»Y en 1820, la América del Sur, dice, a la hora actual tiene 18.000.000 de habitantes.
»La población de esos países se desenvolverá con una rapidez igual a la nuestra. En veinticinco años se puede prever que será de 36.000.000; en cincuenta años de 72.000.000. Los Estados Unidos tienen ahora 10.000.000 de habitantes. Gracias al carácter de nuestra población, nuestra nación será siempre la primera de este continente desde el punto de vista industrial y comercial. Imaginad cuál será la potencialidad de ambos países y la importancia de sus relaciones comerciales cuando nosotros tengamos 40.000.000 de habitantes, y la América del Sur 70.000.000.» Aunque los cálculos de Clay no hayan salido exactos, puesto que hoy los Estados Unidos cuentan 66.000.000 y la América española 55.000.000, la idea del orador no ha desaparecido, afianzada después por la doctrina de Monroe. A pesar de las declaraciones de Mac Kinley y de Roosevelt, los Estados Unidos buscan no solamente influencia, sino también dominación. Han demostrado ya prácticamente buen apetito.
Habla M. Viallate de las varias tentativas de unión hispanoamericana, que, desde Bolívar, se han hecho. El libertador no envió invitación a los Estados Unidos para la conferencia de Panamá en 1824. Pero el año siguiente los gobiernos de Colombia y Méjico pidieron al de la Unión que enviase sus representantes. Era secretario de Estado el mismo Henry Clay, y, aunque el entonces presidente Quincy Adams, no estaba muy bien dispuesto a entrar a esas vías, Clay lo convenció, viendo en ese Congreso, según sus palabras, «el principio de una era nueva en los asuntos humanos.» Veía un inmenso triunfo para la democracia universal, y la demostración más clara, a los pueblos europeos dominados por la monarquía, del valor y grandeza de las instituciones republicanas. Clay, dice M. Viallate, temía también una unión de la América latina, de la cual estuviesen completamente excluídos los Estados Unidos. Dos grupos de origen, de lengua, de aspiraciones diferentes se encontrarían creados en el continente americano. La decisión de Adams para enviar representantes a Panamá, tuvo gran oposición en el Senado. El Congreso se verificó, y con ningún éxito, en 1826. No hubo más delegados que los de Colombia, Centro América, Méjico y Perú.
Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se preocupan de la América latina. Tanto rehusaron intervenir en la cuestión de las islas Falkland, entre la Argentina e Inglaterra en 1831 como el año de 1840, cuando dejaron a Francia e Inglaterra tomar parte en la cuestión de la Argentina con el Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por entendidos de la ocupación inglesa en Nicaragua—como tampoco en el no lejano desembarco en el puerto nicaragüense de Corinto.—Atacaron a Méjico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 Nuevo Méjico y California. Buchanan proyectaba el establecimiento de un protectorado sobre las provincias mejicanas septentrionales, y pedía al Congreso el derecho de entrar, en caso necesario, en territorios de Méjico, Nicaragua y Nueva Granada, para defender las personas y los bienes de los ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera cedido, el presidente de los Estados Unidos hubiera sido pronto el dictador de la América Central. Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua no fueron sino vistas con gran simpatía en los Estados Unidos.
La intervención europea en Méjico, en tiempo de Maximiliano, hizo que la república anglosajona tomase su papel de defensora de Sud-América, por el temor del establecimiento de una monarquía en el vecindario; pero las cuestiones peruano-chileno-españolas, que trajeron como consecuencia actos como el bombardeo de Valparaiso, los dejaron tranquilos: y como dice M. Viallate, los Estados Unidos se proponían impedir a Europa instalarse de fijo, aunque fuese disimuladamente, en la América del Sur, pero no querían defender a las repúblicas latinas contra las consecuencias naturales de sus faltas políticas. Esto se acaba de ver confirmado una vez más con la actitud que tomaron con motivo de las amenazas de Alemania en Venezuela.
