Son gros ventre d'argile aux feux tout écaillé.

Aunque apoyado largamente al principio por su padre, Mendès no dejó de pasar horas muy duras, después de haber fundado varias revistas y alzado y derribado muchos castillos en el aire. «Casi célebre ya, aquél, a quien se llamaba el Clodión de la pequeña literatura, gastaba mucho y ganaba poco. Allá por 1868, la recomendación de la princesa Matilde le hizo obtener una plaza de expedicionario—90 francos al mes sin contar gratificaciones—en no sé qué ministerio que dependía del mariscal Vaillant. La primera vez que Catulle Mendès se presentó en su oficina, un ujier vino a buscarlo de parte del mariscal Vaillant. Persuadido, con ese tocante candor de la juventud que la mayor edad no corrige casi, de que se le va a ofrecer un puesto digno de él, entra, lleno de confianza y buscando fórmulas de gratitud, en una gran pieza en que se encontraba un hombre gordo en mangas de camisa. El hombre gordo se vuelve apenas, y con una voz brusca:

—¿Es usted el que ha escrito esto?—le dijo mostrándole un ejemplar del Román d'une nuit, con las páginas sin cortar.

—Sí, señor—respondió Mendès; pero, a una seña de las personas que estaban presentes, corrigió:—Sí, mariscal.

—No lo he leído, pero me parece que es inconveniente. Yo no quiero en mis oficinas empleados que escriban inconveniencias. ¡Lárguese!

Así terminó la carrera burocrática de Catulle Mendès. La princesa Matilde, resentida de que se hubiese echado tan poco atentamente a su protegido, el yerno de su viejo amigo Gautier, le estableció una pensión. Poco tiempo después, la gloria y el provecho llegaron.

Mucho se sabe de la leyenda de Jean Richepin. En su vida, la leyenda y la realidad se confunden. Nació en Argel; su padre fué un médico militar, y fué bautizado por un sacerdote que había sido zuavo.

Veinte años más tarde comienzan sus esfuerzos para proclamarse turanio, bohemio y por épater a las gentes. Fué periodista, profesor, gimnasta y pasó mil necesidades. Fué soldado. Usó un gran sombrero que fué célebre.

—«¿Qué es ese sombrerón?—murmuraban las gentes ya conquistadas.

—Es Jean Richepin, joven poeta de porvenir. Se habla muy bien de las obras que va a escribir.»