronada poetisa por la Academia francesa, y recitando en casa del ministro Haití...
En Portugal...
¿Los príncipes de antes eran más felices que los de ahora?... Hay quien achaca la culpa de las desventuras de los actuales al periodismo, al reporterismo. Antaño la maledicencia cortesana no transcendía como hoy, a las hojas de los periódicos; los decires iban de boca en boca, tan solamente circulaban en las cortes, en el plano superior... Ahora, todo va a todos. Y las debilidades de los afortunados son el regocijo de los de abajo... El pueblo siente un verdadero placer en la demostración práctica de que todos los seres privilegiados que tienen una corona o una autoridad, están sujetos a las mismas pequeñas miserias que el más humilde de los hombres. Y como el periodismo no deja noticia sin publicar y detalle sin aprovechar, las alcobas imperiales y reales son exhibidas a la mirada de un público lleno de odios y malignidades.
Volviendo, pues, al caso tan comentado de la reina de Holanda, hay que convenir en que la posición del príncipe no es de las más envidiables. Del rey de Dinamarca se ha dicho que es «el suegro de Europa». Es una inestimable ventaja. En el príncipe Enrique de Mecklemburgo, la situación es desventajosísima: la nación es su suegra. En todo otro Estado, el papel de príncipe consorte habría sido lleno de inconvenientes y de molestias; pero en Holanda, en donde la reina es el ídolo del pueblo, en donde todo el mundo está con los ojos fijos para velar por su completa tranquilidad y por su dicha, el puesto es de todo punto incómodo. De aquí han venido los recientes ruidos, con base real o ficticia, pero que tienen por un momento la atención y curiosidad de Europa dirigidas al castillo de Loo.
La verdad, según personas bien informadas, es que el matrimonio es muy dichoso, la reina y el rey se quieren mucho, y todo lo que se ha dicho ha sido producto de muchas imaginaciones. La más enamorada pareja está sujeta a pequeñas nubes estivales. Algún instante hay en que el mejor amor interrumpe su constante faz por un ligero choque, que suele tener siempre exquisitas consecuencias y aumentos de afecto, si es posible. Uno de esos instantes ha sido sorprendido por alguien, que ha aumentado el hecho, y la bola de nieve ha llegado al alud periodístico. La reina Guillermina, por su belleza, por su juventud, por sus bellos gestos como el de tender la mano al errante y lamentable viejo Krüger, por las cualidades de su espíritu, de su carácter, de su corazón es adorada de sus súbditos. Al príncipe le tienen en perpetua observación, como a quien se ha confiado una joya incomparable o la existencia de un hijo. Y los celos públicos son terribles. Por algo se ha silbado en los music-halls holandeses el retrato del príncipe Enrique, después de saludar con aclamaciones y aplausos el de la reina... El príncipe hace lo que puede, para pasar inadvertido, para dejar que la reina sea única y exclusivamente saludada, para apartar su persona de las miradas del pueblo. Y cuando va con su graciosa mujer, ya en la Haya, o en la linda población de Apeeldorn, en donde se ha elevado un monumento conmemorativo de las regias nupcias, él hace como que no escucha, y apenas si saluda, ante las manifestaciones de la muchedumbre. Sabe bien que él es nadie—el esposo de su majestad;—y parte, desde que lo puede, a la campaña, a interesarse por cuestiones agrícolas y a cazar.
Es muy conocido el cuento del rey que andaba en busca de la camisa del hombre feliz, y que nunca la encontró, pues el hombre más feliz que había en todos sus Estados no tenía camisa... No es muy probable que esa prenda se encontrase hoy en ninguna de las cortes de Europa.
¡Quizá, como nos hace pensar cierta filosofía, la camisa del hombre feliz existe, y es la que a uno le ponen cuando va a dormir el último sueño...! Si se la ponen.