Mon homme est fort.
Las mujeres también, fuerte son, hermosas de carnes, frescas de colores; y el primer día, al llegar, pude contar: uno, dos, tres, diez, muchas Rubens y Jordaens. Bruselas peripuesta a la moderna, tiene, verdad, en pequeño, mucho del París bulevardero, con poco de aquella sensualidad ambiente que lo cantaridiza todo. La ciudad trepida al paso de los tranvías eléctricos; los carruajes circulan, y deja su mal olor o bufa cuando menos lo pensáis, el odioso automóvil; y las bicicletas pasan a cada instante por las avenidas y desfilan por el bosque de la Cambre. Hay cafés con terrazas, en las vitrinas se ven retratos de bellas parisienses, sobre todo el de la señorita Cleo de Merode; en las librerías se venden con profusión libros de franceses; las damas se visten con Doucet o Paquín, o cualquiera de esos señores; se lucha por Wagner; Sarah y Coquelin vienen a trabajar en estos teatros; los diarios tienen algunos redactores franceses. Me diréis que todo eso pasa en Buenos Aires también. Perfectamente. No argumento, sino que certifico.
Al que está acostumbrado al francés de París, el de aquí parece duro y amarsellado. Otra cosa que extraña es el cambio de carácter en la población. Tienen fama de insolentes los cocheros belgas. ¡Jamás podrán igualar a los parisienses! El servilismo del larbín no se encuentra tampoco aquí. Aquí no os estrujan a genuflexiones y a s. v. p. La obra social ha adelantado mucho. El obrero conserva aún el orgullo de los gremios antiguos. En cuanto a la burguesía no hay que olvidar que es en su fondo la misma que ennoblecieron los pintores de siglos gloriosos. El mejor maire tiene algo de vulgar; en el último burgomaestre se cree hallar algo de dignidad atávica...
Una de las ocurrencias biliosas e injustas de Baudelaire fué ésta. «Los belgas piensan en banda». El pensamiento belga está, por el contrario, compuesto de individualidades. Bastaría con señalar actualmente a Rodenbach, a Lemonnier, a Maeterlinck, a Felicien Rops, y a ese potente Wiertz, cuyo atrevimiento y libertad anteceden a tentativas revolucionarias artísticas que han triunfado en el mundo, y al cual sería una injusticia no considerar como un precursor. Aquí laboran silenciosos sabios y artistas, trabajadores de la transformación social, aquí viven tranquilos; aquí he visto la persona venerable del viejo Reclus pasar bajo la sombra fresca de la avenida Luisa, cuyos árboles, ahora pálidos de otoño, son hospitalarios y acogen pensativos.
En el bosque de la Cambre, paisajes y lugares a que la naturaleza y el hombre contribuyen, entretienen la mirada, brindan su regalo de salud y de belleza. No os libraréis del restaurant a la moda en que se retienen mesas y os asesinan alma y paciencia los violines de los tziganos, ni tampoco de la amenaza vandálica del chauffeur. Mas hallaréis amables umbrías, dulces rincones en que vagar y meditar, y en donde lo que menos pensáis es en que aquí reina el rey Leopoldo, ese señor bien que tiene una estancia negra que se llama el Congo.
Kiekenfretter quiere decir en flamenco comepollos. Jordaens y sus reyes glotones y obesos me han traído a hablaros del apetito brabanzón, y en cadenas de ideas, de la comida bruselesa. Aquí se come mucho, y juro que muy bien; así los refinados encuentran la bonne chère que sueñan, los cultivadores del estómago la sana y bondadosa cocina local, cuyas carbonadas y gallinas asadas con compotas de fruta, llaman el acompañamiento del lambic. Hallaréis buenos vinos; pero las cervezas os brindan su reino; los reyes de Jordaens todos son parientes de Gambrinus. Y comiendo bien y bebiendo bien, el pueblo es francamente alegre—-; lejos las pálidas faces de los ajenjistas de París, la inmensa bruma verde que envuelve tantos espíritus en aquella alegría nerviosa y torturada; aquí, por la tarde o al anochecer, he solido encontrar grupos de muchachos y muchachas que van por las calles cogidos de los brazos como en las rondas de las kermeses, y lanzando sus cantos en coro, muchachos robustos, muchachas con carrillos como manzanas, de estos mismos que en el florecimiento de su pubertad dejan ver, bajo la corta falda, las más firmes y torneadas piernas.
Como en todas partes, gusto más de la parte vieja de la ciudad que de la nueva. La ciudad, en sus signos monumentales, habla de grandes cosas pasadas; y tan solamente en San Marcos de Venecia he sentido el respetuoso placer de la contemplación, de la evocación de siglos difuntos, que en la Grand Place, a la cual Hugo, con alguna exageración, llamara la primera del mundo. Nada más hermoso que este conjunto de nobles arquitecturas en que la Maison du Roy es cincelada joya, las casas de las corporaciones, bellas páginas de piedra, y el Hotel de Ville, osado y soberbio, la más admirable catedral cívica que haya labrado la legendaria masonería gótica. La imaginativa de los antiguos escultores se revela en simples detalles de una concepción definitiva, que forman en el vasto libro arquitectónico, lecciones estupendas en la interpretación de la faz humana y en el simbolismo zoológico. Al entrar, nada más, podéis adivinar ciertas páginas de Huysmans y ciertos gestos de Henri de Groux, en un simple murciélago lapidario o un rostro humano decorativo.
Las casas históricas con su estilo, sus dorados, su aristocracia de monumentos, parece que aguardan la presencia de cortejos reales o procesiones de dignatarios. Y mientras miro y admiro, me solicita una muchacha que vende flores, ofreciéndome pompísimas rosas, y pasa una lechera flamenca con su carrito tirado por tres magníficos y pacientes perros.
Un pensamiento que no dejará de despertarse en vuestra mente es el del perdido poderío español... Aún vaga por aquí la sombra del «duque de sangre», y las estatuas fraternales de los condes de Egmont y de Hornes, en el square del Petit Sallón, fijan en bronce el duro recuerdo. Se perdió Flandes; se perdió la América continental, se perdió Cuba...; el general Weyler no tendrá a mal que se le compare con don Fernando Alvarez de Toledo...
Santa Gudula es hermana de Notre-Dame de París, de la familia de tantas otras iglesias venerables en que las dos torres góticas se alzan, enormes centinelas del tabernáculo, trabajadas por la virtud de siglos de fe; urnas vastas en que se guardaba la esperanza cristiana y cuyas anchas ojivales puertas se abren hacia las bullentes ciudades, como con sed de almas.