En 1880, siendo presidente de Nicaragua el general Zavala, se firmó el contrato Cárdenas-Menocal, que quedó en nada. En 1884 firmó en Wáshington el ministro Zavala un tratado, «en virtud del cual los Estados Unidos se comprometían a construir el canal con acompañamiento de ferrocarriles y telégrafo, concediendo Nicaragua no sólo el territorio al efecto, sino una faja de dos y media millas inglesas de ancho en toda la longitud de la obra. La empresa sería virtualmente administrada por el gobierno americano quien entregaría al de Nicaragua una tercera parte de los productos netos.» Este tratado no obtuvo la ratificación del Senado americano; Cleveland lo retiró. Luego hubo otros arreglos y contratos que caducaron sin resultado ninguno.
Respecto a la tristemente célebre Compañía Universal del Canal de Panamá, el señor Medina es más explícito. «Tendré que tratarla, dice, con más detalles, por haber sido testigo presencial de los acontecimientos desde su origen hasta el fracaso definitivo.» Así, recuerda el primer Congreso científico que haya tratado del canal, en Amberes, el año de 1871, de donde salió muy recomendado el proyecto por el Darien, entre los ríos Tuyra y Atrato, presentado por M. de Gogorza. En 1875 la cuestión fué tratada en el Congreso de Geografía de París. Se trató de la reunión de un Congreso internacional que decidiría. Ya Lesseps aparece; y luego el Sindicato que él apoyaría y que tuvo por presidente al general Türr. Conseguidos los capitales, la Comisión de estudio que debía dictaminar fué enviada. La Comisión partió para América en Noviembre del 76. Iba a bordo del vapor Lafayette, y entre sus miembros se contaban el ingeniero Reclus, el oficial italiano Bixio, Víctor Celler y seis ingenieros más, bajo las órdenes de Luciano Napoleón Bonaparte Wyse. Tocóle al señor Medina ir en ese vapor en tal ocasión. Varios de los miembros de la Comisión eran amigos personales suyos y hace memoria de sus impresiones.
Sabido es que en ese tratado se estipula que las partes contratantes se comprometen a no ejercer un contrato exclusivo sobre el canal, a no alzar fortificaciones en él, a no ejercer dominio alguno sobre Nicaragua, Costa Rica, la costa Mosquitia ni parte alguna de la América Central, ni directamente, ni por medio de alianzas o protectorados. Ya se sabe cómo es la política de los países anglosajones, y cómo saben interpretar, según el caso, sus tratados y sus doctrinas. El canal no pudo tampoco hacerse entonces. Luego fué la invasión filibustera de Walker. Si Walker triunfa, el canal estaría hace tiempo abierto. En el 63 los Estados Unidos, que ya tenían plantado el jalón del ferrocarril en Panamá, propusieron a Colombia la construcción del canal; tales condiciones ponían, que Colombia no aceptó. «Se dice—agrega el señor Medina—que el príncipe Luis Napoleón estuvo en San Juan del Sur, y fué uno de los más entusiastas partidarios del canal por Nicaragua, aunque más tarde, dueño ya de un imperio, no hizo nada para llevar a la práctica la realización de sus ensueños juveniles.» En efecto, Napoleón III publicó un estudio sobre el canal de Nicaragua, muy meditado e importante, y del cual, ya en tiempos en que era emperador, se ocupó el Instituto de Francia. Pero la cosa no pasó a más. El señor Medina habría podido investigar y darnos a conocer algo de las relaciones estrechas que ligaron al monarca francés y al ministro nicaragüense Castellón.
