El Mercure de France tenía como redactor de su sección de letras hispanoamericanas, a Pedro Emilio Coll, también, como el señor Zumeta, de Venezuela. Espíritu fino y delicado, Coll ha publicado escasamente; pero lo poco suyo conocido nos revela una fuerza mental sobre la mentalidad provisional de nuestra América. Como todo lo poco que pesa y se impone en las repúblicas de lengua española. ¡Estas repúblicas de Sud América son en todo tan provisionales! exclamaba con su sabia ironía monsieur Rémy de Gourmont, en uno de sus últimos Epilogues.
«POLONIO.—¿Qué leéis, monseñor?
HAMLET.—Palabras, palabras, palabras.
POLONIO.—¿Pero de qué se trata?
HAMLET.—¿Entre quiénes?
POLONIO.—Quiero decir ¿de qué asunto trata el libro que leéis?
HAMLET.—¡Calumnias! El perverso satírico afirma que los viejos tienen la barba gris, el rostro lleno de arrugas, que sus ojos vierten ámbar y goma, y que unen a la falta de entendimiento una gran debilidad de piernas; lo cual creo plenamente, y, sin embargo, no me parece honesto hallarlo consignado en tales términos, pues vos mismo, señor, seríais de mi misma edad, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.
POLONIO, in péctore.—Aunque todo lo que habla son locuras, no deja de tener en el fondo cierto método.»
Esta cita de Shakespeare sirve de prólogo al primer libro de Coll, Palabras, unida a estas exclamaciones de Hamlet, en las maravillosas Moralités Legendaires: «¡Ah, qué solo estoy! Y en verdad, la época no es culpable de ello. Tengo cinco sentidos que me atan a la vida; pero, este sexto sentido este sentido de lo infinito... Soy joven todavía, y en tanto goce de mi excelente salud, todo irá bien. ¡Pero la Libertad! ¡La Libertad! Sí, me marcharé de aquí y viviré anónimo entre gentes honradas y me casaré para siempre, la cual será la más hamlética de mis ideas. Pero hoy es preciso obrar, es necesario objetivarse. ¡Adelante por sobre las tumbas, como la Naturaleza!»
Estas preferencias inducen al conocimiento de un temperamento. Como crítico, el señor Coll ha dado a conocer, siempre con amable optimismo, en sus revistas del Mercure, la producción intelectual de la América española en estos últimos años. Es una lástima que su partida a Venezuela haya puesto fin a tan plausible tarea.