Por más que se diga, somos, más que otra cosa, hijos mentales de Francia, de la civilización latina. Un impulso latino mantiene nuestro anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son heredados y tradicionales cuando no reflejados o impuestos por una ley simpática.
Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán que hizo su nido en la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la orgullosa patria. Así Oscar Panizza, el autor de Parisiana, que vive aquí, como Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos valientes y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre intelectual, la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la patria original.
Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos que desconocen y ofenden.
VI
A. Viallate acaba de publicar en una de las revistas más importantes, La Revue de París, un estudio en que, con motivo del Congreso panamericano de Méjico, trata de las relaciones de la gran república norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las varias tentativas hechas para extender la influencia yanqui por todo el continente. Comienza por hacer notar que durante la guerra de la independencia, los Estados Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a los pueblos hispano-americanos que luchaban por su libertad; pero, que no obstante, los ciudadanos norteamericanos demostraron sus simpatías. Por otra parte, los Estados Unidos fueron quienes primeramente reconocieron su rango de naciones a las antiguas colonias de España. Desde entonces aparece el pensamiento de las ventajas futuras que el país anglosajón entrevé, y es el célebre Henry Clay, representante de Kentucky, el que expresa en el Congreso estas palabras en 1818: «La América española, una vez independiente, cualquiera que sea la forma de gobierno que sus habitantes elijan, estará necesariamente animada por un sentimiento americano y guiada por una política americana.