«En nuestras largas conversaciones—cuenta el diplomático centro-americano—, los ingenieros y, especialmente, Bonaparte Wyse y Bixio, me hicieron ver la importancia decisiva de la misión que ellos llevaban, asegurándome que, una vez sus estudios terminados, la obra se ejecutaría sin demora, gracias al poderío y a la influencia de Lesseps, en quien la Europa toda había depositado una confianza ilimitada después de Suez. Yo lo creía también así, y, naturalmente, no dejé pasar una sola de las ocasiones que se me presentaron para influir en sus ánimos, haciéndoles ver las mil ventajas que Nicaragua ofrecía a la empresa; indicándoles la clemencia relativa del clima, la densidad de la población, superior a la de Panamá, la abundancia de maderas y víveres, etcétera. Tan pronto como terminaran sus estudios en el istmo y firmaran un contrato con el gobierno colombiano, tenían la idea de pasar a Nicaragua con igual objeto. Así pensaban regresar a Europa con todos los elementos necesarios para que la resolución del Congreso pudiera darse con entera imparcialidad y perfecto conocimiento del asunto. Pero cuando Bonaparte Wyse regresó de Colombia y Nicaragua, resultó que sólo con el primero había celebrado contrato para la construcción del canal de Panamá. Esta era la situación cuando se reunió el Congreso internacional que debía resolver definitivamente el punto.» Aquí los recuerdos personales del señor Medina se precisan. «Reunióse el Congreso en París, y celebró sus sesiones en el hotel de la Sociedad de Geografía, en los días 15 a 29 de Mayo del año de 1879. El elemento extranjero en dicho Congreso se componía de 62 delegados, representantes de Alemania, Austria, Bélgica, China, España, Estados Unidos, Colombia, Gran Bretaña, Hawai, Holanda, Méjico, Noruega, Perú, Portugal, Rusia, Suecia y Suiza. En cuento a las Repúblicas de Centro América, sólo estaban allí representadas: el Salvador, por el ilustrado publicista colombiano D. José María Torres Caicedo (con quien el señor Medina tuvo un duelo célebre); Costa Rica, por don Manuel M. Peralta. Yo representaba entonces a Guatemala. Además de estos delegados extranjeros, había en el Congreso más de ochenta representantes franceses, en su mayor parte ingenieros distinguidos y casi todos hombres de verdadero talento y de real sabiduría; pero que, habiendo sido hábilmente escogidos por M. de Lesseps, estaban dispuestos a apoyar sus planes y a formar siempre la mayoría necesaria al triunfo de su inquebrantable voluntad. Para llevar a cabo metódicamente sus labores científicas, dividióse el Congreso en cinco Comisiones especiales, y a mí me tocó en suerte, a pesar de mis escasos méritos, ser el vicepresidente de la primera de ellas y de dirigir sus debates durante las ausencias del ilustre sabio francés M. Levasseur. Tratábase, ante todo, en el seno de esta Comisión de establecer, gracias a datos y cálculos estadísticos, los rendimientos probables del canal, para poder, desde luego, estar seguros de la equitativa relación que debía existir entre el capital empleado y los dividendos futuros. En este sentido traté siempre de inclinar los ánimos en favor de Nicaragua, basándome en cifras exactas, pues todos o casi todos los proyectos de apertura de la vía interocéanica por el Lago y el San Juan, marcaban la necesidad de un capital menor al que era indispensable para llevar a cabo la obra en el Darien, y, por lo mismo, ofrecían más probabilidades de ganancias para los accionistas. Esta cuestión era, en el fondo, una de las más importantes, y si mis ideas hubiesen prevalecido entonces, no hay duda de que la opinión pública hubiera ejercido una presión contra Panamá; pero el público no prestó gran interés a ese punto de detalle y dejó obrar a los hombres que, estando encargados de hacer los cálculos estadísticos, con una libertad hasta cierto punto fantástica, debían decidir, en última instancia. Dispuesto M. de Lesseps a no aceptar a Nicaragua sino en último caso, pidió que los datos fueran calculados con toda la posible largueza, basándolos en el tráfico probable del porvenir, teniendo en cuenta el aumento gradual que habría obtenido el comercio cosmopolita cuando el canal empezase a funcionar; es decir, estableciendo los cálculos según lo que ese aumento estaba llamado a producir en 1866. El tonelaje previsto fué de 7.250.000. A pesar de la elevación en tal cifra fué necesario subir el precio primitivamente fijado como derechos de tránsito del canal; y, aun con todo eso, apenas se llegaba a obtener los rendimientos indispensables para pagar los intereses del capital que se necesitaba invertir en la obra. No así adoptando el proyecto Menocal por Nicaragua, que revelaba una economía de 500.000.000, comparado con el presupuesto hecho para Panamá, por el ingeniero Ribourt.»
