Esa vieja historia es un castillo feudal. Ois el cuerno del enano, entráis por el puente levadizo. Encontraréis dentro al castellano, a la castellana, a los pajes, a las dueñas. Las ideas están vestidas a la usanza de entonces; todo es hierro, lorigas, caparazones; en los cintos las espadas, en los blancos cuellos las golas; en los puños gerifaltes. Y suena el rumor de las mesnadas de ideas. Ellas claman, vitorean, dicen decires, cantan cantos, tienen sus fiestas, sus cacerías; pelean bravas, juran y se signan, saben de respeto y de honor, de Dios y de los caballeros. De noche, al calor del buen hogar, cuentan cuentos.
En esa Ilíada pasa, truena un mundo de ideas gigantescas; viven en palabras desmesuradas, altas, vibrantes, sonoras, primitivas, divinas. Hay ideas que pasan desnudas como Venus; otras que ululan como Hécuba; otras heroicas y veloces como Aquiles. En esa portentosa ciudad griega por donde quiera os halaga la maravilla del ritmo, reina la música en su sentido original; al mandato de una lógica imperiosa, todo se mueve obedeciendo al número; al paso escucháis cómo hacen vibrar el bosque de aritmética las cigarras del verso.
En ese usado Ars Amandi os sonríen variadas y graciosas ideas femeninas. Provocan, llaman a la batalla del amor; así como ese ojeado Aretino, propiedad quizá de alguna refinada marquesa del tiempo pasado, es un curioso prostíbulo.
En las bibliotecas existe el «inferi», como en ciertos museos los gabinetes secretos, y en los estereoscopios las vistas reservadas. ¿En dónde había de estar sino en el infierno la Faustina del divino Marqués?
III
Los impresores y los encuadernadores son los arquitectos de las ideas congregadas. Ellos les levantan sus palacios, o las alojan en casas burguesas; las adornan de formas elegantes, caprichosas, modernas, graves, cómicas; las ilustran, las refinan o las ponen en aislados ghetos; las colocan, las recaman de oro como si fuesen personas imperiales; tapizan sus casas con las pieles de los animales, con costosos pergaminos, telas ricas, sedas y galones. Muchas, fastuosas y vulgares, moran en palacetes opulentos de keapsake; otras, hermosísimas, puras, nobles, llevan pobremente en ediciones modestas su perfecta gracia gentilicia.
Las primeras son semejantes a ricas herederas, feas y estúpidas; las otras a princesas olvidadas, hijas de reyes caídos, virginales, supremas, avasalladoras por la sola virtud de su potencia nativa. Hay unas heroicas, yámbicas, masculinas. Hay las soldados, espadachines, verdugos, perros furiosos. ¡No toquéis a los que manejan ideas!
Allí viven las ideas en sus casas, en sus ciudades e imperios, las bibliotecas; tienen sus Parises, sus Londres, sus aldehuelas, sus villas. En las puertas de sus mansiones se ven nombres anunciadores de sus jerarquías, desde la Biblia hasta Bertoldo, desde Hugo hasta el Sr. X. Pues todo en ellas sucede como en los hombres, y así, son unas porfirogénitas, otras plebeyas. Y como el hombre también, unas mueren y caen en el olvido; otras ascienden a la inmortalidad, por la suma gloria del genio.