Es interesante, vivamente interesante el culto, el cariño admirativo de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la mártir, por la memoria y la obra del lírico alemán.

La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de Berlín; la torpeza antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en la capital austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni los ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío» como reza el verso de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces, en su villa de Corfú le levantó su monumento. Muerta la emperatriz y puesto a la venta el Achilleion, un millonario italiano ha querido ser generoso también con el poeta, y ha dado la estatua para que sea colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha de faltar el día de la inauguración el cumplido homenaje de París. El primero de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su sepulcro y se celebrará su gloria como en lugar propio.

Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París, Heine, el admirador de Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.

¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros en Rusia, volvían a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente. Allí escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran ejército vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero. Entonces, los dos granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber tan tristes nuevas. El uno dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde mi vieja herida!» El otro dijo: «La canción ha concluído; yo también quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e hijo en la casa que, sin mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me importa el hijo: tengo más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan hambre. ¡Mi emperador, mi emperador prisionero!

»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere ahora, lleva mi cadáver a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz de honor con la cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil en la mano y me ceñirás mi espada.

»Quedaré acostado así, el oído atento, como un centinela en la tumba, hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el sonar de cascos de los caballos relinchantes.

»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi tumba, mil espadas se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la tumba, para proteger al emperador, ¡al emperador!...»

Pocas liras francesas han celebrado con más bello sonar la grandeza del Cabito, del Petit Caporal.