E recibido un libro importante y curioso, de M. Henri d'Alméras, Avant la Gloire. El autor ha tenido la amabilidad de enviarme un ejemplar antes de que aparezca en las librerías. Es un volumen que trata, en un estilo sin penachos, sencillo, a veces malicioso y casi siempre espiritual, de los comienzos de muchos grandes nombres de las letras francesas contemporáneas. Grandes nombres es mucho decir. Hay en la obra mezcla de grandes y medianos. Lo mismo que «gloria» habría quedado mejor sustituída por «celebridad». El autor ha averiguado con paciencia e interés los detalles de los comienzos y primeros pasos de los escritores que figuran en su obra, desde que, completamente desconocidos, hicieron los iniciales esfuerzos para lograr renombre. Los escritores son de diferentes tamaños. Los hay enormes, como Zola, y chatos, como Ohnet. El libro es ameno y logra que el lector se interese por más de un precioso dato.
¡Los comienzos! Es decir, los sueños, las esperanzas, el entusiasmo. Esos principios son más bellos muchas veces que las más triunfantes victorias. Siquiera porque toda esperanza es hermosa, y todo logro quita el placer de esperar y da el cansancio humano de lo conseguido. La posesión de la gloria es lo mismo que la posesión de la mujer.
El libro de M. D'Alméras está lleno de anécdotas, que son la sonrisa de tantas luchas. Él ha buscado documentarse en conversaciones, lecturas y recuerdos. Comienza con Alejandro Dumas, hijo, de cuyo nacimiento habla su padre en sus Memorias con estas palabras: «El 29 de Julio de 1824, mientras el duque de Montpensier venía al mundo, a mí me nacía un duque de Chartres, plaza de los Italianos, número 1.» Cuenta sus primeros años de colegio, sus versos, porque hizo versos. Su entrada en el mundo, muy joven, y estos paternales consejos, muy del viejo Dumas: «¡Ya eres hombre! Escucha mis instrucciones. Cuando se tiene el honor de llamarse Alejandro Dumas, no se debe vivir como un mercachifle o como un hortera. Se come en el Café de París. Se tiene lindas mujeres y se les paga regiamente. No se priva uno de nada. Anda, hijo mío, y cuenta conmigo. En tres o cuatro años, si quieres casarte—porque al fin se llega a eso—te daré trescientos mil francos para comenzar.» Demás decir que Dumas, hijo, siguió con todo empeño el consejo de su padre, y en muy poco tiempo llegó a tener cincuenta mil francos de deudas. Cuando le pidió al autor del Montecristo para pagar, aquél le contestó: «¿Cómo diablos te voy a poder dar cincuenta mil francos para pagar, yo que debo seiscientos mil?» Con todo, el hijo, que se vió en la necesidad de pedir prestado a muchos amigos, hasta en verso, murió rico y avaro.
De los Goncourt hay noticias que ya conocemos en algunas páginas autobiográficas, como las referentes a la publicación de En 18... No son de los que menos han sufrido en su iniciación, los dos hermanos Zemgano de la escritura artística. Solicitudes, fracasos, desdenes de editores, incomprensión, amarguras de toda especie acompañaron su entrada a la literatura. En cuanto a Alfonso Daudet, M. D'Alméras se ha encontrado el trabajo hecho, en el encantador Petit Chose. Mas hay otros puntos nuevos y páginas bien narradas sobre la juventud del padre de Tartarín. «El joven escritor, dice en su párrafo, había escapado, gracias a una casualidad feliz—la protección de un hombre de esprit—a la negra miseria de los comienzos, de que no se avergonzó jamás. Ya no estaba expuesto a comer con un apetito de diez y ocho años, por toda comida, un pedazo de pan y un trozo de salchichón. No corría ya el riesgo de verse echado, por un bárbaro propietario, por algunas mensualidades atrasadas, y pasar la noche—felizmente en verano—en un banco del Luxemburgo.» Y la anécdota del «paso de Fromont jeune et de Risler aîné.» Son las primeras ganancias serias que aseguran la vida. Esa novela, de una observación tan penetrante y tan conmovedora, había sido compuesta en medio del París industrial, en un cuadro material y moral que le convenía, a maravilla. »Mi gabinete, escribía el autor, años más tarde, daba sobre los verdores y los negros enrejados de un jardín. Pero