El marqués de Rojas es un escritor de sólido saber, y cuya autoridad en asuntos económicos es por todos acatada.

El ministro de Chile, Señor Blest Gana, es autor de varias novelas que tuvieron en su época gran acogida. Si Miguel de Unamuno las lee, irá Martín Rivas junto con Nastasio a la Universidad de Salamanca. El ex presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, uno de los dos miembros honorarios de la Real Academia Española, y que hizo el Luis XIV bastante bien hecho, en Tegucigalpa, hace años que no tiene nada que ver con la literatura, lo propio que el señor Gustavo Baz, encargado de Negocios de Méjico. Hay otros literatos residentes en París, los activos, algunos de ellos no desconocidos en Buenos Aires.


Luis Bonafoux, corresponsal del Heraldo de Madrid y el director del Heraldo de París, es un crítico temido y de autoridad en España. Es nacido en Puerto Rico, pero se le considera como español. El señor Bonafoux, satírico violento, elegante y sutil cuando sujeta sus ímpetus flagelantes, y de una aspereza que en Francia tan solamente podría compararse con las justicias e injusticias de Bloy o de Tailhade, casi siempre tiene razón cuando ataca. Como cuentista ha publicado, entre otras cosas, un reciente pequeño volumen de narraciones y nouvelles, en donde hay verdaderos hallazgos de invención y bellas gracias de estilo.

Miguel Eduardo Pardo, autor de una buena novela venezolana, Todo un pueblo, es un temperamento de luchador y acompaña en el Heraldo de Madrid al señor Bonafoux. Escribe allí generalmente sobre asuntos políticos sudamericanos, y en especial sobre los sucesos de su patria, Venezuela, en donde, dado su carácter, no será difícil verle ocupar un puesto público.

Otro venezolano reside en París, cuyo nombre entre los intelectuales argentinos es saludado con simpatía y respeto: ha nombrado a Manuel Díaz Rodríguez. Es éste un espíritu de excepción, de los pocos que forman la naciente y limitada aristocracia mental de nuestra América. Es un entendimiento serio y reflexivo, aislado de las bulliciosas tentativas de un arte de moda, como de las filas de momias que duermen entre sus bandelettes tradicionales. Desde su primer libro, la nobleza de su pensamiento y la distinción de su estilo le colocaron en un lugar aparte en nuestra literatura. Confidencias de Psiquis, De mis romerías, Cuentos de color nos pusieron en comunión con una de las más fervientes almas de arte que hayan aparecido en tierra americana. Dentro de poco se publicará una novela, obra de médula y aliento, muy americana en su psicología, y muy europea en la forma arquitectural del libro, que revela desde luego en el autor la seguridad y la fuerza de un maestro. Y el señor Díaz Rodríguez es aún muy joven, apenas roza la treintena. Yo quisiera que todos los nuevos talentos de América cultivasen la propia personalidad con la firmeza y discreta gallardía de este generoso trabajador. La publicación de Ídolos rotos, si no se pudiera llamar con el usado clisé, un acontecimiento literario, causará innegable agrado. Y levantará los más justos y sinceros aplausos en los grupos pensantes de las repúblicas de lengua española. Esta es de las novelas que, traducidas, pueden incorporar una literatura hasta hoy ignorada, como la hispanoamericana, al movimiento cosmopolita. La idea de Max Nordau no anda muy lejos de la verdad, al ver en lo porvenir una rica primavera para el pensamiento americano. Si Europa llega a poner su curiosidad en nuestros productos intelectuales, habrá de comenzar por obras como las del señor Díaz Rodríguez.

Amado Nervo, el poeta mejicano, se ha establecido también en esta capital de las capitales. Buen artista, buen monje de la belleza, buen muchacho, lleva su nombre con toda seguridad; se le conoce, y al llamársele, no se miente. Sensitivo, verleniano, virtuoso en la ejecución del verso, y, sobre todo, sincero y de conciencia, que en esto, como en todo, es lo principal, tiene su triunfo seguro. He dicho que es mejicano, y, naturalmente, es en Méjico donde se le ataca. El ambiente de París ha dado nuevas vibraciones a los nervios de Nervo, y hecho el indispensable y complementario viaje a Italia, el fiel laborioso prepara nuevas obras que han de superar desde luego a Perlas negras y a Místicas, en donde un cuidado de métier y una preocupación de técnica y de décor, apartaban la fuente oculta de la íntima poesía de verdad y de vitalidad que empieza a aparecer en Savia enferma. Hay en el fondo de este poeta mucha savia sana, y es la que hemos de ver pronto en poemas de energía y de gozo, en una epifanía espiritual, en una exaltación de las propias fuerzas, sobre la simple «literatura», y que llevará en sí una virtud comunicativa de anhelos de bien, de esparcimientos de puro y caritativo arte. ¡Gloria sea dada en la tierra y en el cielo a los artistas de buena voluntad!

Vargas Vilas es un escritor genial, novelista y poeta. Su vida es también un poema, de luchas y de triunfos en la política agitada de nuestras repúblicas hispanoamericanas. Su obra, incorrecta como un torbellino, sonora como un mar, es una obra de bien. Vargas Vilas no es ni de su tiempo ni de su país. Su época habría sido la de la Italia del Renacimiento, y su país, esa misma Italia que él ama y en la cual su espíritu se ha aparecido y ha creado páginas de amor, dolor y belleza.

Rufino Blanco Fombona es un artista delicado y raro, al propio tiempo que un espíritu osado y violento; hay en sus versos trino y aletazo, suave pluma y garra de bronce. Sus cuentos son páginas de emoción y de pasión. La juventud, con todos sus dones primaverales y todas sus exuberancias irreflexivas, se abre paso en toda la producción, ya considerable, de este autor brillante y elegante. Ha viajado mucho y ha gozado mucho. Conoce el color de todas las cabelleras amorosas, y le han dicho «yo te amo» en todas las lenguas conocidas. Mañana será la madurez y el peso del pensamiento y la acción provechosa que su patria espera. Hoy, en la copa de oro, es justo y natural ver deshojar rosa y rosa o disolverse una perla.

Un folleto publicado en Nueva York hace algún tiempo, El continente enfermo, causó bastante ruido en algunas repúblicas hispanoamericanas. Su autor, un venezolano, César Zumeta, exponía con valiente franqueza las dolencias y vicios continentales, los peligros de nuestras democracias, la constitución dañada del social organismo, las consecuencias fatales de las malas políticas y lo inevitable de la amenaza yanqui. Este folleto ocasionó la publicación de un libro de alto mérito del señor Francisco Bulnes, mejicano. Como hombre de letras, el señor Zumeta merece un renombre superior al que ha logrado por su labor sociológica. Un libro suyo, de calidad exquisita, pero abrumado por un título que recuerda los cuadernos de escuela primaria: Escrituras y lecturas, conocido por un escaso número de lectores y apreciado en su justo valor por limitadísimo grupo intelectual, bastaría para dar a su autor la autoridad y consideración respetuosa. Es un sincero adorador de belleza. Produce poco y muy de tiempo en tiempo. En París sostiene precariamente una revista de intereses americanos, que, a pesar del talento de su director, no es sino una de tantas, por culpa esencialmente criolla.