ó la dramática muerte de don Juan de Eça.
Mas nada es tan de mi placer como los cantos en que surge la poesía índica, con sus perfumes, sus notas, su extraña melancolía, y «surumba» y «oh Dunga»... Y como en el libro viene la notación musical, he hecho que lindos labios de Europa me den la ilusión de las voces de la tierra brahamánica.
Sati, es un poema que me deleita en su rareza de tema y de decoración; y bien me gustaría departir de tan mágicos asuntos, en aquellas regiones ensoñadas, con Osorio de Castro y su amigo «el fino Lírico de Guserathe», Ardeshir Framji Khabardar. «¿Cómo se puede ser persa?», dice la frase célebre francesa... Yo encuentro tan natural el ser hindú, o persa, o japonés!...
En verdad os digo que este poeta me ha hecho un precioso regalo. Por él he pasado instantes especiales en un reino de hechizo. Por él he escuchado el launim de la canción de la bayadera que ha compuesto Djaiégri Maneken Shirodcârine. Por él sé que «allá lejos» se llaman las bayaderas: Zaiu, Sazerên, Tará, Gangá, Priaga, Anahany, Calhiâne, Mogrên Vigei, Baigy, Surata, Nanum, Baghèn, Gultchábou, Camenên, Mâinâ, Nonan, Mothu, Sarassepâti, Manequên...
Y todo eso es, para mí, excelente.