¿La causa? El mal uso que de su independencia y autonomía han hecho las naciones de la América española, manteniéndose desde su separación de la madre patria en revolución continua, retardando su progreso y dando al mundo todo el espectáculo más desconsolador y lamentable. Las cuestiones territoriales fueron causa continua de desavenencias, y las varias tentativas de un arreglo por el arbitraje no tuvieron ningún resultado en las varias conferencias de Lima. La conferencia de Panamá iniciada por Colombia en 1880, no pudo realizarse a causa de la guerra del Perú y Chile. Luego fué la iniciativa de los Estados Unidos bajo la presidencia de Garfield. En ese momento, la situación política en la América latina estaba muy perturbada. Chile, vencedor del Perú, amenazaba imponer a éste condiciones de paz que le habrían casi anulado, mientras que Méjico se preparaba a posesionarse de Guatemala. Blaine vió el peligro que había para los Estados Unidos en dejar libre carrera a esas ambiciones. Ellos no tenían interés en ver desarrollarse indefinidamente la potencia de un pequeño número de Estados en el hemisferio Sur; por otra parte, esas guerras presentaban siempre el peligro de una intervención europea que podría solicitar, así fuese pagando con una parte de su independencia la potencia más débil. Blaine estaba convencido de la necesidad para los Estados Unidos de hacerse los árbitros de las querellas entre las naciones sudamericanas. Era preciso hacer aceptar por esas potencias el principio del arbitraje. Ese debía de ser el objeto de un Congreso panamericano cuya idea hizo aceptar al presidente. La muerte de Garfield, asesinado meses después de la inauguración, llevó al vicepresidente Arthur a la presidencia. Éste resolvió continuar la política de su predecesor, y el 29 de Noviembre de 1881, Blaine dirigía a las naciones independientes de la América invitaciones a un Congreso que se verificaría en Wáshington al año siguiente, «con el objeto de estudiar y discutir los medios de impedir en lo futuro los horrores de las luchas crueles y sangrientas entre países casi siempre de la misma sangre y lengua, o las calamidades mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de Blaine fueron más claras después. «No hemos llevado nuestras relaciones con la América española tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos hacerlo. Durante más de una generación nada hemos hecho para atraernos las simpatías de esos países. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para ganarnos su amistad. Mientras que las grandes potencias europeas aumentan constantemente su poderío territorial en Africa y en Asia, lo que nosotros debemos hacer es acrecentar nuestro comercio con las naciones americanas. Ningún campo nos ofrece una cosecha tan abundante, ninguno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política extranjera debería ser una política americana en el sentido más amplio; una política de paz, de amistad y de desenvolvimiento comercial.» La conferencia no se realizó porque el Congreso no votó los créditos necesarios, a la salida de Blaine, en 1881.
En 1884 el Congreso creó una Comisión para estudiar «los mejores medios de asegurar las relaciones internacionales y comerciales más íntimas entre los Estados Unidos y los países de Centro y Sud-América.» Se vió que el comercio norteamericano había perdido mucho, y después de varios tanteos, se encontraron bien dispuestas todas las repúblicas, con excepción de Chile, a celebrar tratados de reciprocidad comercial con los Estados Unidos. En 1888, la ley de 24 de Mayo autorizó al presidente a invitar a las naciones independientes de América a una conferencia en Wáshington, «con el objeto de discutir un plan de arbitraje para el arreglo de las diferencias susceptibles de nacer entre ellos en lo futuro, y estudiar las cuestiones relativas al mejoramiento de las relaciones comerciales, al establecimiento de las comunicaciones directas entre esos países y al desarrollo del comercio recíproco, capaz de asegurar a sus productos mercados más extensos.» La conferencia se reunió, como es sabido, en Wáshington. Blaine presidió, y en su saludo de bienvenida habló de «confianza sincera» y «ayuda mutua»; pero los diarios hablaban con demasiada claridad de las intenciones ogrescas. «Queremos, decía el Sun, de Baltimore, monopolizar, si es posible, el comercio de la América central y meridional, no por la baratura y buena calidad de nuestros productos, sino encerrando a esos países en nuestra tarifa protectora. Queremos poder entrar en los puertos de esos países, mientras que la entrada en ellos será prohibida a nuestros competidores europeos.» Era un lazo tendido a todos los mercados latinoamericanos. Poco se habló en el Congreso de arbitraje; todo fué casi alrededor del comercio, y a cada paso salía a relucir la palabra de Monroe. Entonces fué cuando el representante argentino contestó con su célebre frase: «La América para la humanidad.»
El escritor francés demuestra cómo la obra económica del Congreso de Wáshington fué casi tan vana como su obra política. Luego se ocupa de ese inútil Bureau de las repúblicas americanas, que aún se mantiene en la capital anglosajona. En realidad, el mundo comercial ignora su existencia y no se cuida casi de él.»