Las revelaciones del señor Medina son muchas y muy interesantes. Sería de desear que extendiese sus Memorias, que aumentase los detalles y diese a luz un verdadero libro que, de seguro, contendría datos curiosos, previsiones cumplidas y rasgos pintorescos. Recuerda el informe de Levasseur y los estudios de la cuarta Comisión del Congreso, compuesta de los más sabios ingenieros del universo, y que tenía que ocuparse de la parte técnica de los proyectos, que fueron muchos. Me llama grandemente la atención lo que rememora de una carta de M. Lucien Puydt y que leyó en una sesión el secretario de la Comisión. Era un eco anticipado de la catástrofe que debía venir, un anuncio del formidable «Panamá» que debía minar la base de la gloria del Gran Francés. En esa carta se decía que «M. de Lesseps se ocupa exclusivamente del éxito y del porvenir de la compañía civil, y que la cuestión de la apertura del canal, desde el punto de vista del interés universal, queda regalada a un plan secundario, y su solución subordinada a la aceptación del proyecto de su protegido.»
Más, mucho más contienen las apuntaciones y la riquísima Memoria del señor Medina, respecto a los entretelones de la cuestión del canal, de asuntos técnicos y pasos diplomáticos, tanto en Europa como en los Estados Unidos. No dejaré de citar sus impresiones en las últimas sesiones de ese Congreso con M. de Lesseps. «La opinión extranjera, dice el señor Medina, se había pronunciado casi con unanimidad en favor de Nicaragua. Viendo esa presión desinteresada, M. de Lesseps se dirigió confidencialmente a mí y me dijo textualmente lo que sigue: «El sentimiento de la mayoría del Congreso parece pronunciarse en favor de Nicaragua; yo no tengo ningún interés personal en que se favorezca tal o cual vía, tanto más, cuanto que los gastos hechos por el Sindicato de exploración Türr y Wyse pueden ser reembolsados por la compañía que se forme; pero sería necesario formalizar algunas bases de arreglo con el gobierno de Nicaragua, porque si el Congreso opta por el canal de Nicaragua y enviamos después un comisionado a tratar con aquel gobierno, sin arreglo previo de ningún género, las pretensiones serán tales que no habrá modo de hacer un contrato realizable. ¿Hay alguien aquí autorizado para hacer cualquier ofrecimiento en nombre de Nicaragua?» «Yo sabía desgraciadamente que no, y me limité a asegurar a M. de Lesseps, como amigo de Centro América, que Nicaragua comprendería demasiado sus intereses para demostrar la intransigencia que él temía, y le insté para que dejara que el Congreso se pronunciase libremente; pero mis instancias, como las de otros, se estrellaron contra los temores de M. de Lesseps y contra la presión del Sindicato colombiano que trabajaba por que la decisión fuera enteramente favorable a sus proyectos.» Lesseps se decidió firmemente por Panamá. En la votación general la mayoría de los representantes extranjeros se abstuvo. Entonces resultaron 87 votos por Panamá, y sólo 8 por Nicaragua. El Gran Francés había triunfado...
Ahora es en los Estados Unidos. Se verá, por fin, cuál será la vía elegida por los yanquis, pues ellos son los que han de hacer práctico tanto proyecto. Por Panamá, o por Nicaragua o por ambas partes, ellos buscan que América sea para los americanos. O para la humanidad... que habla inglés.