Se conocen los versos célebres de Arndt:

Deutsche Freiheit, deutscher Gott,

Deutscher Glauber ohne Spott,

Deutsches Herz und deutscher Stahl

Sind vier Helden allzumal.

Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta, que casi no hay día en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de los alemanes no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó en Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por el «canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner, y que el acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones militarizadas de la América española, en donde hay la desgracia de tener un agente de la casa Krupp.


No, no puede ser simpático para nuestro espíritu abierto y generoso, para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro, ingenuamente opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la gloria y de la tradición latina.

Los eruditos de la última gaceta os dirán que han aprendido que no hay raza latina, y que en Europa misma los elementos componentes de la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda de ideas, no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la lengua, por el soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América del Sur, ha escrito M. Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre el viejo tronco latino y le preparan el más brillante porvenir.» En países como los nuestros, en que, ante todo, se busca hoy un ideal comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de las armas, las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace poco preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría ser durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El país de Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la Alemania, un escritor francés que la conoce mucho y que ha sido el introductor de Nietzsche en Francia, acaba de expresar: «Los Heine, los Boerne, los Herwegh—para no nombrar sino poetas—, han encontrado entre nosotros una segunda patria y la libertad de escribir. Sin duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern ha reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura ha venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la hinchazón. Se trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de tener espíritu. No se impide a Hegel profesar, pero es tal vez porque no hay otro Hegel. Se tiene el orgullo de las libertades políticas, pero ¿se admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha circulado una protesta entre los escritores alemanes. En ella se pedía la abrogación del párrafo 166 del Código penal del imperio, que se refiere a los «ultrajes a las instituciones religiosas». ¿Y a propósito de qué? A propósito de una traducción alemana de un volumen de Tolstoï, titulado El sentido de la vida, y que contenía, entre otras cosas, la Respuesta al Sínodo, volumen confiscado en Leipzig—y no en Rusia—. El escritor polaco Estanislao Przybyzewski, que publicaba sus obras en lengua alemana, tuvo que dejar Berlín hace algunos años. Escribe ahora libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las condiciones intelectuales de Alemania, ¿no se agravan más?

La tiranía de la opinión pública iguala a la severidad policial y la estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace cincuenta años, Max Stirner, hizo aparecer Lo único y su propiedad, sin ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían a reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban por todas partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que, acaso, musicalmente, nos habrá conquistado el espíritu alemán? No me parece que el wagnerismo mecánico de la moda haya obrado muy transcendentalmente en nuestros talentos musicales.