Se refiere luego a las repetidas tentativas norteamericanas para lograr el dominio de los mercados de las demás repúblicas. Ya son los trabajos en la Exposición de Chicago, ya la fundación del Philadelphia Commercial Museum, la reciente Exposición de Buffalo y el Congreso de Méjico. Citaré a este respecto las palabras de M. Viallate: «Con menos prisa que hace diez años, las repúblicas sudamericanas han aceptado la invitación de Méjico. Algunas de ellas no parecían esperar que el Congreso pudiese llegar a un resultado serio. Además, la situación política no se ha modificado en el hemisferio meridional. Los peligros de revolución y de guerra son siempre grandes; los diferentes gobiernos no han adquirido una estabilidad interior bien sólida; apenas si se puede fiar en la calma que ofrecen desde hace algunos años un pequeño número de entre ellas. La situación internacional no es mejor, y esos pueblos de la misma lengua y de la misma raza continúan ofreciendo el triste espectáculo de hermanos enemigos, siempre listos a despedazarse. Poco tiempo antes de la apertura del Congreso, un conflicto que dura todavía estalló entre Venezuela y Colombia. El odio entre Chile y el Perú, consecuencia de la guerra de 1880, no está cerca de calmarse, y existe, desde hace muchos años un estado de antagonismo latente entre Chile y la República Argentina, que ha estado por traer la guerra al mismo tiempo en que sus plenipotenciarios discutían en Méjico los medios de hacerla imposible. En fin, los triunfos recientes de los Estados Unidos, sus conquistas nuevas, sus éxitos industriales mismos, no son para no causar a las naciones de la América latina naturales cuidados. Ellas vacilan en unir demasiado estrechamente su porvenir político al de tamaña potencia: tener en ella un protector interesado que tiene demasiados medios de transformarse un día en dueño autoritario.» Respecto al Congreso, la obra política, concluye, en lo que concierne a las ambiciones de los Estados Unidos, ha fracasado. Su obra económica no podría tener resultado mejor. Los Estados Unidos, según el articulista, tienen infinitos obstáculos que vencer en la América del Sur, aunque hayan logrado la supremacía en el Golfo de Méjico. No cree, como algunos estadistas, que esté muy próxima la hegemonía de los Estados Unidos sobre el continente todo, con perjuicio de los intereses de Europa. El peligro existe, pero puede ser evitado. Y concluye: «La orgullosa afirmación de mister Olney, cuando la querella de los Estados Unidos e Inglaterra, a propósito de territorios de Venezuela, de que «los Estados Unidos son hoy prácticamente soberanos sobre el continente americano», no está de ningún modo de acuerdo con la realidad de los hechos. Ellos aspiran a serlo, es verdad, y el colosal desarrollo de sus riquezas, la profunda confianza que tienen en sí mismos, les hacen creer en la fácil realización de esos ambiciosos deseos; pero están lejos de haberlo logrado. Puede esperarse que la construcción del canal interoceánico traiga el establecimiento de un protectorado más o menos disfrazado de los Estados Unidos sobre los pequeños Estados de la América Central; se puede prever que las Antillas escapen poco a poco a la dominación europea para caer en las de ellos. Quizá, también, si anda falto de cordura y prudencia, Méjico, a pesar de su importancia, concluya por ser asimismo un satélite de los Estados Unidos. Les será preciso a éstos mucho más largo tiempo y muchísimos más grandes esfuerzos para extender su hegemonía sobre las naciones sudamericanas, suponiendo que puedan llegar a ello. Sin duda, los Estados Unidos verán aumentarse sus relaciones comerciales con esos países y participarán de los efectos de crecimiento y prosperidad que parecen estarles reservados. El desarrollo de su potencia industrial, la reconstrucción de su marina mercante, les ayudará mucho; pero, por muchos años aún la gran corriente comercial de la América del Sur continuará dirigiéndose hacia Europa, cualesquiera que sean los medios que empleen los Estados Unidos para desviarla. Y si el Brasil, la Argentina y Chile, abandonando sus querellas intestinas y sus rivalidades, hallasen la estabilidad política y se consagrasen a cultivar las riquezas maravillosas de su suelo, se podría ver, en un cuarto de siglo, o en medio siglo, constituirse en esa región naciones potentes, capaces de contrapesar a la América anglosajona, y de hacer en lo de adelante vano el sueño de hegemonía panamericana acariciado por los Estados Unidos.»
Subrayo las palabras finales, porque ellas son la expresión del juicio que la Europa sensata y previsora tiene de nuestras repúblicas, ante la amenaza del imperialismo yanqui. Es de desear que nuestros hombres de Estado se fijen en estas manifestaciones. El estudio que he extractado, encierra la opinión del criterio serio europeo, y ojalá los pensadores nuestros tomen en cuenta estas altas vistas[1].