Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués, Georg Brandes, al dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de los diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.

Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes ingleses comienzan a desertar de las universidades alemanas para venir a instruirse a París.

En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de Goethe y Schopenhauer, ha hablado de sus compatriotas con desdén.

Se cree interesante hacer una «enquête» entre algunos sabios, filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el objeto de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un examen personal. El Mercure de France emprende esta «enquête», sin «parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de los alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.

«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana desde el punto de vista general intelectual, y más especialmente desde el punto de vista filosófico y moral en la América del Sur?

¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus resultados?»

Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo haber tenido, por primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a un famoso asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado por las bocas de fuego de los buques de guerra alemanes. Fué mucho después que leí la Crítica de la razón pura...

Después de recorrer casi toda la América española y de haber residido por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder afirmar que las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen terreno en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado, el pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos de un comienzo deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha seguido hasta hace algunos años por el antiguo cauce español. Pero una tendencia continua al progreso ha hecho que cada movimiento de ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas abuelas», como las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental savia latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria. Cuando en España causó una especie de revolución filosófica un mediocre profesor alemán poco admirado en su país—he nombrado a Krause—, el contagio no pasó el Atlántico, y la América española estuvo libre de él. En cambio, Comte encontró allá largas simpatías y el positivismo discípulos y seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas intelectualidades, ha sido después de pasar por Francia.

Ciertamente, alguna parte de la juventud hispanoamericana se ha educado en Alemania y ha logrado grandes progresos desde el punto de vista profesional. No nos falta el médico que guarda en su cara el recuerdo de los estúpidos duelos universitarios y la dilatación de estómago de los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de cerveza. Pero no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño en Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de contacto con los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del notable libro sobre la Educación, el centro-americano Ramón Salazar y el colombiano Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo claros, influídos voluntariamente o no, por los pensadores y escritores franceses. Chile es quizá el único país de la América hispana en donde el espíritu alemán haya logrado alguna conquista. De Ventura Marín a Valentín Letelier, los estudios filosóficos dan un paso enorme del aula hispanocatólica a la enseñanza universitaria alemana. Con todo, después de las doctrinas de un Lastarria, no creo que las ideas del señor Letelier, representante el más conspicuo de las tendencias germánicas en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.

Las victorias alemanas sobre Francia han producido, naturalmente, en aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La divisa chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: Por la razón o la fuerza. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El progreso ha llegado a la importación del casco de punta y del paso gimnástico marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos se ha implantado. Pero esos gobiernos han caído, caen o presto caerán, al impulso del pensamiento nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad humana. Los sudamericanos que meditan en la verdadera grandeza de los pueblos, los hombres de buena voluntad y de juicio noble, no se hacen ilusiones sobre la virtud y alteza del alma alemana.