LA CASA DE LAS IDEAS

I

STA frase de Elisée Reclus: «La ciudad de los libros» despierta en mí este pensar: «las casas de las ideas».

En efecto; si la palabra es un ser viviente, es a causa del espíritu que la anima: la idea.

Así, pues, las ideas, con sus carnes de palabras, vivientes, activas, se congregan, hacen sus ciudades, tienen sus casas. La ciudad es la biblioteca, la casa es el libro.

Helas allí como los humanos seres; hay ideas reales, augustas, medianas, bajas, viles, abyectas, miserables. Visten también realmente, medianamente, miserablemente. Tienen corona de oro, tiara, yelmo, manto o harapos. Imperiosas o humilladas, se alzan o caen, cantan o lloran. Evocadas por el hombre, dejan sus habitáculos, abandonan sus alvéolos, resuenan en el aire, o, silenciosas, penetran en las almas por los ojos. Luego vuelven a sus casas, después de hacer el bien o el mal.

II

Tenéis aquí una vieja catedral: es un misal antiguo. Muestra sus ferradas y pesadas puertas; sus muros, sus esculturas, sus vidrios coloreados, sus rotondas, sus flechas, sus agujas, sus campanarios. En los nichos de las mayúsculas viven los santos, las vírgenes, los mártires. A su rededor clama un pueblo de ideas santas, canta como a son de órgano o al vago vibrar de tiorbas celestes. Las ideas angélicas, encarnadas en palabras castas y blancas, dicen en coro rezos, himnos, glorias, hosannas. Las martirizadas pasan purpúreas, cerca de los azules y oros que pulieron los monjes. Unas llevan los ramos de lirios en las manos, otras clavos, coronas de espinas o palmas. ¡Palmas! Cuando el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo llena las vastas naves, el pueblo de ideas fieles se congrega. Es el ambiente de los profetas, el mundo de los doctores, la atmósfera de los beatos. Un incienso de fe perfuma el aire. Los altares, bellos de oro y de cirios, presentan la magnificencia mística de sus arquitecturas. Por las cornisas, por los tallados de las puertas, por los calados de las piedras, piruetean los demonios bufos con los frailes obscenos; un cabrón que termina en largo y crespo follaje vegetal, quiere ascender hasta la soberbia expansión de los maravillosos e historiados rosetones.