más allá de esta zona de frescor y de trinos de pájaro, había la vida obrera de los barrios, la recta humareda de las usinas, el rodar de los carretones, y aún oigo sobre el pavimento de un corralón vecino el ruido de una carretilla de comercio que en la época de los regalos iba llena de tambores para niños. La vuelta, la salida de los talleres, las campanas de las fábricas pasaban sobre mis páginas a hora fija. Ni el menor esfuerzo para conseguir el color, la atmósfera ambiente; estaba lleno de ello.» Fromont jeune et Risler aîné—que la Academia debía coronar en su sesión de 15 de Noviembre de 1875—tuvo un gran éxito de Prensa y llegó muy pronto a ese número de ediciones que asegura—a veces injustamente—a un escritor el mérito de su obra. En el mes que siguió a la puesta en venta, Alfonso Daudet había sido invitado a almorzar en casa de su editor Charpentier. Este, cuando se levantaron de la mesa, le dijo en voz baja: «No os olvidéis, ante todo, antes de iros, de pasar a la caja.» Cuando él se presentó, un poco conmovido, ante la ventanilla, el cajero le entregó en luises de oro, en monedas de a cinco francos y en moneda menuda, según dese manifestado, una suma muy respetable—los primeros beneficios del libro—. Daudet salió como un loco, tomó un coche para llegar más pronto a su casa, subió la escalera rapidísimo, entró sofocado, encantado, en la pieza en que se encontraba su mujer, y después de haber arrojado a manos llenas sobre la alfombra, sin tener fuerzas para decir una palabra, el dinero que acababa de dársele, bailó lo que después se llamó entre los suyos «el paso de Fromont jeune et de Risler aîné». Y con ese paso de ballet fué como entró en la gloria».
De Maupassant hace notar la rapidez en la reputación, desde sus primeros trabajos. De paso habla de sus versos. De éstos se dijo que revelaban un excelente prosista. Sin entrar en esas sutiles distinciones, es el caso que en Maupassant había un verdadero poeta ahogado después en necesidades de producción y de oficio. ¡Voilà le mort d'amour avec savandière! Veamos algunas líneas de M. D'Alméras: «Sabía sacar partido maravilloso de su literatura, fabricada concienzudamente y con método. Se le pagaba lo que valía, lo cual es muy raro en el mundo de las letras. Evitaba las colaboraciones a la ventura y las casas cuya prosperidad no le parecía bastante cierta. Su reputación aumentaba cada día». Bel Ami le colocó en primer rango entre los novelistas, nuevos y viejos, y le dió gloria. Así, en cuatro años de vida literaria llegó a la cima; pero ya se desarrollaba en él, como una enfermedad incurable, ese doloroso estado de alma que debía emponzoñar todas sus alegrías. El medio de los literatos, de los artistas, en que estaba obligado a vivir, le repugnaba más y más, y a los treinta años experimentaba el cansancio y los disgustos de un escritor envejecido y fatigado. El periodismo, con su necesidad banal y monótona, no le interesaba ya: «No tengo sino un deseo en mi vida—escribía a un director de revista—; y es el de no escribir jamás una sola línea en ningún diario del mundo»; y agregaba esta otra confesión, que muestra hasta qué punto estaba desencantado: «Tengo una imperiosa necesidad de no oir hablar más de literatura, de no hacerla más, de no vivir en eso y de ir a respirar lejos un aire menos artístico que el nuestro». Todo esto, en verdad, es excesivo, pero se explica. A través de lo justo de esos desencantos prematuros se transparenta la inquietud mental del enfermo, que debía acabar por perderse en la locura y en la violenta muerte.
De Verlaine hay poco que no se sepa en su accidentada vida. Por otra parte, él ha dejado mucha confesión, recuerdos y páginas de autobiografía. Saint-Paul-Roux descubrió en el campo a un labrador, tío del pobre Lelián. Poco nuevo hay en este libro que pueda interesar a los verlainistas. Por lo que toca a Catulle Mendès, sí hay noticias escasamente sabidas. Desde luego, estos versos escritos en la infancia, y que son inéditos:
Le poêle brûlant, rouge, accroupi dans son angle
Comme un âne poussif par sa corde étranglé.
Râlait sous une bande en cuivre roux, qui sangle